Mi Amiga Caracola

Óscar es un niño que vivía con sus padres en un pueblecito a la orilla del mar.

Todos los días iba con su perro a pasear por la playa y soñaba con viajar a través del mar y conocer otros mundos que él imaginaba maravillosos...

Un día cuando estaba sentado en la playa vio que su perro «Lotus» traía una caracola entre sus dientes y jugaba con ella. De pronto oyó una voz que decía:

- ¡Por favor sálvame!

Sorprendido se dio cuenta de que la voz salía de la caracola. La sujetó entre sus manos y la acarició. Agradecida la caracola le dijo a Óscar:

- Pídeme lo que quieras que te lo concederé.

- Yo quisiera recorrer el mundo -respondió Óscar-.

Su deseo se cumplió y al instante pasaron por delante de sus ojos todas las imágenes del mundo. Óscar sufrió una desagradable sorpresa porque presenció catástrofes, guerras, hambre, calamidades y se puso muy triste.

Conmovida la caracola le dijo:

- No te preocupes que todo se va a arreglar con mi lluvia de felicidad.

Entonces la caracola envió una lluvia de estrellas por todo el mundo y éste se convirtió en un paraíso donde todo era felicidad, amistad y alegría.

- ¡Qué bonito es todo! ¡Gracias amiga caracola!.

Rosa Pereiro

Ña María Castañas

Ña María Castañas tenía diez hijos

-también una tía-

un perro, un gato

y un queso reseco en un garabato

que todas las noches

el ratón mordía y ... lamía el gato.

Una mañanita de azul primavera

a Doña María le dolía una muela.

Salieron el perro, el gato, la tía

y le preguntaron que por qué gemía.

Ña María, decía:

"Me duele una muela

la muela de arriba

la del lado izquierdo

la de la comía"

Y todos los hijos, al oír el cuento

fueron de inmediato a casa del dentista

mientras Ña María lloraba y gemía.

Gimoteaba tanto Ña María Castañas

que toda la gente se sumó, enseguida:

los hijos, el perro, el gato, la tía

y su vecindario, de frente y en fila,

le daban la vuelta de calle a cocina

¡Pobre Ña María...!

tenía tanto miedo cuando vio al dentista

que del puro susto no pudo decir

cuál era la muela por la que sufría.

Entonces, sus hijos le abrieron la boca

y dentro le vieron una muela rota...

El señor dentista le sacó la muela

y siguió llorando la Doña María

ya que esa no era la que le dolía.

La pobre viejita, apenas decía:

"La muela de arriba es la que me duele,

la del lado izquierdo, la de la comía"

Como hay varias muelas

en el lado izquierdo...

las sacaron todas

pues nadie sabía cual de ellas dolía.

¡Ña María Castañas se quedó sin muelas!

Ahora no come:

ni carne, ni pollos,

ni arepas, ni bollos,

ni el queso reseco

de aquel garabato

que el ratón mordía

y ... lamía el gato.

La pobre abuelita come ahora bizcochos

mojados en leche... con pan y cuajada,

pues quedó sin muelas en el lado izquierdo

y como en el derecho no tenía nada...

Ña María Castañas hoy vive feliz

vendiendo pasteles

y untando los panes en leches y mieles.



"Pescadito", Aprediz de Valiente

En lo más profundo del mar vive una familia de besugos formada por Papá Besugo, Mamá Besugo, Benjamín y Pescadito; Benjamín es aún un bebé y apenas si sabe nadar, pero Pescadito ha cumplido ya cuatro años y empezará pronto a ir a la escuela.

- Pescadito - decía mamá besugo - la semana que viene empezarás a ir a la escuela como los demás pececitos de tu edad.

- ¡ Pero si yo no necesito ir a la escuela mamá !, aprendo mucho más cuando me voy a nadar con el abuelo.

- Ya sé que aprendes muchas cosas con el abuelo, pero en la clase te enseñarán muchas más y así podrás pronto ser un pez mayor.

Pescadito no parecía estar muy convencido, pero si su mamá se lo había dicho tendría que obedecer.

El lunes siguiente, Mamá Besugo despertó a Pescadito mucho mas temprano que otros días.

- ¿Por qué me despiertas tan pronto? aún no ha salido el sol.

- Ya lo sé, pero hoy es tu primer día de escuela y tienes que ir bien arreglado para que la maestra no piense que eres un pececito descuidado. Después de vestirse, peinarse y tomar un sabroso desayuno, Pescadito se fue a la escuela.

- ¡ Buenos días pequeño ! - saludó la maestra - siéntate ahí junto a la Pequeña Ostra.

La clase había comenzado, Pescadito no prestaba demasiada atención y se dedicaba a hablar con su nueva amiga.

- Yo no necesito estudiar, ya sé todo lo que hay que saber sobre el mar, mi abuelo me lo ha enseñado.

- Entonces ... ¿ qué haces aquí ? - preguntó la pequeña Ostra.

- Es que mi mamá me lo ha mandado, pero...... creo que la voy a engañar y mañana en lugar de venir a la escuela iré en busca de aventuras.

- No debes hacer eso, te podrías perder.

- Yo no me pierdo, soy muy listo - dijo Pescadito.

- Y cuando la maestra pase lista y pregunte por ti, ¿ qué le voy a decir ?

- Tu le dices que no sabes nada.

Tal y como había dicho Pescadito, a la mañana siguiente cuando se despidió de su mamá se fue por el camino contrario al de la escuela en busca de aventuras.

Después de nadar un buen rato, el pequeño se sintió cansado y decidió hacer un alto en el camino.

- Descansaré aquí sobre esta Estrella de Mar que está dormida, espero que no le importe.

Pero la Estrella se despertó.....

- ¿ Qué haces aquí, acaso has pensado que soy una cama ?

- Lo siento mucho señora Estrella pero pensé que como estaba dormida no le importaría.

- ¡ Pues claro que me importa ! ¡ vamos, vete de aquí ahora mismo !

La primera parada de Pescadito no había sido muy afortunada, así que decidió intentar descansar en otro lugar.

- Espero encontrar un sitio cómodo donde descansar, tal vez encuentre un Caballito de Mar que me deje sentarme en su lomo....

Pero como el pobre pececito no encontró ningún Caballito de Mar ni ningún otro sitio apropiado para descansar decidió volver a casa.

La vuelta se le estaba haciendo demasiado larga, no recordaba haber nadado tanto, ¿ se habría equivocado de camino ?

- Me parece que me he perdido - se lamentaba Pescadito - eso me pasa por escaparme y desobedecer a mamá, ¿ qué voy a hacer ahora ?

Nuestro pequeño amiguito estaba muy asustado, no sabía volver a casa y por allí no había nadie a quien pedir ayuda. Por fin llegó al final del camino y se encontró con la entrada de una cueva.

- ¿ Qué habrá en esta cueva ?; tal vez sea un túnel.

