Una bruja al revés

Lo que voy a contar es una de las tantas historias de Brújula, la bruja miedosa, que sale de viaje un lunes de primavera con sol. Prepara su atadito de ropa, deja todo arreglado, monta su escoba vieja y saluda a su amiga Liebre y al compadre Lechuzón. Ellos se quedan tranquilos porque saben que Brújula no se perderá. De eso están seguros.

Brújula despega como siempre: voltereta por aquí, voltereta por allá y más allá. Toma vuelo, hincha sus pulmones y ZUMMMMM, empieza el viaje, más rápido que su amiga Liebre y con los ojos abiertos como los del compadre Lechuzón. Juega con su escoba y bailotea en el cielo gris. Vueltas redondas, giros en zigzag, caídas en tirabuzón. Dale que dale a las vueltas, a los giros y a las caídas.

De pronto, el gris del cielo se rompe porque Brújula se encuentra con una cosa blanca y suavecita que anda paseando por ahí.

- ¿Quién sos? -pregunta la cosa blanca y suavecita.

- Soy Brújula y tengo escoba para volar.

- Con lo que me gustaría volar en escoba. Yo me desparramaría toda en tu pollera larga y sería una nube-escoba que vuela. ¿Querés?

- No, las escobas son para las brujas. Y sin mas explicaciones, sigue su viaje más rápido que su amiga Liebre y con los ojos abiertos como los del compadre Lechuzón.

El cielo empieza a ponerse rojo, rojo y caliente también, tan caliente que le dan ganas de arrancarse el vestido negro, porque el calor le ahoga la garganta. Pero una bruja sin vestido negro no es una bruja. Y Brújula es una bruja con todo: vestido negro, nariz ganchuda, pelos duros y risa ruidosa, aunque con miedo. Eso sí.

En el cielo aparece una luz cada vez mas caliente, caliente y roja.

- ¿Quién sos? -pregunta la luz roja.

- Soy Brújula y tengo escoba para volar.

- ¿Sabés que me gustaría andar en escoba? Me engancharía en tu pelo y sería un sol-escoba que vuela. ¿Querés?

- No, las escobas son para las brujas.

Y otra vez de viaje. Más rápido que Liebre y con los ojos abiertos como los del compadre Lechuzón. Ella los recuerda y una lágrima chiquita se le engancha en el gancho de la nariz. ¡Que no lo sepa nadie, eh! Porque las brujas no lloran.

Da media vuelta de escoba y rumbo a casa. Mientras, el cielo se tiñe de negro como Brújula. El miedo le vuelve otra vez pero se lo aguanta. Si se enteraran Liebre y Lechuzón, cuánto se reirían. Y eso a ella no le gustaría ni medio.

Todo el cielo se pone negro, de un negro renegrido. De pronto, tiquitic, tiquitic, tiquitic, tres puntitos blancos alumbran el negro del cielo y el de su vestido también.

- ¿Quién sos? -preguntan los tres puntitos blancos.

- Soy Brújula y tengo escoba para volar.

- Con lo que nos gustaría volar en escoba. . . nos prenderíamos en el volado de tu blusa y seríamos tres estrellas-escoba que vuelan. ¿Querés?

- No, las escobas son para las brujas.

Dice esto y siente que el miedo se le está viniendo otra vez. Y cuando el miedo se le mete adentro, le da más miedo todavía. Ya quisiera estar con Liebre y Lechuzón. Pero falta bastante.

En eso aparece Don Viento Fuerte fffffff, un poquito, fffffff, otro poquito y fffffffffffffff con todas las ganas. Brújula da vueltas para acá y para allá.

El vestido se le enreda en la escoba, la escoba se le resbala entre los dedos. Los dedos de Brújula tiemblan: los de las manos y los de los pies también. El temblor le sube desde el vestido todo negro a la garganta y le hace parar los pelos que se le ponen más duros que nunca.

Si, el miedo es muy grande. Más grande que el cielo de las Tres Marías, de la nube y del sol.

- ¿Qué te pasa, que estás tan temblorosa? -Le pregunta Viento Fuerte con su voz de ventarrón.

- Nada, es que, es que. . . se me hizo un poco tarde, sabés. Y mis amigos me esperan.

A Brújula le gustaría contarle que ella no da miedo como sus amigas brujas, que ella es la que tiene miedo. Pero no, faltaría más.

Se detiene un ratito y piensa muy seria: ¿Por qué no puedo ser miedosa?

Bueno, no es cuestión de perder tiempo. Liebre y Lechuzón la estarían esperando.

Acomoda su vestido, ordena su atadito de ropa, monta su escoba vieja y ZUMMMMM, otra vez de viaje.

Entre voltereta y voltereta y para espantar un poquito el susto que aún le queda, canta: Larali, laralá, soy una bruja con miedo y ya está, laralí, laralá. . .

Llega por fin a su casa un martes de primavera con sol.

Liebre y Lechuzón están muy tranquilos en la puerta, como si nada, seguros de que la amiga volvería.

Si no, no se llamaría Brújula, ¿no te parece?

Cristina Martín

La historia de don Casi

Había una vez en lo alto de un pueblo muy lejano, una casa muy grande y bonita. La casa tenía enormes rejas de oro, y dentro un inmenso jardín con una variedad inimaginable de flores, las flores más hermosas y raras, las podíamos encontrar ahí.

