El sueño de Juanita

Juanita, con apenas cuatro años de edad, era una niña muy precoz, madura para la edad y con una inquietud manifiesta hacia el comportamiento de sus amiguitos de juego, tanto de la casa como de su escuela, pues ella soñaba mucho.

Una noche de invierno, un lunes, su mamá la notó muy extraña porque apenas quiso cenar, pidió le echara la bendición y se quedó dormida de inmediato. Lo inusual de esta conducta motivó a la mamá a vigilar su sueño, que realmente se manifestó muy agitado, casi no podía estar quieta en la cama, con muchos sobresaltos y movimientos de su cuerpo, como si estuviera en un lugar muy grande.

A la mañana siguiente, se despertó muy temprano, se dirigió al comedor y después de tomar el desayuno, Juanita empezó a conversar con su mamá como todos los días. La mamá le preguntó: - ¿Cómo has dormido, hija? - ¡Ay mamá! ¡Soñé con mis amiguitos y amiguitas del colegio! respondió Juanita. - ¡Anda, cuéntame! ¿Qué pasó con ellos? - preguntó su mamá - Mira, mami, ¡No querían jugar conmigo, ni dibujar y tampoco decían lo que querían hacer! ¡Siempre se esconden y se van cuando los busco!

Fue tanta la expresión de su rostro, agitado, ansioso y sus ojos brillaban como estrellitas luminosas, que hicieron que su mamá le pidiera a los amiguitos y amiguitas de Juanita que hablaran con ella para tranquilizarla.

La mamá de Juanita invitó a los niños a la casa para una merienda, los llamó y les dijo: - ¡Niñas y niños! Quiero pedirles que acepten a Juanita en su grupo como si fuera una niña grande, manifestó la mamá. Es pequeña, pero sabe como integrarse al grupo. Los niños recibieron la noticia con mucha alegría dando así motivo para el segundo sueño de Juanita, el cual era que su mamá jugara un día con ellos en el grupo.

Una tarde hicieron un programa con muchas actividades para la semana, que consistía en que cada uno de los niños y niñas iba a exponer lo que hacía desde que se levantaba en la mañana hasta que se iba a la cama por la noche. Una parte del grupo iba a hacer comentarios de lo que más les agradó, cuán interesante era y lo bueno que sería incorporar más niños y niñas. Por otra parte, la mamá de Juanita aclararía y orientaría lo que no quedara claro de los relatos de cada uno de los niños y niñas y sus experiencias.

Pasado mucho tiempo, Juanita seguía soñando y cuando ya contaba con seis añitos su gran deseo era ser grande para convertirse en una profesora como la que estaba en su colegio. Cada vez que Juanita deseaba realizar algo nuevo, lo soñaba cuando se dormía.

Un día, Juanita dijo: - ¡Hoy tengo que hablar con mis amiguitos! - Se reunió con ellos y les dijo: - ¡Vamos a sembrar matas para que veamos como crecen! ¡Como mis sueños y como nosotros! - ¿Qué vamos a sembrar, Juanita? -preguntaron todos al mismo tiempo. - Bueno, muchas matas que nos den frutos y también sombra, muchachos. Miren, aquí hay unas semillas de mango. Las sembraremos en el patio de mi casa, dijo Juanita.

Así, todas las tardes iban a regar con mucho entusiasmo las semillas y hablaban con ellas como les recomendó la mamá de Juanita. Hasta que un buen día, ¡qué alegría! ¡qué emoción sintió Juanita! Cuando fue a regar las matas, como de costumbre, vio que la tierra se estaba cuarteando y abriendo y que una cabecita verde pujaba por salir en busca de los rayos de sol.

Al día siguiente fue a avisar a sus amiguitos y amiguitas sobre lo que estaba sucediendo con las semillas. Cuando los niños llegaron a la casa, Juanita los llevó hasta el patio donde estaban las maticas y gritó: - ¡Miren! ¡ocurrió un milagro! Es una vida que comienza, dijo Juanita, ¡nació una mata!