Pero Pescadito estaba equivocado, no se trataba de un túnel, sino de una verdadera cueva donde habitaban los peores peces del fondo del mar.

- Esto está muy oscuro, pero no importa, no tendré miedo, seguiré nadando hasta llegar al final y encontrar la salida.

- No encontrarás la salida - dijo un enorme pez negro que pasaba por allí - nunca mas podrás salir de aquí.

- ¿ Quién eres ? - preguntó Pescadito un tanto asustado.

- Soy un Bonito Negro, y llevo aquí ya muchos años, un día entré aquí igual que tú, y todavía no he conseguido encontrar la salida.

- Pero podemos dar la vuelta y salir por donde entramos.

- No podrás, la corriente no te deja nadar hasta la salida, una vez que has entrado ya no puedes volver atrás.

- Pero si sigues nadando llegarás a alguna parte......

- Claro que sí, pero no debes llegar nunca, te encontrarías con el palacio del Gran Tiburón.

- ¿ El Gran Tiburón ?

- Sí, vive ahí desde hace mucho tiempo y no permite que se acerque nadie, además a lo largo del camino hay guardianes malvados que intentarán capturarte.

- No me importa - contestó Pescadito - mi abuelo dice que soy muy valiente, y por eso no tendré miedo del Tiburón.

- Como quieras - contestó el Bonito - pero ve con mucho cuidado.

- No te preocupes Bonito, no me pasará nada, y no te marches muy lejos porque cuando encuentre la salida volveré a buscarte.

Pescadito emprendió el camino en busca de la salida convencido de que sería como jugar al escondite, pero según iba nadando, la cueva se iba haciendo más estrecha y oscura.

El pequeño empezó a sentir miedo, y decidió coger un trocito de roca de coral por si acaso necesitaba defenderse. Pasado un buen rato, Pescadito detuvo la marcha.

- ¡ Uf....., estoy muy cansado !, este camino es muy largo; espero llegar a casa antes de cenar para que mamá no se entere de que no he ido a la escuela.

Tan cansado estaba Pescadito que se quedo dormido, pero no le duró mucho el sueño porque fue despertado por unos ruidos muy extraños.

- ¿ Será el Gran Tiburón quien hace esos ruidos...?. Me esconderé por si acaso.

Pero antes de que le diera tiempo a esconderse, fue atacado por un enorme Pulpo.

- ¡ Suéltame ..! - gritaba Pescadito - déjame seguir mi camino.

El Pulpo no hacía caso de los ruegos de Pescadito; era uno de los guardianes del Gran Tiburón y quería impedir que el pececillo siguiera adelante.

Los tentáculos del Pulpo empezaban a ahogar a Pescadito, tenía que intentar hacer algo para salvarse, ¿ pero qué...?. Fue entonces cuando se acordó de la piedra de coral que había cogido. La sacó de su cartera y se la metió al Pulpo en la boca. Éste, como si se hubiera tragado una aceituna, empezó a toser y al quedarse sin fuerzas soltó a Pescadito, que salió nadando a toda velocidad para esconderse entre unos matorrales de algas.

- ¡ Qué susto, casi me ahoga !, menos mal que he conseguido escapar, pero de momento voy a quedarme aquí escondido hasta que se marche el Pulpo.

Pasado un ratito, el pececillo decidió salir de su escondite y continuar la marcha.

- Estoy teniendo mucha suerte, espero no volverme a encontrar con ningún guardián más.

Pero lo que no sabía nuestro amigo es que se estaba acercando al final del camino.

- Allí se ve luz, seguramente es la salida, pero de todas formas andaré con cuidado por si se trata de una trampa.

Poco a poco Pescadito se fue acercando a la luz, y se encontró con un gran trono de cristal en una inmensa sala rodeada de bellos tesoros, pero solo uno de ellos le llamó la atención. ¡ Era la llave del túnel !

- Por fin encontré la salida - exclamó el joven besuguito - ya puedo salir de este horrible lugar.

Sin pensárselo dos veces Pescadito cogió la llave y empezó a nadar hacia la salida, pero cuando casi había llegado, apareció el Gran Tiburón.

- ¡Nunca podrás salir de aquí! - dijo el Tiburón.

- ¡Claro que sí! ¡Si he conseguido llegar hasta aquí, lograré salir!

- ¡Nadie ha podido hacerlo hasta ahora!

Pescadito estaba muy asustado, ya no se sentía tan valiente como otras veces. No sabía qué hacer, tan sólo podía intentar escapar, pero cuando lo hizo, el Gran Tiburón le atacó ferozmente hiriéndole en una de sus aletas.

Afortunadamente su amigo, el Bonito Negro, le había seguido, y al ver que el Tiburón le atacaba, se puso a luchar con él hasta que consiguió, dándole un fuerte golpe, enviarle contra unos corales en los que quedó atrapado.

- ¡ Bonito negro...! - decía entre lágrimas Pescadito - me has salvado la vida, muchas gracias.

- Debí enfrentarme con él hace tiempo, pero nunca tuve valor, ahora podremos salir todos de aquí y volver a ser libres.

- Eres muy valiente Bonito, me gustaría ser como tú cuando sea mayor.

- ¡ Pero si tu dices que ya eres mayor !

- Si, pero estaba equivocado; mi mamá tenía razón, debo ir a la escuela como los demás pececitos para aprender muchas cosas que todavía no sé.

Por fin Pescadito se convenció de que debía obedecer a su mamá, y como había decidido ser bueno, le contó a su madre todo lo que le había pasado cuando llegó a casa a la hora de cenar.


Beatriz López Puertas

El Agujero Negro

UN PEQUEÑO PROBLEMA

Camila tenía un pequeño problema. "Si me siento debajo de la escalera y pienso, lo puedo resolver en un ratito". Se acomodó debajo de la escalera que daba al jardín y pensó un ratito y otro más. Entonces se dio cuenta de que entre más pensaba, más grande se hacía el problema.

Se trataba de hacerle un regalo de cumpleaños a su mamá. Quería hacerle un regalo bonito y muy alegre, que la pusiera contentérrima. Eso no era problema porque a su mamá le encantaban las cosas locas que a Camila se le ocurrían y, además, ya sabía que si se usaba un poco de pintura amarilla y otro poco de rojo y de verde, su mamá diría: "¡Qué alegre es!"

A lo mejor necesitaba comprar algunas cosas, pero eso tampoco era el problema porque había ahorrado sus domingos durante tres semanas.

Pensó en los últimos regalos que le había hecho a su mamá:

Por Navidad le tejió una bufanda larga, larga, larga con rayas de todos colores que su mamá no se quitó en dos semanas, pero una mañana en que salió el sol, se la quitó y la perdió.