En medio de ese esplendoroso jardín había una fuente de la cual brotaba agua cristalina.

El dueño de esa casa tan grande, era un hombre al cual le gustaba mandar y gritar; este hombre se llamaba Casimiro y todas las personas que trabajaban para él le tenían mucho miedo. Las personas lo llamaban respetuosamente “Don Casi”.

Don Casi, no tenía familia, ni amigos y siempre parecía estar enfadado, pues andaba con el ceño fruncido.

Un día, paseando por su jardín, pasó cerca de la fuente y encontró a una niña bebiendo agua. Al verla, Don Casi, empezó a gritar:

-“¡Oye niña! ¿Qué haces ahí bebiendo agua de mi fuente?”.

A lo que la niña respondió:

- “Disculpe usted señor, es que pasaba por aquí y no pude evitar acercarme al ver las hermosas flores desde afuera, así que como la reja estaba abierta, entré para contemplarlas, luego vi el agua saliendo de esta hermosa fuente y como tenía un poco de sed me acerqué a beber un poco…”

-“¿Sí? – respondió Don Casi- “No me importa si te gustaron mis flores o si tenías sed, niña apestosa; lo único que quiero es que te largues de aquí”.

La niña al sentirse insultada, solo le respondió :

- “Señor , tiene usted la soberbia de un caballo y la lengua de un reptil” – Luego de decirle esas palabras, salió del lugar.

Don Casi, siguió caminando refunfuñando amargamente : “Niña tonta, ya me arruinaste el paseo, será mejor que vaya a descansar”. – y así lo hizo – se dirigió a la casa y subió a su habitación, se acostó en la cama y se quedó dormido.

A la mañana siguiente, al despertar, Don Casi empezó a gritar para que le traigan el desayuno; en eso se abrió la puerta y la empleada al entrar a la habitación, tiró la bandeja con el desayuno y empezó a gritar asustada; en eso llegaron las demás personas que trabajaban para Don Casi y lo que vieron los horrorizó. En la cama había un animal con cabeza de caballo, cuerpo y lengua de serpiente ; todos trataron de golpearlo y matarlo pero el extraño animal empezó a arrastrarse y escapó.

El extraño animal se arrastró y arrastró tan rápido que no lograron alcanzarlo, hasta que cansado se detuvo cerca de las orillas de un río, al acercarse a beber agua y ver su reflejo empezó a gritar y llorar :

- “No puede ser…me he convertido en una horrible criatura…Yo Casimiro…¿Y ahora qué hago?

En eso el agua del río empezó a elevarse y comenzó a hablarle:

- “Casimiro, Casimiro; ayer una niña se acercó a beber agua y tú la insultaste, ese es tu castigo por malvado”.

Casimiro respondió:

- “Sí, lo recuerdo; pero estoy arrepentido…”

El agua del río dijo:

- “Si estás arrepentido busca una flor de siete colores, ve a la plaza del pueblo, busca a la niña que insultaste y entrégale la flor; promete que aprenderás a tratar bien a la gente, si lo haces de todo corazón volverás a tener tu aspecto de antes, si tu arrepentimiento no es real, te quedarás tal y como estás ahora…¡Ah! pero tienes solo hasta el medio día de mañana”.

Casimiro se apresuró para ir en busca de la flor de siete colores, no sabía si esa flor existía o no; las horas pasaban, ya había recorrido casi todos los lugares donde había flores; pero le faltaba recorrer un lugar: “Su jardín”.

Se dirigió a su jardín cuidando de no ser visto por la gente, empezó a recorrer todo el lugar y cuando ya estaba perdiendo las esperanzas vio la flor de siete colores, la sacó cuidadosamente de la tierra cuidando de no dañar las raíces y se dirigió al pueblo.

El reloj del pueblo empezó a dar las once campanadas y Casimiro aún no llegaba a la plaza…

Las fuerzas casi empezaban a abandonarlo hasta que llegó a la plaza y todas las personas que estaban ahí empezaron a gritar y a correr muy asustadas. La niña que estaba también en la plaza corría aterrorizada, pues esa extraña criatura, la empezó a perseguir a ella. De pronto se detuvo, pues tenía a esa horrible cosa delante de ella… estaba paralizada, sin saber qué hacer, temblando, transpirando… El extraño animal (Don Casi) empezó a hablar y dijo:

- “Por favor no te asustes, soy Don Casi; me convertí en este horrible ser porque te traté mal ayer y sé que a muchos también los he tratado mal; ahora estoy arrepentido, les pido que me perdonen pues de ahora en adelante, prometo respetarlos y no ser un viejo gruñón”.

Al terminar de decir esas palabras, colocó la flor delante de la niña… cayó desmayado y lo que ocurrió asombró más aún a las personas, ese extraño animal empezó a transformarse hasta convertirse en Don Casi.

Cuando despertó Don Casi empezó a mirarse para ver si realmente había recobrado su aspecto anterior y al darse cuenta de que así era, empezó a saltar y a abrazar sonriente a todas las personas.

Miró a la niña, la abrazó con una ternura insospechada en él, cuando se separó de ella; la niña tomó la flor de siete colores, le empezaron a salir unas alas en la espalda, se elevó y suspendida unos segundos en el aire, miró a Don Casi, le sonrió, besó la flor de siete colores, le guiñó un ojo y se marchó volando por los aires.