Lo dijo con mucha satisfacción y orgullo y luego se puso a imaginar cuantos años necesitarían para que su mamá, sus amiguitos y amiguitas pudieran disfrutar de unos suculentos mangos, manjar exquisito y típico de esta tierra Guayanesa.

Por las tardes continuaba regando y atendiendo con amor la matica de mango y le hablaba, diciéndole: "Debes crecer y dar hermosos frutos". La mata siguió creciendo y un día Juanita y su mamá no salían de su asombro cuando vieron la cantidad de mangos que comenzó a dar la mata que con tanto cariño había sembrado, junto a su mamá y sus amiguitos y amiguitas.

Una noche, cuando Juanita dormía, soñó que caminaba por las calles de la ciudad y a ratos miraba hacía atrás por si alguien le seguía, tenía miedo de todo, encontrarse con un policía, un conocido, un ladrón, se sentía mal, tenía hambre y frío y a medida que caminaba no encontraba a su mamá a quien buscaba afanosamente por las calles donde andaba.

Para saciar el hambre, llegó a un restaurante y se ofreció para lavar platos a cambio de comida pero como vieron que estaba sucia y harapienta se imaginaron que era una niña ladrona y le dijeron de mala manera: - ¡No necesitamos a nadie! ¡váyase! - ¡Debes irte antes de que llamemos a la policía! Juanita comenzó a gritar y su mamá la oyó llorar y se acercó hasta su cuarto, se puso muy cerca de la cama y pasó la mano por la frente de Juanita, diciendo con cariño: - ¿Qué pasa mi niña? ¿Qué tienes? Aquí está tu mamá. Juanita que estaba tan ansiosa en el sueño se despierta y dice: - Nada... nada... mamá, estaba soñando pero, ya pasó. - Pero dime hija, cuéntame, estabas soñando. Juanita empezó a contarle a su mamá como iba por una calle, hambrienta, sucia y harapienta y tiritando de frío, preguntándose porque Papá Dios permitía eso, porque no hacia nada para ayudarla.

Juanita dejó allí la conversación con su mamá y se volvió a la cama. Cuando se quedó dormida, comenzó nuevamente a soñar con la misma niña sucia y harapienta pero lo que menos esperaba aquella noche era que en el sueño Dios le respondiera: - Ciertamente, he hecho algo, Juanita. Te he hecho a ti para que ayudes a otros. Juanita despertó asustada, nuevamente comenzó a gritar llamando a su mamá. Su mamá acudió presurosa y se sentó a su lado, intentando clamarla y a decirle que lo que había sucedido era solo un sueño. - Nosotros necesitamos formar personas que no sólo se conmuevan ante la realidad que vivimos, es decir, que no sólo se preocupen por la injusticia y la miseria, sino que puedan buscar soluciones a muchos problemas, dijo Juanita.

Así entendió juanita todos sus sueños anteriores, a pesar de la corta edad que tenía y pudo explicarle a sus amiguitos y amiguitas lo que pasaba.

Al cabo de mucho tiempo, Juanita comenzó a estudiar lo que tanto había soñado y deseado que era ser una gran Maestra y poder enseñar todo lo que había aprendido durante sus sueños, pues tenía la visión de un futuro muy grande, al lado de sus seres queridos.

Maritza de Gómez

Serafín, una aventura sin fín

En uno de los barrios más porteños de Buenos Aires, vivía Serafín, vivía en San Telmo. Sí ahí mismo, cerquita de la plaza, en donde todos los domingos se baila el tango, ¡claro, esa misma ¡! Donde van muchos chicos a andar en bicicleta, comer pochoclos o andar en monopatín.

¿Querés saber cómo era serafín?,era tan, pero tan alto que a veces a sus amigos le parecia que tocaba el cielo con sus manos y era tan flaco que podía pasar, sin lastimarse, entre dos rejas.