El día de su santo le hizo un llavero rojo de resina. Fernanda, su mejor amiga, le enseñó a hacer los moldes. Hizo una "A" muy grande (el nombre de su mamá empieza con A). A su mamá le encantó. "Así ya no voy a perder las llaves", dijo, y las puso en el llavero nuevo. Se fueron al parque a andar en bicicleta y cuando regresaron tuvieron que llamar al cerrajero para abrir la puerta porque se habían perdido las llaves, con llavero y todo.

Y es que éste era el problema, su mamá perdía todo:

Perdía las llaves, perdía la canasta del mandado cuando iba al mercado, perdía aretes, papeles importantes y papeles insignificantes, la tapa de la pasta de dientes, su anillo de bodas, las hombreras de su suéter favorito y, una vez, hasta perdió una cebolla cuando estaba cocinando.

Lo peor de todo era que cuando su mamá perdía esas cosas, también perdía otras más importantes: el tiempo, la paciencia y el buen humor.

El problema de Camila era encontrar un regalo bonito, alegre, divertido, barato y que

NO SE PUDIERA PERDER.

UN DUENDE VERDE

Camila se pasó la tarde descartando ideas, pues su mamá era capaz de perder casi todo lo que la niña podía imaginar.

Decidió descansar de pensar, y subió a preguntarle a su mamá si quería que hicieran juntas unas galletas, pero la encontró muy ocupada buscando uno de sus aretes nuevos.

Mientras estaba esperando, acostada, mirando al techo y sin pensar en nada, se le ocurrió una idea: ¡Claro! ¡Cómo no se le había ocurrido antes! Le regalaría una lámpara, pero puesta, colgada del techo. Eso sí no lo podía perder. Las lámparas de la casa estaban ahí hace muchísimo tiempo y la de su mamá ya estaba bien desteñida.

Camila recordó que en el armario de su cuarto había una pantalla vieja. La pintaría, le pondría flores y cintas de colores, quedaría preciosa. Sí, definitivamente era una buena idea.

Cuando su mamá se cansó de buscar su arete, tuvo que hacer las galletas sola porque Camila estaba ocupadísima buscando y rebuscando en el armario.

La pantalla la encontró enseguida, pero necesitaba cintas de colores, pegamento, flores de papel... Pensó que podía hacer una mariposa, pero no, mejor usaría su colección de flores secas para cubrir las manchas que tenía la pantalla. Estaban en el último cajón. Cuando lo abrió, ella y esa "cosa" se sorprendieron tanto que se quedaron encantados, pero como en el juego de encantados, sin poderse mover. La primera que se repuso fue Camila.

—¿Cómo te llamas?; ¿quién eres?

—Me llamo lo que soy —dijo esa cosa, y sonrió enigmático.

—Entonces te llamas Duende Verde —se rió, divertida, la niña.

—Una niña lista —refunfuñó el duende—. ¡Lo que me faltaba!

—¿Te llamas Duende verde malhumorado?

—Eso no —dijo el duende—, no siempre estoy malhumorado, sólo cuando me encuentro con una niña lista y eso no me ha pasado desde hace como 23 años.

Camila tomó con mucho cuidado al duende verde y lo puso sobre la palma de su mano. Tenía la cara verde, las manos verdes, el traje verde, un gorro verde y unos ojos pequeñitos y amarillos.

—Oye, no me mires así, no soy un bicho raro —le reclamó desde la palma de su mano.

—Discúlpame, pero como nunca en mi vida había visto un duende verde de verdad, me pareces un bicho un poquito raro. ¿Qué haces aquí? —se atrevió a preguntar.

—Yo estaba aquí antes de que tú llegarás, desde hace 23 años y no precisamente por mi gusto. La que tiene que explicar qué hace aquí eres tú. Tú acabas de llegar.

—Sí —repuso Camila— pero éste es mi cuarto, aquí vivo, aquí duermo, aquí hago la tarea y aquí, en este cajón, guardo mis flores secas.

—Ah, tú eres la de las flores secas... huelen bien, pero demasiado, ya estaba pensando en mudarme de cajón.

—Oye, pero cuando yo guardé mis flores tú no estabas aquí.

—Ah, sí —explicó con naturalidad el duende—, debo haber estado en el agujero negro.

—¿En el agujero negro? —se asombró Camila.

—Sí, claro, el agujero negro pero, tú ¿qué estabas buscando aquí?

—Yo buscaba un regalo para mi mamá pero ya lo encontré, ¡le vas a encantar!

—¿Yo? —preguntó el duende, y su voz se oía angustiada.

—Si, tú. No creo que haya un regalo más bonito que un duende verde encantador. Te meteré en un frasco y te pondré un moño precioso.

Entonces sí que el duende se puso malhumorado y empezó a chillar.

—No, no, no, con tu mamá no, mátame, tírame, guárdame para siempre en el cajón de las flores, pero, por favor, no me vayas a regalar con tu mamá.

Camila intentó convencerlo.

—No chilles así, mi mamá es muy divertida, ya verás, te va a querer mucho.

—Eso ya lo sé —ahora la voz del duende sonaba desolada—: pero me va a perder.

—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Camila.

—Porque ya me perdió, tonta.

—¿Ya te perdió?, ¿cómo?, ¿cuándo?

—Me perdió hace exactamente 23 años, 2 meses, 1 semana, 2 días, y cuarenta y cinco minutos —dijo el duende sacando su diminuto reloj.

—Pero, ¿cómo te perdió? —insistió la niña, llena de curiosidad.

—Como pierde todo. ¡Sin darse cuenta! Mira, yo vivía muy contento en la casa de muñecas con el duende rojo, el duende azul, el amarillo, el púrpura, y el duende a rayas, que son mis hermanos. Un día, tu mamá me guardó en su mochila para llevarme a la escuela. Quería que sus amigos me conocieran. Ah, pero no podía esperar a la hora de recreo, ¡qué va! En plena clase empezó a enseñarles a este bicho raro. Entonces la maestra gritó: "¿Qué tienes ahí?" Tu mamá dijo "nada" y me guardó en su calcetín.

—¿Y luego?

—Luego se le olvidó y así es como fui a dar al agujero negro.

—¿Qué es el agujero negro?

—Eso, un agujero negro, un hoyo oscuro donde van a dar todas las cosas cuando tu mamá las pierde.

—Y tú, ¿cómo saliste de ahí?

—Le hice un agujero al agujero.

—¿El agujero tiene un agujero?

—No —respondió satisfecho—: ahora tiene un nudo.

—Y ¿ahí está todo lo que mamá ha perdido?

—Sí, todo menos yo, ah, y este arete que apenas llegó en la mañana.

Ahora sí que Camila no lo podía creer.

—Pero si ha estado como loca buscándolo todo el día. ¿Cómo lo tienes tú? —El arete que acababa de descubrir desapareció como por arte de magia.

—Mira, dejó de buscarlo —dijo el duende—; otra cosa más que olvida y se va al agujero negro.

Camila pensó entonces que no era tan buena idea regalarle el duende a su mamá. Ahora sí se le había ocurrido una idea genial.