Desde ese día Don Casi ya no fue el mismo; sonreía, trataba bien a las personas, abrió las rejas de su casa para que todos pudiesen ver sus flores y beber agua de su fuente.

Gaby Higashionna

Muchas gracias a todos los visitantes de este sitio por tenernos en cuenta, y que dios los ilumine

La pequeña luciérnaga.

Había una vez una comunidad de luciérnagas que vivía en el interior del tronco de un altísimo lampati, uno de los árboles más majestuosos y viejos de Tailandia. Cada anochecer, cuando todo se quedaba a oscuras y en silencio y sólo se oía el murmullo del cercano río, todas las luciérnagas abandonaban el árbol pan llenar el cielo de destellos. Jugaban a hacer figuras con sus luces bailando en el aire para crear un sinfín de centelleos luminosos más brillantes y espectaculares que los de un castillo de fuegos artificiales.

Pero entre todas las luciérnagas que habitaban en el lampati, había una muy pequeñita a la que no le gustaba salir a volar.

—No, no, hoy tampoco quiero salir a volar —decía todos los días la pequeña luciérnaga—. Id vosotros que yo estoy muy bien en casita.

Tanto sus abuelos, como sus padres, hermanos y amigos, esperaban con ansiedad a que llegara la noche para salir de casa y brillar en la oscuridad. Se lo pasaban tan bien que no comprendían cómo la pequeña luciérnaga no les acompañaba nunca. Le insistían una y otra vez para que fuera con ellas a volar, pero no había manera de convencerla. La pequeña luciérnaga siempre se negaba.

— ¡Qué no quiero salir a volar! —Repetía la pequeña luciérnaga—. ¡Mira que sois pesados, eh!

Toda la comunidad de luciérnagas estaba muy preocupada por la actitud de la pequeña.

—Hemos de hacer algo con esta hija —decía su madre angustiada—. No puede ser que la pequeña no quiera salir nunca de casa.

—No te preocupes, mujer —añadía su padre intentando calmarla—. Ya verás como todo se arregla y cualquier día de éstos sale a volar con nosotros:

Pero pasaban los días y la pequeña luciérnaga seguía encerrada sin salir de casa.

Un anochecer, cuando todas las luciérnagas habían salido a volar, la abuela luciérnaga se acercó a la pequeña y le preguntó con toda la delicadeza del mundo:

— ¿Qué te sucede, mi pequeña niña? ¿Por qué nunca quieres salir de casa? ¿Cuál es la razón por la que nunca quieres venir a volar e iluminar la noche con nosotros?

— No me gusta volar —respondió la pequeña luciérnaga.

—Pero ¿por qué no te gusta volar ni mostrar tu luz? —insistió la abuela.

—Pues. —Explicó por fin la pequeña luciérnaga—, para qué he de salir si con la luz que tengo nunca podré brillar como la luna. La luna es grande y brillante y yo a su lado no soy nada. Soy tan pequeñita que a su lado no soy más que una ridícula chispita. Por eso nunca quiero salir de casa y volar, porque nunca brillaré como la luna.

La abuela escuchó con atención las razones que le dio la pequeña l ciénaga.

—¡Ay, mi niña! —Dijo con una sonrisa—. Hay una cosa de la luna que has de saber y que, por lo visto, desconoces. Y lo sabrías si al menos salieras de casa de vez en cuando. Pero como no es así, pues, claro, no lo sabes.

— ¿Qué es lo que debo saber de la luna y que no sé? —preguntó la pequeña luciérnaga presa de la curiosidad.

—Has de saber que la luna no tiene la misma luz todas las noches —Respondió la abuela—. La luna es tan variable que cambia todos los días. Hay noches en que está radiante, redonda como una pelota brillando desde lo más alto del cielo. Pero, en cambio, hay otros días en que se esconde, su brillo desaparece y deja al mundo sumido en la más profunda oscuridad.

— ¿De veras que hay noches en que se esconde la luna? —se sorprendió la pequeña.

— ¡Que sí, mi niña! —continuó explicando la abuela—. La luna cambia constantemente. Hay veces que crece y otras que se hace pequeña. Hay noches en que es enorme, de un color rojo, y otros días en que se hace invisible y desaparece entre las sombras o detrás de las nubes. La luna cambia constantemente y no siempre brilla con la misma intensidad. En cambio tú, pequeña luciérnaga, siempre brillarás con la misma fuerza y siempre lo harás con tu propia luz.

La pequeña luciérnaga se quedó asombrada ante las explicaciones de la abuela. Nunca se habría podido imaginar que la luna fuera tan variable que brillaba o que se apagaba según los días. Ya partir de entonces, la pequeña luciérnaga salió cada noche del interior del gran lampati para salir a volar con su familia y sus amigos. Y así fue cómo la pequeña luciérnaga aprendió que cada uno ha de brillar con su propia luz.

Magdalena y la hormiga Catalina

A Magdalena le habían crecido los pies y papá pensó que necesitaría unos zapatos un poco más grandes.

- Compraremos unos zapatos nuevos- dijo papá.

El padre tomó de la mano a su hija y comenzaron a pasear fijándose en todos los escaparates.

- Hay zapatos de todos los colores; dijo el papá de Magdalena.

Pero papá sabía cual era el color favorito de Magdalena. De pronto Magdalena dio un grito:

- ¡Ahí están!. ¡Qué bonitos son!.