Todas las mañanas colgaba su mochila al hombro, se ponía el gorro rojo de lana, tejido por la tia Felisa, y silvando bajito sé iva a su escuela, de la mano de su abuela. Los vecinos lo saludaban al pasar:

-chau Serafín saludos a tu mamá

-hola Serafín, ¿ cómo anda tu papá?.

Y así entre holas y chauses llegaba tempranito y feliz a clase.

¡ah! ¡ me olvidaba de contarte! Serafín no veia, era ciego, no podía ver ni los árboles, ni el sol, ni la cara de sus amigos. . . Ni una manzana, pero igual los conocía, pues "los tocaba", "los olia", "los escuchaba", sus manos eran cómo mágicas, al tocar la cara de su mamá, el se daba cuenta, si ella estaba contenta o triste, cuando sentia con su naríz la fragancia de los jazmines, mezclado con olor a tortas recién horneadas, sabía que estaba frente a la casa de sus abuelos, podía caminar sin tropezarse por cada calle de su barrio, cuando escuchaba a su perro ladrar salia a la puerta de la casa a recibir a quién lo visitaba.

Sus amigos lo querían mucho y siempre lo ayudaban, en las cosas que por no ver, le resultaba difícil hacer, cómo por ejemplo, jugar a las escondidas. Siempre se escondía con alguno de ellos. Él estaba feliz de tener esos amigos, pero apenado porque nunca los había podido ayudar

Todas las noches antes de dormirse pensaba"cómo me gustaría que algun día Pedro, Inés o Julián me necesitaran y yo poder ser quién los ayude, pero me parece que esto no va a suceder". . . Y así se dormía aflijido por no poder cumplir este deseo.

Un día cuando llegó a la escuela, la maestra le dió una gran noticia

-¡el viernes próximo se hará el campamento!!!!

¡No podía sentir tanta dicha era su primer campamento!, cómo estaba en preescolar y ya habían cumplido los cinco, estaban grandes para dormir en una carpa, sin la compañía de sus papás, cuántas aventuras vivirían, sólo faltaban siete días

...Y llegó el viernes. . .

Estaban todos y todo, sus compañeritos, la señorita Clara, las cuatro carpas, la fogata, la guitarra, las bolsas de dormir. . . Y las nubes. . . Sí, desde la tardecita, se asomaban "amenazantes".

La tía Felisa que sabía mucho de nubes y cielos le había dicho:

-llevá botas de lluvia, porque se viene la tormenta.

Y la mamá se las había puesto dentro de su bolso.

Comenzó a oscurecer, el profesor de música cantaba la canción que más lo divertía, |su amigo Julián percutía unos toc-toc a su lado, cuando Pedro se le acercó al oido y le dijo en secreto:

-con Inés y Julián queremos ir al patio de los nenes más grandes. ¿querés venir?

-¿solos?

-sí, solitos los cuatro.

-pero, si la maestra nos descubre se va a enojar.

-esta entretenida, ¡dale vamos!

-está bien ¡vamos!

Así con pasos silenciosos y apurados salieron del patio de los niños más pequeños, pasaron por un pasillo con muchas luces, caminaron por la sala de computación, bajaron por las escaleras de mármol, atravesaron el jardín de las rosas y. . . Por fin llegaron al patio de los más grandes.

-¡oh! ¡qué enorme es este patio! Se oia decir a Julián

-¡corramos! ¡ujiu!!! ¡qué divertido! ¡. Inés, vení hasta el bebedero, mirá cuanta agua sale!

Inés llevando a Serafín tomado de su mano riéndose y corriendo, llegó hasta el glorioso bebedero, en donde los esperaba Pedro, para mojar sus manitos en el agua fría.

Los cuatro se abrazaban, corrían, saltaban, sus carcajadas se oian hasta la cocina del colegio.

De repente todo se oscureció.

-¡hay, tengo miedo!!-gritó Inés

-¿por qué? -dijo Serafín( que cómo no veia no se daba cuenta de lo que había pasado.