UN REGALO GENIAL

Cuando Camila tenía ideas geniales saltaba del gusto. El duende la veía atónito.

Ella lo miró y le dijo:

—No te preocupes, no te voy a envolver para regalo.

El duende suspiró con alivio.

—Le voy a regalar el agujero negro.

—Ah no —repuso el duende verde—, eso no. Sólo yo sé donde está y no te lo daré nunca, nunca. —Lo dijo muy seguro, pero de pronto dudó.

—No te lo daré... a menos que...

—¿A menos que, qué?

—A menos que me des algo muy importante a cambio.

—¿Un cambalache?

—Exacto.

—Pero, ¿con qué te lo puedo cambalachar?

—Tienes que recuperar mi casa. Mañana a las 9:00 de la noche es la fiesta de Kinding.

—¿La fiesta de Kinding? ¿Qué es eso?

—Claro —reflexionó el duende como para sí— eres una niña lista, pero bastante tonta.

Y entonces le explicó, con la paciencia impaciente que se usa para explicar lo evidente:

—Kinding es la fiesta de cumpleaños de todos los duendes y se celebra cada 2 años. No puedo faltar. Mis hermanos me están esperando.

—Y ¿cómo puedo recuperar tu casa? ¿Qué tengo que hacer?

—Ese es tu problema, no el mío. La quiero aquí, mañana en la noche, a las 9 en punto.

Camila pensó que en esa tarde lo único que había logrado era cambalachar un problema por otro más grande, pero aceptó el reto.

—Muy bien —le dijo al duende— ahora tú me esperas aquí.

Sin darle tiempo a responder, lo guardó en el cajón de las flores secas y, por si acaso, lo encerró con llave. Camila llegó corriendo a la cocina. Su mamá acababa de sacar las galletas del horno. Como no sabía dónde había puesto los cortadores, las había cortado de cualquier manera.

—¿Qué parecen?

—Parecen monstruos.

—Cierto —se rió su mamá—, son monstruos prehistóricos. ¡Vamos a decorarlos!

Mientras los pintaban con azúcar y colores vegetales, Camila le preguntó:

—¿Y tu arete?

—¿Cuál arete? —respondió su mamá.

Camila constató que el arete estaba ya en el agujero negro.

Los monstruos iban quedando muy bien.

—Oye mamá, cuando eras niña tú tenías una casita de muñecas, ¿verdad?

—Sí —recordó la mamá y se entusiasmó con el recuerdo—. Era una casita preciosa. Me la regaló mi abuela.

—¿Mi abuela?

—No, la mía, la hizo el abuelo.

—¿El tuyo?

—No, el de ella. Era enorme.

—¿El abuelo?

—No, la casita. Tenía de todo: recámaras, baño, comedor, cocina, sala. Abuela la decoró.

—¿Mi abuela?

—No, la de mi abuelo. Tenía muchos muebles y en los cajoncitos había toda clase de cosas diminutas.

—Y, ¿dónde está? —preguntó la niña, aunque ya sabía la respuesta.

—Ay Camila, ¿cómo quieres que sepa?... Han pasado tantos años...

Camila pensó: en el agujero negro no está porque no la ha olvidado, así que tiene que estar en alguna parte. Se acordó de su abuela. Su mamá perdía todo, pero su abuela todo lo guardaba. Así que decidió hacerle una visita.

—Mañana voy a ir a ver a mi abuelita —dijo—; le llevaré unas galletas.

—¿De monstruos prehistóricos? —se sorprendió su mamá—. No sé si le gusten.

LA CASA DE MUÑECAS

La abuela de Camila era ordenada y minuciosa. Así era también su casa. A Camila le gustaba pero se sentía más cómoda en la suya. Aquí el té se tomaba en la sala. La abuela puso las galletas en forma de animales prehistóricos sobre una charola de plata con servilletas de lino. Se veían chistosas.

—Están raras —dijo la abuela cuando las probó—, pero saben bien.

Cuando se comió la sexta galleta y dijo otra vez "están buenas", Camila se dio cuenta de que había llegado el momento y preguntó:

—¿Tú guardaste la casa de muñecas de mi mamá?

—Sí, mi hijita, está en el desván.

—¿Me dejas verla?

—Sí, pero no la toques. Me costó mucho conservarla porque tu mamá siempre andaba perdiendo las miniaturas.

Camila corrió al desván. Al principio no la encontraba. Pero su abuela gritó:

—¡Está en el tapanco!

Subió al tapanco y no encontró nada. Su abuela volvió a gritar.

—¡Descorre la cortina!

La descorrió y fue como si se levantara un telón. Ahí estaba la casita de muñecas más grande y más bonita que se hubiera podido imaginar. Tenía de todo: recámaras, baño, comedor, cocina, sala. Exactamente como la había descrito su mamá. En las paredes había cuadros y lámparas en el techo.

Empezó a abrir los cajoncitos buscando a los hermanos del duende verde, pero sólo encontró sábanas y colchitas en la cómoda, platitos y cacerolas en la cocina, diminutos libros en el librero de la sala. Lo más fascinante eran los juguetitos del cuarto de bebés.

En eso estaba cuando apareció la abuela.

—¿No te digo? Ya empezaste a desordenarla, ¡igualita a tu mamá!

—No, abuelita —se disculpó Camila—, solo quería ver todo lo que tiene. ¡Cuánto trabajó tu mamá, abuela, mira, hasta bordó las sabanitas! ¡Qué paciencia!

Eso era todo lo que la abuela necesitaba oír para agarrar el hilo de los recuerdos y empezar a platicar de su mamá, de su infancia y de la infancia de la mamá de Camila.

Durante el resto de la tarde estuvieron limpiando la casita. Mientras platicaban, levantaron las ventanitas, ordenaron y acomodaron todas las miniaturas. Quedó tal y como dijo la abuela: "¡Como una tacita de plata!"

Cuando terminaron ya era tarde y la abuela la invitó a dormir, pero Camila recordó que sólo tenía dos horas para hacer el cambalache y todavía le faltaba lo más difícil. Como al mal paso hay que darle prisa, lo soltó de sopetón:

—Abuelita, regálame la casita. ¡Por favor!

La abuela guardó silencio. Camila ya estaba pensando qué decirle para convencerla, cuando escuchó:

—Es para ti. Por eso la guardé tanto tiempo.

Camila le dio un abrazo tan largo, que ahí se fueron como 20 minutos de las dos horas que le quedaban. Y es que de veras quería tener la casita y no sólo por el duende verde sino por su mamá, y la abuela de su mamá y el abuelo de su abuela.

De pronto, Camila cayó en la cuenta de que ahora tenía otro problema.

¿Cómo se la iba a llevar?

UN CAMBALACHE

Ya tenía la casita pero, ¿cómo transportarla? Había llegado hasta la casa de la abuela en bicicleta. Ella manejaba muy bien la bici, pero no tanto como el panadero que podía llevar la gran canasta haciendo equilibrio sobre la cabeza. Además, estaba segura que la casita pesaba mucho más.