En medio del escaparate había unos bonitos zapatos de color rojo, con un par de enormes lazos azules.

- Por favor papá, ¿puedo probármelos?- preguntó la niña.

Entraron en la zapatería y les atendió una señora.

- ¿Qué zapatos quieren ver?- dijo.

- ¡Esos!, los de color rojo- exclamó Magdalena entusiasmada.

Papá levantó a Magdalena del suelo y la sentó en una silla que tenía unas patas muy largas.

-Tendrás que aprender a atarte los cordones.

Papá explicó a la niña cómo tenía que atarse los cordones. A Magdalena no le pareció nada fácil.

- No importa, siempre habrá alguien que me los pueda atar; pensó.

A la mañana siguiente Magdalena llamó a su papá para que le atase los cordones de sus zapatos nuevos.

- Papá ¿podrías atarme los cordones?.

- Sabes que debes intentarlo tú sola, sino nunca aprenderás.

- ¡Ay, ay! Me duelen tanto las rodillas que no me puedo agachar se quejó Magdalena.

Su padre le ató los zapatos para que viera una vez más cómo se hacía. Pasó otro día y Magdalena pidió a su madre que le atase los zapatos.

-¡Ay, ay! Me duele la barriga. Mamá ¿podrías atarme los cordones de mis zapatitos rojos?.

- Mamá se los ató pero le recordó que si quería aprender debía intentarlo ella sola.

Pasaron los días y Magdalena seguía pidiendo que le atasen los cordones diciendo que ella no podía porque le dolía algo. Aquella tarde, mamá y papá estaban muy ocupados ordenando la casa cuando Magdalena les hizo la misma pregunta de siempre.

- ¿Podríais atarme los zapatos?, me duele . . .

Estaban tan ocupados que ni siquiera la dejaron terminar de hablar.

- Magdalena, siempre que tienes que atarte los zapatos dices que te duele algo. Es hora de que aprendas a hacerlo tú sola; dijo papá poniéndose serio.

Entonces Magdalena empezó a llorar. Veía tan difícil atarse los zapatos que no se atrevía a intentarlo. Salió al jardín y se sentó en la hierba. Lloró y lloró hasta que se dio cuenta que debajo de una maceta que había a su lado, estaba pasando algo.

-¡En fila!. ¡Fiiiiirmes!. ¡1,2,3,4,1,2,3,4!. ¡Cuánto hay que trabajar, no podemos descansar ni un minuto!.

Todas las hormigas trabajaban sin parar, unas traían miguitas de la cocina de Magdalena, otros traían semillas del campo y las más fuertes se encargaban de sacar las piedras de la entrada del hormiguero.

- Hoy es un día muy especial; les dijo la reina a todas las hormigas.

- Han nacido hormiguitas y tenemos mucho trabajo.

Todas las hormigas esperaban en fila a que la reina les dijera cuál era su trabajo. Catalina, la hormiga de zapatos rojos estaba un poco asustada porque no sabía que trabajo le iba a mandar la reina.

-A ver si me manda un trabajo fácil- pensó la hormiga Catalina mientras esperaba su turno.

- Vosotras cuatro os encargaréis de quitar las piedras del camino; dijo la reina a las hormigas más fuertes de la fila.

- Las de las patas más largas buscarán alimentos y tú enseñarás a los bebés.

Catalina estaba distraída pensando en que lo único que ella sabía hacer era atarsse los cordones de sus hermosos zapatos y no se dio cuenta de que la reina le estaba hablando a ella.

-¿Cómo te llamas?- preguntó la reina rozando sus antenas con las de Catalina.

- Me llamo Catalina majestad y no se cuidar bebés.

- Ya aprenderás; exclamó la reina. Todas tenemos que ayudar en este hormiguero porque pronto llegará el invierno.

- Catalina subió las tres escaleras que conducían a la guardería.

-¿Cómo voy a hacer? No se lo que tengo que hacer- pensó.

Al abrir la puerta de piedra, vió las antenitas de los bebés hormigas asomando por los barrotes de las cunitas. Como era la hora del desayuno, las hormiguitas se despertaron y empezaron a llorar.

- Buaaaaa.......buaaaaaa............buaaaaaaaa.- gritaban sin parar.

- ¿Qué les pasará?, ¿por qué gritan tanto?.

Catalina no entendía nada. Era por la mañana, acababan de despertarse y querían . . .

-¡Claro, su desayuno!. Tienen hambre, ¿qué les voy a dar?- se preguntó entonces Catalina.

De pronto llamaron a la puerta.

-Toc, toc es la hora del desayuno, traigo los cereales .

Era la hormiga Felipe que se encargaba de repartir la comida. Cuando Catalina puso los cereales en la mesa, los bebés comenzaron a llorar de nuevo porque no sabían comer.

- Calma, calma, yo les ayudaré. Primero pondremos la mesa- dijo Catalina a las hormiguitas.

- ¡Clis, clas, pum!. ¿Qué ha sido eso?.

Una de las hormiguitas había cogido todos los platos de una vez y con tanto peso se le cayeron al suelo y se rompieron en mil pedazos. Entonces Catalina comprendió que iba a tener que explicarles todo con mucha paciencia.

- Tendrás que llevar los platos uno a uno- le explicó Catalina moviendo sus antenas.