-no hay luz y no vemos nada.

-ni siquiera nos alumbra la luna porque está nublado-no terminó de decir eso Pedro, cuando un ruido estremecedor se escuchó casi dentro del patio.

-¡auxilio!!!!

-¡ayuda!!!!

-¡socorro!!!!

-eso fue un trueno-dijo tranquilo Serafín, no tengan miedo.

-pero es que no vemos nada y. . . Y. . . Comenzó a llover

-¡mamá!!!!!buaaaa!- Lloraba Inés

-volvamos a donde están la maestra y nuestros amiguitos.

Adelante caminaba Serafín, que los guiaba, pues él no necesitaba la luz para caminar sin tropezarse, estaba acostumbrado, abrazada a él, Inés temblorosa y asustada, de su mano, Pedro que se reía de los nervios y por último Julián que sólo decía

-mamá quiero, a mi mamá.

-aquí está el patio de las rosas, me doy cuenta por el aroma, cuidado con lastimarse con las espinas.

-¡hay! Yo me raspé –gritó Julian-¡mi mamá quiero a mi mamá!

-caminen por el borde tocando la pared

En ese instante Pedro que se había soltado de la mano de Inés -exclamó- me golpee el pie, aquí hay algo.

-¡cuidado, es la escalera!!

-¿cómo sabés, Serafín?

-por el frío del lugar, yo siempre que subo esta escalera siento el frío del mármol. Deben subir con cuidado tocando con la punta del pie el siguiente escalon.

Cuando sintieron el último escalon, respiraron aliviados.

-ahora pasaremos por la sala de computación, las puntas de las mesas pueden dañarlos, estiren sus brazos para que sean sus manitos las que toquen con cuidado los escritorios de las computadoras.

Los tres amiguitos en hilera seguían a Serafín que los guiaba orgulloso.

Y por ultimo. . .

-patapluf!!!-Julián estaba caido en el piso porque se llevo por delante lapuerta que los llevaba al gran pasillo.

-¡hay mamita, socorro!!

-no seas espamentoso –le contestó Inés arrastrándolo de la campera.-vamos Julian, parate y seguí.

-aquí esta el gran pasillo, abran sus brazos y toquen las dos paredes de los costados, caminen seguros y sin temor-les aconsejó Serafín.

Cuando llegaron al final escucharon la voz de su maestra y sus compañeros cantando:

"no tenemos mie... E... Do, no tenemos mie... E... Do ".

Despacito se acercaron al fogón y sentándose al lado de sus amiguitos, cantaron fuerte, fuerte la canción.

La señorita Clara los vio y les preguntó

-¿adónde estaban?

-fuimos al baño

-deben pedir permiso, para ir al baño, ¡que no vuelva a pasar!

-sí seño, así será.

Los cuatro sonrieron dichosos por la aventura que habían vivido, pero Serafín era el más afortunado, pues había podido, por fin ayudar a sus amigos.

Nunca olvidaría su primer campamento.

Patricia de Iglesias Torres

Don Pío, el carbonero

Hace muchos, muchos años, vivía una familia de carboneros comunes; ya sabéis esos pajaritos pequeños de color amarillo y pardo, que se alimentan de semillas y viven en grandes colonias. Habitaban en las lejanas tierras del norte, en lo más recóndito de un milenario bosque de castaños. Todos los pobladores del bosque los apreciaban pues eran afectuosos y amistosos con sus vecinos.