—No seas impaciente —dijo la abuela, intentando ser comprensiva—. Mañana vendrá Ramón, el pastelero, a traerme una sorpresa que encargué para tu mamá y le pediremos que la lleve en la camioneta.

—No puede ser —se angustió Camila—, el viernes será demasiado tarde.

La abuela no entendió por qué el viernes iba a ser demasiado tarde, pero no tuvo tiempo de pensar en eso porque en ese momento tocaron a la puerta.

—No lo puedo creer —gritó Camila— ¡hoy es mi día de suerte!

En efecto, ese era su día de suerte. Ramón, el pastelero, estaba ahí con su enorme camioneta.

Pasaba por la calle y se detuvo a preguntarle a la abuela cuántas cucharadas de manteca llevaba su pastel de mantequilla.

Ramón y la abuela podían estar horas haciendo recetas de cocina, así que Camila tuvo que ser de veras muy insistente para que Ramón les ayudara a bajar la casita y la metiera en la camioneta. Por fortuna, su casa estaba a sólo cinco minutos de ahí. Cuando llegaron faltaban todavía 20 minutos para la cita.

Otra vez Camila se felicitó por su suerte. Su papá ya estaba en la casa; él podría ayudar a Ramón a meter la casita. Pero no se acordaba que Ramón y papá podían estar horas hablando de futbol. El reloj caminaba rápidamente, faltaban ocho minutos y la casita todavía estaba en la puerta de la casa.

Llamó a su mamá, pero la mamá de Camila se puso tan contenta cuando vio la casita, y se le vinieron encima tantos recuerdos, que ya no se la quería dar.

—Es mía, me la hizo el abuelo, la pondré en mi cuarto, pero no te enojes, te la puedo prestar.

Camila estalló.

—Estamos perdiendo el tiempo y sólo faltan tres minutos para que empiece el Kinding.

La mamá iba a preguntar qué era el Kinding, pero la vio tan apurada que decidió ayudarla. La casa era muy pesada para ellas dos.

—Se necesita más fuerza —dijo Camila.

—O ingenio —dijo mamá, y trajo la patineta azul.

Con mucho cuidado subieron la casa a la patineta y así rodando, la llevaron hasta el cuarto.

¡Suerte!, en ese momento papá llamó a la mamá de Camila. La niña cerró su cuarto. Sólo faltaba medio minuto cuando abrió el cajón y sacó al duende verde.

Lo atrapó entre sus manos y lo llevó ante la casita, entonces, lentamente, separó sus dedos para que el duende pudiera ver y le dijo:

—Cambalache, duende verde, dame el agujero negro.

Cuando el duende vio la casita empezó a saltar del gusto y Camila movía las manos de arriba para abajo, como una loca, tratando de que no se le escapara. En eso, regresó su mamá para preguntarle si quería cenar.

—¿Qué haces? —preguntó sorprendida.

—Son, este... son unos ejercicios de gimnasia que nos recomendó el maestro, y no quiero cenar porque merendé con la abuelita.

Su mamá se fue, Camila cerró la puerta y esta vez, puso el seguro. El duende seguía saltando.

—Cálmate, cálmate —decía la niña— y no te pongas tan contento, porque te traje la casa pero a tus hermanos no los vi por ninguna parte.

—Los humanos no saben buscar; mira:

Camila vio.

UNA FIESTA DE KINDING

Lo que Camila vio fue mágico de verdad.

La casita estaba reluciente, no sólo por lo limpia que la habían dejado ella y la abuela, sino porque todo estaba preparado para una gran fiesta, tenía un brillo especial y además, algo se movía:

De la chimenea iba saliendo un duendecito rojo, de uno de los muebles de la cocina salió uno azul, debajo de las camas asomaban las cabezas del amarillo y el púrpura, y en la lámpara de la sala, se columpiaba muy contento el duende a rayas.

Fue tal la sorpresa de Camila que abrió las manos y dejó escapar al duende verde. Lo que vio después fue muy conmovedor: El gran abrazo de los hermanos y la fiesta de cumpleaños más ruidosa y animada que se le pudiera ocurrir.

Hubo piñata, cantaron y bailaron, hicieron un concurso de mentiras que ganó el duende de rayas cuando contó que había vencido al ogro Pantagruel metiéndose en su estómago escondido en una galleta de animalitos; contaron chistes de duendes y chismes de todas las brujas de la comarca. Imitaron a los seres humanos que conocían y se desternillaron de risa hablando de las travesuras que les habían hecho.

Después, cenaron sus platillos favoritos, que son los que se sirven tradicionalmente en la fiesta de Kinding: Rampikut, que es una sopa de hongos y raíz fuerte; Ntik, que se hace como un asado, pero en lugar de carne se pone una nuez grande; tortas de miel y de postre el néctar de las más hermosas flores, recogidas en el propio jardín de la abuela.

Camila descubrió que la vida de los duendes es larga y divertidísima y decidió que un día se dedicaría a escribir cuentos de duendes.

El último en contar su historia fue el duende verde. Cuando empezó a hablar del agujero negro, Camila se dio cuenta de que eran las dos de la mañana, que tenía muchísimo sueño, y que aún no tenía el regalo de su mamá. Entonces dijo con mucha energía:

—Duende verde, ¡dame el agujero negro!

—No te lo daré —contestó el duende—. Lo que tú no sabías es que soy un duende muy tramposo.

El duende rojo lo aclaró todo cuando, riéndose, dijo:

—Su verdadero nombre no es duende verde sino "El Gran Trampas" —y todos se rieron de ella.

Camila se enojó tanto que, sin pensarlo dos veces, tomó su red de cazar mariposas y atrapó con ella a los duendes.

—Los atrapé, tramposos, y ahora sí vamos a hacer el cambalache.

Los metió en un gran frasco.

—Yo necesito un buen regalo para mi mamá. Si no me lo dan, voy a envolver este frasco y le daré seis duendes encantadores en vez de uno.

Muy decidida tapó el frasco y fue a buscar cintas de colores para adornarlo.

UN AGUJERO NEGRO

Los seis duendes hicieron una conferencia de emergencia y decidieron negociar con la intrusa. Eso era, justamente, lo que Camila esperaba. Sacó al duende verde del frasco y lo volvió a tapar.

—Si no me das el agujero negro les va a costar mucho trabajo festejar el próximo Kinding. Se los regalaré a mi mamá y estoy segura de que ella los irá perdiendo, uno por uno —dijo, muy seria y amenazadora.

El duende verde se rindió y le confesó que el agujero negro estaba en la sombrerera rosa, que estaba en el baúl morado, que estaba en el fondo del armario.

Camila metió al duende verde en el bolsillo de su camisa y lo abrochó con cuidado. No permitiría más trampas.

Hizo tanto ruido al buscarla que su mamá se despertó.