Una vez más golpearon la puerta.

- Toc, toc, es la hora de vestirse, traigo la ropa.

Era la hormiga María que se encargaba de lavar y planchar la ropa.

- Es la hora de vestirse, tomad vuestra ropa- dijo Catalina .

Mientras se fijaba en los bebés vio que todos habían intentado vestirse pero aquello era un desastre. La hormiga de los zapatos rojos movió sus antenas para enseñar a los bebés a vestirse.

-¡Ja, ja, ja, ja, ja!- Catalina y las hormiguitas se miraron y comenzaron a reírse, porque aquello empezaba a ser muy divertido.

A la hora de acostarse Catalina rozó sus antenas con las de las hormiguitas bebés para darles las buenas noches y enseguida se quedaron dormidas.

-¡Uf, qué cansada estoy!- exclamó Catalina.

Nuestra amiga se desvistió, se desató los cordones de sus hermosos zapatos rojos, se metió en la cama y se quedó dormida.

Al día siguiente las hormiguitas no lloraron tanto y día tras día fueron aprendiendo a mover las antenitas cuando querían algo. Pasado el tiempo la reina vino a visitar a Catalina y vio como las hormiguitas estaban poniendo la mesa todas contentas, mientras otras se vestían y ninguna lloraba sino que movían sus antenas cuando querían hablar.

- Has hecho un buen trabajo Catalina, les has enseñados muchas cosas a estas hormigas. Creo que ha llegado el momento de que yo descanse y tú ocupes mi lugar.

Entonces la reina puso a Catalina su corona.

- No olvides que es muy importante intentar hacer las cosas, ya ves que lo has conseguido. Si alguna vez me necesitas aquí estaré- dijo la reina rozando sus antenas con las de Catalina.

Catalina se dio la vuelta y tocó con sus antenas la nariz de la niña y le dijo:

-¿Ves?. Pensé que era difícil y al final lo he conseguido. Creo que tú también puedes hacerlo.

Magdalena se sentó en la escalera mirando sus zapatos. Cuando entró en casa los cordones de sus zapatos estaban atados.

- ¡Enhorabuena, lo has conseguido!- dijo su papá sonriendo.

Desde ese día Catalina aprendió muchas más cosas y ya no tuvo miedo de que al principio no le salieran bien.

INTRODUCCION.-

Este cuento va dirigido a niños de cuatro a seis años. La protagonista se encuentra ante un problema común a niños de esta edad: saber o aprender a realizar determinadas destrezas. El aprendizaje de algo nuevo siempre trae consigo unos factores a tener en cuenta, como son la seguridad personal que a esta edad todavía no está afianzada, los grados de habilidades motrices del niño/-a y la motivación que da lugar a la iniciativa a la hora de desempeñar nuevas tareas.

El cuento trata de una situación cotidiana en la que un padre acompaña a su hija de compras y posteriormente se presentan los roles familiares en el hogar. La intención es tratar temas del entorno del niño para hacer el relato interesante y principalmente significativo.

Magdalena, la protagonista, es una niña de la misma edad a quien va dirigido. Esta niña comparte con los lectores las mismas preocupaciones y miedos a la hora de aprender algo nuevo, por eso a los lectores no les resultará difícil comprender el mensaje del relato.

La aparición en el cuento de personajes animados hace que el niño sea capaz de superar una dificultad de su mundo real por medio de la fantasía.

Nuevamente aparecen en esta parte anécdotas y experiencias de la vida cotidiana con las que resulta fácil identificarse.

El final del cuento hace posible conectar el mundo real del niño con el de la imaginación de manera que el niño pierde ese miedo a realizar una tarea nueva ayudado por su personaje de fantasía.

La intención pues ha sido ésta, que el niño/-a aprenda a ser autónomo siendo capaz de tomar la iniciativa en cualquier experiencia nueva. Este cuento pretende partir del entorno y de las experiencias cotidianas del niño/-a, para conseguir mantener el interés en todo momento. La motivación aparece ligada a la afectividad como paso imprescindible para llegar al aprendizaje.

Mercedes García Vázquez

¿Dónde están todos?

Les voy a contar la historia de Fito, un oso grande y fuerte que vivía en una cueva en el bosque y a quien no le gustaba tener amigos. Todos los días por la mañana salía en busca de comida y a dar un paseo por el enorme bosque, pero caminaba siempre solo; las ardillas juguetonas lo veían pasar y gritaban

¿Fito, quieres venir a jugar con nosotras?

Pero Fito no hacía caso y seguía caminado. Después se encontraba al lobo quien le decía:

¡Fito!, ¡oso Fito! Ven, ayúdame a cazar, vamos ayúdame y te invito a comer.

Pero nuevamente no hacía caso y continuaba su camino. Más adelante estaba en su gran árbol el señor búho y también lo invitaba a platicar, pero Fito no se molestaba siquiera en voltear a verlo. Y así sucedía con todos los animales que se encontraba a su paso.

Cierto día, Fito se despertó y decidió ir a buscar comida, pero cuando salió de su cueva se llevó una gran sorpresa al ver que los animales del bosque habían desaparecido,

¿Pero qué ha sucedido? - se preguntó Fito –, ¿Dónde están todos? ¿Y el señor búho, el lobo y las pequeñas ardillas, a dónde se han ido?