Don Pío era el nombre del padre y a la madre todos la conocían como Doña Pía. Sus tres hijos eran felices y juguetones. Les gustaba desplazarse por las ramitas cercanas a su nido donde se escondían veloces cuando algún peligro acechaba. Todavía faltaba algún tiempo para que se echaran a volar, así que trasteaban sin descanso: tomaban el musgo que crecía en la corteza del árbol y eventualmente lo introducían en su nido para, decían ellos, acolchar su algo desvencijada camita. Pero lo que más llamaba la atención de otros carboneros, jilguerillos y verdecillos era que picotearan aquí y allá, tratando , incluso, de engullir a las larvas de los insectos que plácidamente vivían en las oquedades del tronco del viejo castaño. Además, llegaban a quitarse plumón que dejaban por doquier o cambiaban de sitio las ramitas del nido y las dejaban no importaba donde. Su madre, Doña Pía, enfurecida por semejante comportamiento, les reprendía una y otra vez y Don Pío, nervioso por aquella situación, acababa tomándola con su esposa, le gritaba y finalmente le retiraba sus gorjeos durante algún tiempo.

Las cosas no mejoraban y el cabeza de familia apesadumbrado e incapaz de solventar el problema se entristecía hasta tal punto que ya no parecía el de siempre. Don Camachuelo y Doña Camachuela que acudían a visitar frecuentemente a Don Pío decidieron hablarle: -Pío, ¿cómo es que estás ahí, tan atribulado con las tareas que has de realizar? - Preguntó el señor Camachuelo. -Ah, ya. Ya lo sé, pero, no tengo ganas de hacer nada. Es que…-. -No, no hace falta que nos cuentes nada. Lo sabemos todo. No hace falta ser un búho para darse cuenta- replicó doña Camachuela- Si necesitas ayuda, has de acudir a Martín, la abubilla. Dicen que es el más sabio del bosque. El te ayudará-.

Y así fue. Un día, antes de que su esposa y sus hijos se levantaran, se adentró aún más en el bosque y llegó a la región de los abedules. Allí, en lo más alto del más bello árbol, encontró a la abubilla, la del color de la caléndula. Don Pío, alicaído, contó con plumas y señales lo que ocurría en su familia, mientras compungido perdía su mirada en el suelo tapizado de helechos. Contó también que deseaba ser un magnífico esposo y padre de familia y que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para lograrlo. -No has de preocuparte. Toma una de mis plumas, la más negra de todas, y hazla pender de tu cuello - musitó la abubilla. -Pero, ¿cómo podría yo…?-. -Calla y haz lo que te digo.-afirmó imperativa -Vete después al aguadero de Punta Roma, allí donde nace el sol-. -Pero…nadie puede ir allí, es un lugar prohibido-. -Déjame terminar - continuó Martín - Nada te ocurrirá si haces lo que te digo. Desde mañana y durante veintiséis días seguidos beberás el agua que por aquel arroyo discurre. Y poco a poco, día a día, irás viendo y sintiendo cómo las cosas empiezan a cambiar con tu ayuda.

Así es como Don Pío, el carbonero acudía presto a beber el agua de aquel manantial, ataviado con la pluma del sabio Martín, el del color de la caléndula. De esa forma, don Pío fue aguzando milagrosamente su vista hasta donde él nunca hubiera imaginado. Y así fue como don Pío comenzó a mirar a su alrededor con otros ojos, los de la sabiduría. Y así acertó a ver el comportamiento de las parejas de jilgueros, distinto al de los pardillos, y el de estos distinto al de los escribanos y el de los pechiazules. Y así, acertó a ver también como los otros padres carboneros guían a sus hijos para que coman sólo semillas y no larvas y para que los pequeños observen cómo se comporta un buen padre carbonero y sí el bosque pueda seguir siendo bosque y la ensenada, ensenada y el risco, risco. Cuánto más observaba, más seguro se sentía de si mismo y más firme y comprensivo se mostraba con sus pequeños y con su esposa.