—¿Qué haces danzando por aquí a las tres de la mañana, muchachita?

Camila dijo una mentira tan grande que le hubiera podido ganar el concurso al duende a rayas:

—Es que me acordé que tengo tarea de matemáticas y no la terminé.

Su mamá notó algo raro: —¿Que tienes en el pecho?; mira, te brinca.

—Es el corazón —mintió otra vez— me salta por la preocupación, pero ya voy a terminar.

Lo que verdaderamente saltaba era el pobre duende verde que estaba aterrado sólo de oír la voz de la mamá de Camila. Pero ella ni cuenta se dio y se fue a dormir despreocupada, pensando que Camila se estaba volviendo muy responsable con sus tareas escolares, pero que no debería exagerar.

Como el duende era de veras tramposo, el agujero negro no estaba en la sombrerera rosa, pero finalmente, y después de escuchar la voz de la mamá de Camila, decidió decir la verdad: Estaba en el arcón azul, debajo del armario.

El agujero negro no se parecía a nada que Camila hubiera visto antes: no era una bolsa negra, ni una especie de globo, como ella había imaginado. Era un trozo de nada, grande, redondo y con un nudo en la punta.

—Pero si aquí no hay nada —dijo sorprendida y un poco desilusionada.

Asómate y verás.

Cuando se iba a asomar, el duende le advirtió:

—Hazlo con cuidado. Tiene un imán y te puede jalar. Si caes dentro te será muy difícil salir—. El duende le dijo esto porque a pesar de todo Camila le caía bien y, además, porque él estaba atrapado en su bolsillo y si se iba por el agujero, se irían juntos.

La niña deshizo el nudo y miró por la rendija:

—¡Es increíble! ¡Cuántas cosas caben en el agujero!

Allí había botones, aretes, lápices, plumas, papeles importantes y papeles insignificantes, una hombrera, una canasta del mercado llena de fruta, una pasta de dientes sin tapa y una tapa sin pasta de dientes, también estaba la bufanda larga, larga, el llavero con todo y llaves y muchas, muchísimas cosas más.

Cuando terminó de asombrarse, le hizo otra vez un nudo al agujero.

A Camila se le cerraban los ojos de sueño (ya estaba amaneciendo). Eran las cinco de la mañana. Dentro de una hora sonaría el despertador y su mamá bajaría a tomarse su primera taza de café. Debía darse prisa. Le costó muchísimo trabajo envolver el agujero negro porque era un poco resbaloso y se movía mucho, pues a pesar de estar lleno de cosas, no pesaba nada (esa es una característica de todos los agujeros negros).

Por fin logró colgarle una cinta roja y una tarjeta que decía:

"FELICIDADES."

"Hoy también te ama Camila."

Alicia Molina

La Rosa Pretenciosa

Érase una vez una rosa muy coqueta y vanidosa que...

... como veía que todos se detenían ante ella para alabar su belleza, ni siquiera quería hablarles a las otras flores del jardín.

Por la mañana ella amanecía toda cubierta de rocío y luego se iba abriendo lentamente, mostrando uno a uno sus pétalos, creyéndose mejor que las demás.

En eso, una abeja se posó en una hoja de un árbol cercano y viéndola tan engreída le preguntó:

"¿Por qué eres así con las otras flores del jardín? Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce, ¿qué te hace pensar que tú eres la mejor?"

La rosa escuchó sin mover una espina y se hizo la desentendida. "Porque" pensó ella "quién era esa abeja para pedirle explicaciones". Ella se sentía la reina de las flores y a una reina no se le habla así no más.

La abeja a su vez, al verse ignorada, no insistió, y se fue volando hacia otra flor más agradable.

Al otro día, a una mariposa que revoloteaba por el jardín también le llamó la atención el aíre de superioridad de la rosa y acercándose le preguntó:

"¿Quién eres tú que te estiras y miras con desprecio a las demás flores del jardín? Tú eres sin duda la más bella, pero no eres la más dulce ¿qué te hace pensar que eres la mejor?"

Otra vez la rosa escuchó sin decir una palabra y la mariposa que no estaba de humor para soportar a una pesada como ésa, también se marchó.

Así pasaron los días y la rosa seguía creyéndose la mejor. Las otras flores del jardín murmuraban entre ellas y por supuesto, esa rosa no les caía muy bien.

"Yo soy la más bella", se decía la rosa, "no hay otra como yo".

Pero entonces, sucedió algo inesperado. La dueña del jardín apareció con unas tijeras en las manos y a esa rosa, que era por cierto la más bella, fue la única que cortó. Se la llevó adentro de la casa y la puso con un poco de agua en un jarrón.

Al poco tiempo, como era de esperarse, la rosa comenzó a marchitarse y sus pétalos se pusieron tristes y empezaron a caerse. Su belleza desaparecía mientras podía ver a través de la ventana a las otras flores del jardín. Ellas continuaban perfumando el jardín con sus dulces fragancias y las abejas y las mariposas seguían revoloteando alrededor.

Entonces, la rosa comprendió que su belleza le había traído su desgracia al llamar tanto la atención. Y que a veces es mejor no serlo demasiado, sino que le habría sido mucho más provechoso ser dulce y sencilla como las otras flores del jardín. Porque mientras ella se moría triste y fea en ese jarrón, las dulces flores continuaban gozando del sol y del rocío.

Cosas del rocío. Cosas que ella, que se creía la más bella y apreciada, no vería nunca más.


Ernesto Langer Moreno

El Jardin de los Ruiseñores

La primavera había llegado, el jardín se empezaba a llenar de flores.

Todas las tardes la niña esparcía migas de pan viejo para los pajaritos que estaban hambrientos, cerca de la fuente, al lado del columpio y entre las cañas.

Como cada tarde, se sentó en la larga mesa rústica del jardín, y muy quietita esperó que llegaran sus pequeños amiguitos. El ruiseñor se posó junto a la niña, que divertida y extrañada le preguntó:

Hola, pajarito lindo, ¿No tienes miedo de mi?

El ruiseñor cantó un poquito a modo de respuesta, dando saltitos para adelante y para atrás. Se incorporó suavemente y se encaminó hacia la cocina, el avecilla revoloteó delante de la pequeña cantando fuertemente a la vez que volvía a la mesa, repitiéndolo varias veces sin dejar entrar a la chiquilla.

Pero... ¿Qué te pasa?, le preguntó, aunque no sabía como haría para entender la respuesta cantora.

El animalito voló rasante por encima de la mesa y volviendo por debajo de la misma, cantó y cantó, altisonantemente. La niña se sentó donde estaba antes. Parecía quererla llevar, a tironcitos con el pico a algún lado, estiraba de su blusa y cantaba siempre los mismos tonos y el mismo ritmo:

tiru-tu-tití tiru-tu-tití

Se levantó al mismo tiempo que el pajarito volaba algo más lejos y volvía hacia ella con el mismo tiru-tu-tití tiru-tu-tití cada vez que revoloteaba cera de su nariz.