Y empezó a caminar en busca de algo o alguien que pudiera explicarle lo que sucedía, así que camino y camino sin encontrar una pista que le ayudara a entender. Ya cansado de caminar decidió descansar bajo la sombra de un árbol; de pronto se quedó dormido. Más tarde escuchó unos extraños ruidos que lo despertaron, eran como piedras que caían. También escuchó algunas voces a lo lejos:

¡Hay! me he golpeado

A mí me duele todo

Yo caí sentada

¡Caíste sobre mí!

Fito fue corriendo hasta el lugar de donde salían las voces y al llegar se encontró unas pequeñas criaturas de diferentes colores y muy graciosas, eran redondas como pelotas, además tenían nombres raros. La bolita verde se llamaba Verdad y se encargaba de decir siempre la verdad, la amarilla Sonrisa y nunca estaba enojada, la azul tenía por nombre Amistad y le gusta tener amigos y jugar con ellos; la bolita naranja se llamaba Alegría, quien siempre estaba bailando, saltando y corriendo.

¿Quiénes son ustedes?- pregunto Fito

Somos las Bolitas Juguetonas y venimos del planeta de la Felicidad – contestaron todas al mismo tiempo

¿El planeta de la Felicidad?, ¿dónde está ese lugar?

Lejos, muy lejos de aquí – contestó Amistad

Sí, cerca del cielo – agrego Sonrisa

¿Y qué hacen aquí? ¿A qué han venido? – cuestionó Fito con gran curiosidad

Venimos a buscar a un oso. Es: grande y fuerte, tiene dos orejas, dos ojos, cuatro patas y mucho pelo, pero que vive en una cueva muy solo y sabemos que no le gusta tener amigos. Se llama Fito – dijo Alegría

¡Fito!, yo me llamo Fito y soy un oso.

¿Tú te llamas Fito? – exclamaron todas las Bolitas a una sola voz

Sí, pero, yo no las conozco, además no viven en el bosque y no quiero hablar con ustedes.

Fito, venimos a jugar contigo – agregó Amistad

Yo no quiero jugar – dijo Fito- además tengo hambre y sed. Adiós

Y así, Fito decidió irse y dejar a Sonrisa, Verdad, Amistad y Alegría. Se fue en busca de agua y comida, pero al ir caminando se dio cuenta nuevamente que estaba solo en el enorme bosque y los animales habían desaparecido, así que se puso triste.

Estaba cerca del lago tomando agua cuando escucho una voz, era Verdad:

Fito, Fito, te invitamos a jugar, ¿aceptas?

Otra vez tú, te he dicho que no quiero jugar, vete de aquí –agregó Fito

Sólo un momento, por favor, te vas a divertir mucho y además vamos a llegar a ser amigos – dijo Alegría

Anda oso necio, vamos a jugar – repuso Sonrisa

Nos divertiremos mucho y vas a aprender muchas cosas nuevas – agregó Amistad

No quiero aprender nada ni tener amigos – contestó el Oso

Y así transcurrió un rato tratando de convencer a Fito para jugar y ser amigos, hasta que lograron convencerlo: jugaron, brincaron, saltaron, treparon por los árboles, bailaron y pudieron divertirse mucho; Fito no se cansaba de sonreír, estaba contento y muy feliz; pero de pronto, el oso Fito empezó a correr y cayó en un pozo muy hondo y oscuro, se asustó mucho y gritó:

¡Auxilio! Que alguien me ayude, por favor ayúdenme.

Las Bolitas también se asustaron y trataron de ayudarlo, pero eran demasiado pequeñas y Fito era un oso muy grande y pesado, así que no podían sacarlo. Fito, cada vez estaba más asustado. Sonrisa desde afuera trataba de animarlo, diciéndole:

Oso Fito: no te asustes, te vamos a ayudar para que salgas. Tienes que ser valiente.

Y Fito, trataba de no asustarse, pero no lo lograba, así que empezó a llorar y a imaginarse que nadie lo ayudaría porque cuando él vivía en su cueva no hablaba con los animales, ni tenía amigos.

- Si al menos hubiera platicado con el señor búho, si hubiera jugado con las ardillas o ayudado a cazar al lobo, ellos serían mis amigos y en este momento que los necesito me auxiliarían – Todo esto pensaba Fito, mientras transcurría el tiempo dentro del pozo.

Entre tanto, Verdad, Amistad, Sonrisa y Alegría buscaban la manera de sacar a Fito, pero después de un tiempo se dieron cuenta de que por más esfuerzos que hacían no podían sacarlo. De pronto a Amistad se le ocurrió algo:

Llamemos a los animales del bosque, para que nos ayuden a sacar a Fito, porque si todos unimos nuestras fuerzas será más fácil y rápido sacarlo.

Si, tienes razón – repuso Alegría

Así lo hicieron. En un momento, llegaron las ardillas, el señor búho, el lobo, el castor, el mapache... todos fueron en auxilio del oso y cooperando todos juntos lo pudieron sacar del pozo.