Un día, mientras paseaba por la ribera de un riachuelo, se sorprendió de ver frente a él al más llamativo y sonriente carbonero, al de pico más reluciente y poderoso que había visto jamás. Cuando se dio la vuelta para saludarle quedó perplejo al no ver a nadie pero más se extrañó aún cuando agachándose para refrescarse apareció nuevamente frente a él aquella figura. Sólo entonces comprendió que aquel a quien veía no era sino el mismo, reflejado en esas cristalinas aguas: la figura del gran carbonero que siempre había sido y que durante tanto tiempo había olvidado. Esta es, pues, la historia del carbonero don Pío, cuyo recto proceder y empeño constante le hizo conservar hasta nuestros días el valioso regalo que Martín, la abubilla, la del color de la caléndula, le hizo. Y si dudáis de lo que os digo, observad cuando podáis la negra corbata que pende todavía hoy de su pecho.

José Ignacio Dufur Aróstegui

Piolín busca amigos

Había una vez un conejito llamado Piolín que vivía en una linda cuevita al pie de un árbol viejo del bosque.

Una tarde, cuando volvía saltando entre las flores de alelí después de dar un largo paseo, se acostó sobre las hierbas frescas a descansar. Dejó la bolsa que traía y rascándose la nariz se puso a pensar con cuántas cosas contaba para ser feliz: con ese bosque hermoso, fresco y florido; con el dulce canto de los pájaros; y, en su saco de arpillera ... ¡con un sabroso maní!

Pero, muy a su pesar, un montón de ganas y un poquitín de aburrimiento: ¡ y es que no tenía ningún amigo para jugar!

Cuando ya sus ojos comenzaban a ponerse más rojos que lo normal, y sus blancos dientes se perdían tras un gesto triste de sus labios, vio asomarse detrás del árbol de la izquierda, un hociquito con largos y gruesos bigotes: ¡era un hermoso gatito!

Se acercó al escondite y le dijo, moviendo la nariz con alegría ante la posibilidad de conocer a un amigo: "¡Hola gatito! . . . Ven conmigo. No te quedes allí".

El gato se animó y salió. Piolín, al verlo, abrió sus ojos cada vez más grandes, maravillado ante la vestimenta tan elegante que lucía. Sombrero de copa, amplia capa sobre los hombros, con mucho brillo la ropa, un flamante talego y unos zapatones charolados que le llegaban hasta las rodillas.

Mientras le sonreía, le preguntó: "¿Cómo te llamas?"

El gatito, mirándose a sí mismo y con un gesto amplio de los brazos le contestó entre molesto y asombrado: "¿No te das cuenta?" Piolín buscó y rebuscó en su memoria y . . . ¡Zas! Se acordó: ¡era el Gato con Botas!

-¡Oh! Perdón por mi olvido. Estoy seguro, segurísimo: eres el Gato con Botas.

-¡Miau! Me alegra que me reconozcas. -dijo el gato con un maullido de satisfacción. - Y tu nombre, ¿cuál es?

-Piolín. -dijo el conejito haciendo una gran reverencia para demostrarle cuán educado era. E inmediatamente agregó sin poder ocultar su impaciencia: "¿Vamos a jugar?"

El recién llegado, dejando de lado sus compuestos modales de gato de cuento, aceptó gustosamente: "¡Sí! ¡Vamos! Y . . . ¿a qué jugamos?"

-¿Qué te parece . . . si . . . a la mancha Venenosa?

-Bueno! Yo soy mancha.Y comenzaron a correr, saltar y brincar. Luego descubrieron una pelota a rayas de distintos colores y se la disputaron en una "mareadita" de improvisado partido de fútbol. Hasta que, de un fuerte puntapié, se perdió en la espesura del bosque. Aunque la buscaron aquí, allá y más allá, no pudieron hallarla.

- Y ahora . . . ¿qué hacemos? -preguntó Piolín, triste y agitado.

- No te preocupes. -dijo el gato mientras buscaba dentro de su talego - Mira lo que siempre llevo conmigo . . . por las dudas encuentre alguien con quien compartirlo. Y sacando un par de zancos continuó - Son para hacer de equilibrista.

-¡Ah! -contestó el conejito aunque se notaba que no sabía cómo se usaban - ¡es que nunca los había visto!