¡Está bien! ¡Está bien!, dijo la niña, ya te sigo, ¿adónde quieres llevarme?

El pajarito volaba indicándole el camino. La niña trepó y trepó al árbol y el canto del ruiseñor había cambiado, sonaba más triste:

titi-tííí-tu titi-tííí-tu

Al mirar entre las hojas, descubrió un nido del que casi no se oía nada, intentó llegar más cerca, y vió algo muy triste: un montón de hijitos de la ruiseñora que piaban bajito, bajito, y otros que quizás estaban durmiendo o muertos... La mamá pájara se paró encima del nido cantando muy muy triste.

¿Qué le pasa a tus hijitos? preguntó apenada, ¿es que nunca llegas al pan de la tarde? Bueno, espera que ahora voy a ayudarte, le dio esperanzas a la triste pájara.

Bajó cautelosamente y corriendo entró en la cocina. Casi gritando le dijo a su madre:

¡Mamá, mamá tenemos que salvarlos, hay que hacer algo!, decía atolondradamente, los-hijitos-de-la-ruiseñora -están-muy-enfermos-quizás-muertos-algunos..., tomó aire agitada.

Calma Margarita, ¿de quién hablas, qué pasa?, le contestó tranquilizadora la madre agachándose a la altura de la niña.

A la ruiseñora no la han dejado comer pan los pájaros grandes, como ella es tan pequeñita, y ahora han nacido sus pichones, están todos muy débiles, algunos creo que están... muriéndose, dijo muy bajito como si no quisiera decir esta palabra.

La madre le dio un buen tazón con alpiste, un plato profundo con pan viejo mojado y algunas galletas.

Margarita salió como un rayo hacia el árbol, fue trepando con una cosa por vez y las fue acomodando lo más cerca que pudo del nido, llamó a la ruiseñora y enseguida se llenó de un alegre trinar cuando vio el banquete que tenía sólo para su familia.

Cada tarde Margarita llevaba nuevas provisiones al árbol e igual que si fuera una doctora de pajaritos le preguntaba a la ruiseñora cómo se encontraban los pequeñuelos, tarde a tarde se oía un coro cada vez más vigoroso en el árbol.

Hasta que una tarde, cuando Margarita estaba sentada en la mesa –donde vio a la ruiseñora por primera vez–, aparecieron todos sus pequeños pacientes, crecidos y fuertes a cantarle la más bella canción del ruiseñor.

Sofía Reina

Paseo Accidentado

Resulta que la mamá mandó a las nenas con el Tío Chiflete a comprar un limón...

El tío Chiflete le dijo que ya que estaba, podía llevarlas al shopping a pasear un rato y ver vidrieras. La mamá le dijo:

– Está bien, pero no vuelvan tarde porque estoy por hacer la comida. Tomá Tío Chiflete este billete de 20 pesos. No gastes más de 10 pesos, y traeme el vuelto.

– Pero por supuesto, no te preocupes, damos una vueltita y volvemos – dijo el Tío.

Se fueron muy contentos a tomar el colectivo para el shopping. Cuando llegaron, las nenas quisieron ir al pelotero.

– Está bien, pero un ratito corto, porque tenemos poco tiempo.

El Tío las llevó, pero ellas se empezaron a pelear a ver quien entraba primero al pelotero. Y entonces ocurrió un accidente: el tío trató de alzarlas a las dos a la vez, para que no se pelearan, cuando pisó una pelota que se había escapado de su lugar, se resbaló y se cayó de cola en el pelotero. No se golpeó, pero reventó varias pelotas y el ruido asustó a los chicos que estaban cerca.

Cuando se levantó, el encargado del pelotero le dijo que le tenía que comprar las pelotas que había roto. El tío le dió 5 pesos y se llevó una bolsa con las pelotas reventadas.

Se fueron enseguida de los juegos porque al tío le daba vergüenza el lío que había hecho.

En el shopping había muchas cosas interesantes para ver: decorados, vendedores de golosinas, y bares con mozos que atendían disfrazados y en patines. También había una fuente llena de luces y chorros de agua. El Tío Chiflete les dio a las nenas una moneda para tirar al agua y pedir un deseo.

Lara vio un señor que vendía algodón de azúcar, y se abalanzó sobre el carro y se quiso agarrar un algodón. Franca se lo quiso sacar para devolvérselo al vendedor, y en la pelea se ensuciaron la ropa, y el algodón se cayó al piso y se llenó de tierra.

El vendedor se enojó mucho, y le dijo al tío que le tenía que pagar el algodón que habían arruinado sus sobrinas. El tío se guardó el algodón pegoteado y sucio en la bolsa, y le dió 3 pesos al vendedor.

Entonces entraron en el supermercado, para ver si tenían unas herramientas que el tío quería comprar. Y allí ocurrió otro desastre. Resulta que había una pila de frascos de dulce de frutilla. Como a Lara le gustaba mucho, quiso probar uno. Y como era muy bajita, trató de agarrar el frasco de abajo de todo de la pila. La pila se cayó Todos los frascos se cayeron al piso, y algunos se rompieron haciendo un gran enchastre.

El encargado del supermercado se enojó mucho, y el tío tuvo que pagar por los frascos rotos. Pero no tenía suficiente plata. Entonces el tío se puso a buscar en los bolsillos, y encontró algunas cosas que le dejó al encargado en parte de pago por los frascos rotos: tres monedas de 1 centavo de la República Dominicana, una figurita vieja, unos tornillos, un sacacorchos, un sello que decía PAGADO, y unas semillas de cardo. Faltaban dos monedas. Entonces Franca le dijo al oído al tío:

– ¿Y si vamos a sacar las monedas que tiramos en la fuente?

– Buena idea – dijo el tío, y le explicó al encargado que enseguida iban a traer las monedas que faltaban.

Cuando llegaron a la fuente, el tío les pidió a las nenas que lo sostuvieran de los tiradores, para inclinarse a levantar las monedas del fondo de la fuente. Las nenas se portaron muy bien, porque agarraron fuerte del tirador y hicieron mucha fuerza para sostener al tío. Pero cuando estaba a punto de alcanzar las monedas... ¡PLAF!, se rompió un tirador y el tío se cayó al agua.

Toda la gente que estaba comprando se dio vuelta para mirar, y al tío le dio mucha vergüenza.

– Qué barbaridad, ese señor gordo bañándose en la fuente. – dijo una señora.

– Qué maleducado, como se saca los tiradores delante de todos. – dijo otra señora.

– Qué pícaro, robando las monedas que tiran los chicos en la fuente – dijo otra.

El tío salió de la fuente, todo colorado y empapado, pero con las monedas en la mano.

Fueron al supermercado, y finalmente el encargado les dio una bolsa con los frascos de frutilla rotos.

– Vamos a casa rapidito, antes de que pasen más cosas – dijo el tío, y se fueron.