Cuando Fito estuvo por fin fuera se sintió feliz y muy contento. Pero se sorprendió bastante al ver a todos los animales del bosque:

Pero, ¿no se habían ido ustedes del bosque, no estaban desaparecidos? cuestionó muy impresionado el gran oso

¡No! – Dijeron todos los animales

Entonces, ¿qué sucedió? – preguntó Fito

Yo te explicaré, -dijo Alegría- Mira, lo que sucedió fue que tú no podías ver a las ardillas, al lobo, al búho y a todos los animales porque no querías ser su amigo y cuando ellos te hablaban no les hacías caso

Además, siempre estabas enojado – repuso Sonrisa

Sí, todo fue porque tu no deseabas tener amigos, así que nosotras las Bolitas de Juguetonas decidimos darte una gran lección y usamos nuestra magia para que no pudieras ver a los animales con quienes vives en el bosque. – agregó Verdad

Ya aprendí que no podemos estar solos, necesitamos de amigos, sobre todo cuando vivimos juntos; no es bueno ignorarlos y no hacerles caso. Además, estoy contento, porque me di cuenta que a pesar de que yo era un oso grosero, todos me vinieron a ayudar cuando lo necesité. – dijo Fito

Claro, si todos vivimos juntos, no podemos olvidar que somos amigos. – dijo el sabio señor búho.

De esta manera, Fito, había aprendido la más bella lección de amor y se dio cuenta que lo querían mucho y ya no se sentiría solo.

Después de jugar un rato todos los animales, Fito y las Bolitas Juguetonas, Verdad dijo: - es hora de irnos, ya cumplimos nuestra misión y no podemos quedarnos más tiempo.

Sí, tienes razón – agregó Amistad

No queremos irnos, pero debemos regresar al planeta de la Felicidad – dijo Sonrisa

Sí, porque seguramente tendremos que cumplir alguna otra misión –comentó Alegría - y no olviden que todos podemos ser amigos y aprender a convivir.

¡No lo olvidaremos! - Dijeron los animales a una sola voz

¡Qué lástima que se tengan que ir! – dijo Fito – pero me han dejado algo muy grande, muchos pero muchos amigos.

Así, las Bolitas Juguetonas ya contentas de haber cumplido con éxito su misión se tomaron de las manos, voltearon al cielo, solo se veía la luna y muchas estrellas, dieron un gran salto y se perdieron entre ellas.

Adiós – gritaron las ardillas

Hasta pronto – dijo el lobo

Adiós, adiós – grito el oso

Mientras todos se despedían con entusiasmo y gran alegría; del cielo se oyó un grito:

-Pronto nos volveremos a ver. –gritaron las Bolitas Juguetonas

Y regresaron al planeta de la Felicidad, desde donde observan qué pueden hacer por los demás para que vivan felices.

Erika García Rosales

Las hormigas también sueñan

Esta hormiguita iba en la fila con el resto del hormigueo; muy acompañada, querida por toda su gran familia,o al menos por todos aquellos que a ella le importan de verdad. Aunque ella , quería ser de esas que van haciendo camino al andar , porque mucho no le gustaba andar caminando por donde otras lo hacen; no por querer ser original, eso es historia antigua ; ella quería dejar huella , pero , por el momento , como no sabía hacer otra cosa, iba , en la fila.

Su vida era una buena vida , una vida muy digna , "digna de una buena hormiga", trabajar y trabajar; sin mucho apremio , a esta altura de su vida , el esfuerzo también era historia antigua. Ahora hacía a su medida y en estos tiempos de desocupación ella tenía su plantita asegurada. Podría decirse que tenía un pequeño lugar en el jardín , ya que tenía cierta especialización en Pensamientos, su flor preferida , su gran debilidad. Parece ser que nuestra hormiga , mañiática de los Pensamientos , comenzó a empacharse o algo así.

Todo el tiempo le venían pensamientos a la cabeza, sueños, ideas, ideales. . . Quien sabe si nunca había intentado realizarlos. . . Eso la tenía nostálgica ,solitaria , con pocas ganas de andar contando sus pensamientos. Eso de andar contando todo por allí , también era historia antigua. Quizá por eso se sentía sola-mente acompañada, y si bien era un momento muy productivo , en ideas claro , su cabeza de hormiga casi que explotaba. ¡Cómo le dolía algunos días! ¡Le daba un sueño! Ese era el síntoma que mas disfrutaba ya que eran los unicos momentos en que su cabeza descanzaba . ¡ Bueno , descansaba, lo que se dice "descansaba" , a veces , porque era muy soñadora!

Un lunes no la pudieron despertar, al día siguiente seguía durmiendo , y al siguiente también . ¡Tuvieron que llamar al doctor! La revisó con mucho detenimiento, de arriba a bajo , de un lado y del otro , de adelante y de atras , y dijo: -¡Está soñando!-

Soñó durante varios días completos y al despertar comenzó a trabajar muy temprano trayendo todo tipo de materiales extraños. Dijo estar realizando una idea , algo maravillos, un sueño y que pronto todos podrían disfrutarlo. No sabemos muy bien de que trata porque es solo para hormigas.

Pero en el hormiguero de nuestra hormiga amiga , en horarios en que las hormigas solía descansar después de una larga jornada de trabajo de hormigas, comienza a formarse una fila de hormigas y hormiguitas que esperan para conocer la maravillosa creación, ¡ah! de esto hace ya un tiempo y de tantas hormigas que han pasado por allí ya se formó un camino y dicen que al salir , algunas ríen , otras , lloran , pero siempre quieren volver y lo hacen. . .

Adriana di Pietrantonio

Historia de la olla engreída

Por las noches cuando la cocinera los lavaba, guardaba y apagaba la luz, ellos empezaban una gran fiesta.

