Pequeños Soles

Dieciocho mil quinientos un girasoles se despertaban cada mañana entusiasmados. Ni bien abrían los ojos, comenzaban a mirar el Sol y lo acompañaban en su recorrido por el cielo. Al mediodía, bronceados con su luz, y amarillísimos de contentos, se sentían importantes. Como miles de pequeños soles que iluminaban sus pequeños mundos.

Al atardecer, se apagaban despacio, cuando el Sol desaparecía en el horizonte.

Pero una mañana el Sol no vino. Y se sintieron muy perdidos. Desesperados, los girasoles no supieron qué hacer, hacia dónde mirar. ¿Qué hora es?

Tan desorientados estaban, que unos lloraban y otros se quejaban enojados. Algunos hacían de cuenta que el Sol estaba ahí. No podían creer lo que estaba pasando. Hasta que al fin, uno de ellos dijo:

—¿Y si en vez de seguir al Sol, miramos lo que hace ese pajarito?

El pajarito, que estaba armando su nido, se movía todo el tiempo. Juntaba hojas por acá, levantaba ramitas, un piolín, una semilla, un pedazo de papel… El girasol más alto de todos, se puso serio y dijo:

—Ese pájaro me marea, se mueve todo el tiempo. Mejor, miremos a esa vaca.

Pero, ¿saben ustedes, cuánto se mueve una vaca? Poco, ¡casi nada! Luego de un rato, la vaca sólo movió la cola para espantar a una mosca. Los girasoles empezaron a aburrirse. Su mirada se perdía en el horizonte o se distraían con cualquier cosa.

—¡Esto no puede pasarle a un girasol! —dijo uno de pronto.

Y comenzaron a seguir a todo lo que se movía cerca de ellos:

Un tractor, muy traca-traca-traca.

El perro del granjero, imparable.

El espantapájaros, mejor la vaca.

Un avión, ya pasó.

El molino, me mareo.

Otra vez el pajarito, ¡noooooo!

Sin saber qué hacer, tristes y aburridos, pasaron la tarde, y se hizo de noche y se fueron a dormir decepcionados.

A la mañana siguiente, una banda de nubes grises tapizó el cielo otra vez.

—Hoy no voy a llorar —dijo uno mientras estiraba sus hojas. Y, para no desanimarse, empezó a cantar bajito—. Yooo tengo un elefante…

Su vecino, abrió un ojo espiando a ver si estaba nublado y también se puso a cantar suavecito. Los girasoles que estaban más cerca del arroyo habían escuchado el día anterior a un grupo de chicos que jugaba cantando. Así que, en cuanto terminó la canción, pensaron otra que empezara con la última letra:

—…chas chas en la colitaaaa…

—Aaaa… Arriba Juan, arriba…

Una canción siguió a la otra y entre todos armaron una guerra de canciones. La tarde pasó entre canciones y risas. Hasta que se hizo de noche y tarareando se fueron a dormir, con la esperanza de ver al Sol al amanecer.

Los despertó a la mañana siguiente una lluvia finita. Enojado, furioso, un girasol bajito pegó con una hoja en el barro que se juntaba a sus pies. Y salpicó al que tenía al lado, que se la devolvió con tanta mala puntería que les llegó a los tres girasoles que estaban más atrás. Se miraron unos a otros y se vieron tan pero tan enchastrados de barro que no pudieron aguantarse la risa. Empezaron a tirarse barro unos a otros divertidísimos. De tanta risa, algunas semillas salieron volando por el aire y las usaron para armar muñequitos con el barro.

Jugaron tanto que se pasaron las horas sin que se dieran cuenta y la lluvia de la tarde los bañó antes de irse a dormir.

Al día siguiente, el Sol volvió a despertarlos sonriente como si siempre hubiera estado allí. Ellos lo saludaron amarillísimos y emprendieron juntos el camino por el cielo, iluminando al mundo. Sus pequeños mundos, los pequeños soles.

Texto: Paula Fränkel

Imagen: Marisa Cuello