Como no tenían más monedas para el colectivo volvieron caminando.

Llegaron sucios, hambrientos y con la lengua afuera.

Cuando Peta la mamá los vio llegar les preguntó:

– ¿Porqué tardaron tanto? ¿Qué compraron?

– Nos pasó de todo – dijo el tío.– Acá te traje unas pelotas reventadas, un algodón de azúcar todo sucio y pegoteado, y unos frascos de dulce de frutilla todos rotos.

– No entiendo nada – dijo Peta – ¿Porqué no tiraste todo eso a la basura? ¿Dónde está el vuelto de los 20 pesos? ¿Porqué están todos sucios y transpirados? ¿Adónde te bañaste?

Entonces el tío Chiflete le contó todo lo que había pasado, que se había gastado toda la plata, que no habían podido comer nada ni comprar nada, que habían pasado un montón de papelones, y que habían vuelto caminando.

Por último Peta dijo:

– Te hago la última pregunta, Tío Chiflete: ¿me trajiste el limón?

– ¿Limón? ¿qué limón? – preguntó el tío.

– ¡El limón que les mandé a comprar! – dijo la mamá enojada.

Uyy, el limón... – dijo el tío agarrándose la cabeza. – Con todo lo que pasó, me olvidé del limón – contestó.

Sergio Samoilovich

La Bruja Piruja

Un buen día, hace ahora ya muchos y muchos años, los habitantes de la ciudad de Rosa se despertaron desconcertados.

Era el ruido de las trompas del Rey, que abrían paso a los mensajeros, los cuales proclamaban:

– Por orden de su majestad, se hace saber la llegada a nuestra ciudad de la terrible bruja piruja. Con los adultos es inofensiva, pero dicen que tiene poder para eliminar a todos los niños que se le pongan por delante. Por tanto, por esta real orden, todos los niños se quedarán encerrados en su casa hasta que la bruja piruja haya desaparecido y, con ella, el peligro para nuestros pequeños.

Había en la ciudad dos hermanos, Dolors y Bernardo, que se sintieron muy contrariados al sentir el bando, porque tenían pensado ir al bosque a buscar fresas, que por esa época estaba lleno.

Como Dolors, además de valiente, que era muy lista, propuso a su hermano:

– Podríamos ir al bosque disfrazados de matorrales. La bruja no nos vería y podríamos coger las fresas que quisiéramos.

Parecían totalmente dos espanta pájaros, cubiertos de ramas y hojas. Nada más llegar al bosque, vieron a la bruja que bajaba desde su escoba. Lo peor de todo era que Edu, el hijo del leñador, iba a tonteando por allí persiguiendo mariposas.

Desde su escondite, los dos hermanos vieron que la bruja se mojaba un dedo con saliva y decía, tocando la cabeza del niño:

– En oruga te has de convertir...

Y Edu se convirtió en una oruga.

Bernardo y Dolors se quedaron tan sorprendidos y atemorizados que no se atrevían a moverse. Hacía mucho calor, vieron que la bruja se quitaba su gran sombrero acabado en punta y lo dejaba en un lado, para tumbarse encima de la hojarasca y hacer una siestecita.

– Si la bruja no tuviera saliva, no podría hacer desaparecer a ninguno otro niño– razonó Dolors con un hilo de voz.

¡Y cómo roncaba! Estaba feísima, con la boca abierta, aquella narizota tan fenomenal y las greñas enmarañadas y escampadas.

Dolors susurró al oído de su hermano, y mientras él vigilaba, muerto de miedo, la niña corrió hasta casa del albañil, cogió un saco de yeso y volvió al bosque. Por fortuna, la bruja todavía estaba con la boca abierta. Rápidamente, Dolors vació el paquete de yeso dentro de su boca.

La bruja se despertó y comenzó a gritar. Y resultó que, cuanto más gritaba, mejor se mezclaba el yeso que tenía en la garganta con su saliva, hasta que se formó un tapón que no dejó pasar ningún grito.

Dolors, plantada ante la bruja, dijo:

– Vieja piruja, cuando hayas devuelto a Edu y a todos los demás niños a su forma primitiva, te sacaré el yeso de la boca.

La bruja dijo que si a todas las condiciones, pero Bernardo no se fiaba bastante y Dolors fue a buscar a los soldados del rey, los cuales se encargaron de que cumpliera su palabra. Después, lanzaron al fuego su escoba y a ella la echaron lejos de las fronteras del Reino, y nunca más pudo hacer mal a nadie, porque se quedó con la boca seca.

Y a la ciudad de Rosa se celebran brillantes fiestas en honor de los valientes hermanos Bernardo y Dolors.

Raúl Minchinela

El Sombrero Volador

"¿Ustedes saben por qué los sombreros se escapan cuando hay viento?", preguntó Boris a las señoras Rosa y Margarita un martes de té.

–¡No! –, contestaron a coro las dos flores intrigadísimas

–Hace muchos, pero muchos años, había un gnomo llamado Kuluf que era sombrerero. Fabricaba sombreros de muchas formas y colores. Hacía sombreros de fiesta, sombreros para salir a pasear, sombreros para alegrar a los que están tristes y sombreros para los que tienen hambre (esos los hacía de sándwich de queso).

Kuluf estaba enamorado de la princesa Andrina, que tenía unos pelos color del sol, largos hasta la cintura. Kuluf no sabía cómo hacer para que la princesa Andrina se riera. Ella estaba enojada porque Kuluf se había comido su chupetín. Kuluf le contaba chistes, la invitaba a bailar, le regalaba chocolates, ¡hasta le regaló una caja entera de chupetines! Pero nada...

Entonces, Kuluf inventó un sombrero volador. El sombrero era blanco de seda y tenía dos alitas a los costados muy chiquititas con forma de triángulo. Estaba adornado con el polvo de estrellas que Kuluf había ido coleccionando desde muy chico.

Kuluf le dijo a Andrina:

– Yo te regalo este sombrero volador, pero tienes que tener cuidado, porque se pone a volar con la brisa más leve.

Entonces, en el momento justo en que la princesa Andrina se ponía su sombrero, un viento fuerte comenzó a soplar. Los pelos de la princesa ondulaban para todos lados, reflejando las luces del día.

Y entonces Andrina comenzó a volar. De a poquito fue subiendo y subiendo hasta que sólo era un puntito en el cielo. Voló durante tanto tiempo que todos pensaban que no iba a bajar más, pero bajó.

Cuando finalmente bajó, estaba tan feliz que se puso a reír con una risa tan contagiosa que Kuluf también empezó a reírse. Y también empezó a reírse un árbol que estaba mirándolos. Y también se reía una piedra de cuarzo que se había perdido en el bosque. Y así la risa se fue contagiando tanto que en pocos minutos todo el bosque se reía a carcajadas limpias.

Tanta fue la risa que, desde entonces, todos los sombreros quieren salir volando cuando sienten un poquitito de viento soplar.