Todos bailaban, cantaban y reían. Al final todos se sentaban alrededor de Don Comal y de doña olla de hervir frijoles a escuchar sus cuentos y sobre todo les encantaba escuchar de cuando los dueños de la casa eran muy pobres y solo los tenían a ambos y a doña cuchara freidora. Ellos decían que la estufa era de leña y que ellos pasaban muy contentos pues la señora de la casa los cuidaba mucho y que les lavaba con mucho cariño quitándoles todo el hollín y negrura que les quedaba pegado.

Así vivían todos muy felices, pero un día todo esto cambió. La señora de la casa llegó con una preciosa olla nueva que le había costado mucho dinero. Era tan grande como la señora olla de frijoles pero era brillante de color plateado y las agarraderas y la tapadera eran doradas. Brillaba mucho y era pesada. La señora de la casa le dijo a la cocinera: Por favor quiero que me la cuides mucho pues me ha costado mucho dinero, por favor no la vayas a confundir con las demás pues ella es muy especial y bonita aparte de cara.

La olla nueva al escuchar esto se sintió como que si fuera una reina muy linda y cuando la cocinera se fue a dormir y apagó la luz todas las demás ollas quisieron platicar con ella y hacerse sus amigas, pero ella les dijo: Por favor ollas baratas y feas no me dirijan la palabra que yo soy especial y bella, no me interesa ser su amiga, ¿acaso no escucharon a la señora de la casa que dijo que yo era especial? Así que por favor déjenme en paz. Yo soy bella y nueva además de muy, muy costosa. Miren esa horrible olla vieja de cocer frijoles toda pelada y sin pintura ni brillo, ése horrible comal negro y tiznado de viejo y esas terribles ollas freidoras que han perdido todo su brillo, ni hablar de las cucharas de freír todas quemadas y llenas de restos de comida. Por favor déjenme en paz que yo no soy como ustedes.

Todas las ollas se sintieron muy dolidas ante aquellos insultos y ya no trataron de ser su amiga. Todos los días tenían que soportar los insultos de aquella nueva olla que se creía una reina y lo peor es que en realidad era muy linda.

Un día la señora de la casa llegó a la cocina y le dijo a la cocinera que quería cocinar una sopa muy rica y especial para el cumpleaños de su esposo y que usaría por primera vez la olla nueva. Así fue mientras le echaban la carne y las verduras la olla nueva les sacaba la lengua a todas las demás pues se sentía muy importante. Cuando la pusieron al fuego la olla nueva empezó a sentir dolor de panza, la tapadera empezó a brincar y la sopa a derramarse, la verdura se pegó al fondo y la olla empezó a gritar de miedo.

Al sentir el olor a comida quemada la señora de la casa fue a ver y se enojó mucho al ver el desastre y lo mal que le había quedado la sopa y dijo: Oh, ¡NO! Esta era una comida muy especial porque era una sorpresa por el cumpleaños de mi esposo. Los invitados ya van a llegar y esta terrible olla que no me ha servido para nada. Tan cara que la compré y no sirve, todo el brillo lo ha perdido y toda la comida se pega dándole un mal sabor. ¿Y ahora qué voy a hacer? Y se puso a llorar. Pero pronto vio a la vieja olla de cocer frijoles y dijo: Pero que tonta he sido y tengo a mi querida olla vieja pero buena, en ella la comida siempre me ha quedado muy rica. Voy a hacer nuevamente la sopa en ella y le dijo a la cocinera: Por favor apúrese que ya van a llegar los invitados. Hicieron la sopa en la olla vieja, frieron los bocadillos en las freidoras y calentaron ricas tortillitas en el viejo comal. Toda la comida quedó riquísima y la terminaron a tiempo.

Cuando los invitados probaron la sopa dijeron que era la más rica que habían probado.

La fiesta terminó y cuando lavaron las ollas, la señora de la casa dijo: Creo que hice mal en cambiar estas ollas que eran viejas y nos han acompañado desde que éramos muy pobres por ésta olla nueva que no ha servido, la voy a botar. Todas las ollas viejas estaban muy asustadas pues ellas no eran malas y les daba pesar que botaran a la basura a la olla engreída. Entonces Don Comal y olla de hervir frijoles ayudados de Doña cuchara la sacaron de la basura. La olla lloraba y les pedía perdón. Había perdido su brillo pero aún tenía las agarraderas doradas y bonitas. Le echaron tierra y sembraron semillas de girasol que es una flor amarilla muy linda. Pronto nacieron lindos girasoles dentro de la olla nueva en el jardín. Y un día la señora de la casa dijo: Qué bueno que la cocinera sacó de la basura la olla, no sirvió para cocinar pero se ve muy bella como maceta de flores. La olla lloró de alegría y les agradeció a todas las ollas viejas su amistad y todas las noches escuchaba a través de la ventana de la cocina que daba al jardín las bellas canciones y cuentos que contaban Don Comal y sus amigas las ollas viejas. Y aprendió que la amistad y la humildad son cosas más hermosas y bellas que el brillo del metal de una olla engreída. Y vivió así muchos años en esa linda casa donde fue muy feliz para siempre porque encontró la verdadera amistad.

Y colorín colorado, éste cuento se ha acabado………………….

Clarissa Delgado de Chinchilla