- Mira, los zancos se toman así, con manos fuertes y seguras. -le explicaba el gato, mientras lo iba haciendo - Se ponen los pies allí, y se camina con soltura . . . -y diciendo esto se alejó unos pasos.

- Toma -dijo bajándose de un salto -Ahora te toca a ti.

- Gracias, pero . . . tengo un poco de miedo. -dijo el conejito temblando - Es que a mí me gusta andar por el suelo . . . le temo a las alturas . . .

- No te preocupes, ¡yo te ayudo! - y tomándose la barbilla con una mano enguantada, mientras apoyaba la otra en la cintura, le aclaró restándole importancia al hecho: - Además, si te caes, seguro que no te va a pasar nada!

Piolín haciendo gala de una gran osadía, con el pecho hinchado y las orejas tiesas, dijo: "¡Tienes razón! ¡Voy a usarlos!"- Mas como el miedo no es zonzo, sólo subía un pie, al bajar el otro.

Don Gato conteniendo la risa ante lo increíble que se le antojaba el hecho, lo ayudó y . . .

-¡Ah! ¡Qué lindo! ¡Ya está! ¡Adiós! Pero . . . ¡cataplúm! La alegría le duró poco, porque Piolín ya estaba en el suelo antes de poder partir.

- ¡Ay! . . . ¡Ay! . . . ¡Cómo duele! . . . ¡Buaaa! . . . -gritaba el conejo mientras una catarata de lágrimas bañaba sus bigotes.

- ¡Miau! ¡Miau! ¡Un doctor! . . . ¡Una enfermera! . . . -miaba el gato, corriendo de aquí para allá, sin alejarse demasiado.

Piolín, secándose los ojos con rápido movimiento de las orejas, le dijo hipando: "Aquí, en el bosque . . . no hay doctores"

- ¡Ay, ay, qué dolor! . . . solamente una enfermera . . . ¡Aay! . . . que vive cerca de los sauces llorones, junto al arroyo . . . ¡Ay! . . . ¡Buaaa! . . .

- Bueno, voy a buscarla!

- No, no te vayas! ¡Ay! . . . ¡Ay! . . . ¡No me dejes! . . . ¡Buaaa! . . .

- Enseguida vuelvo! O acaso, ¿para qué están los amigos? ¿Sólo para jugar?

En eso, atraída por los gritos del dolor, llegó Doña Ortiga, la enfermera. Trataba de apurar el paso, mas como era tan vieja la pobre, ya sus pies no la obedecían.

Con voz cascada por la edad, y con signos de preocupación en su cara surcada por tiernas arrugas, preguntó qué había sucedido. Don Gato y Piolín, con un raudal de palabras que les salían atropelladas, trataron de explicarle lo ocurrido.

Mientras, ella, con adecuados movimientos dictados por los años de experiencia, y por los conocimientos de la lectura de pilas y pilas de libros, comenzó a revisarlo del derecho y del revés, y a controlar todos sus huesos, desde la cabeza hasta los pies; mientras murmuraba: "Mmnn! Mmnn. ¡Ajá! . . . ¡Ajá!"

- ¡Bueno! -dijo al fin Doña Ortiga, con actitud profesional, - Piolín tiene este diente flojo , quebradura de dos costillas y la patita derecha astillada.

Piolín, al escucharla, comenzó a palidecer y el gato, sentándose a su lado, se puso a abanicarlo con el sombrero.

La enfermera palmeó la espalda de Don Gato, y le dijo: "¡No es nada grave! Con unos "iuios" que traje lo dejaré como nuevo!"- Luego abrió su gran bolsa y comenzó a machacar unos yuyos dentro del recipiente de metal que usaba exclusivamente para eso, y, que entre limpio, parecía un espejo. Le agregó, después, el contenido de unas botellitas de distintos formatos y variados colores.

Piolín dejó de llorar y miraba atento todo lo que ella hacía. Cerró los ojos, y embargándole una gran paz, comenzaron a bullir dentro de su maltrecha cabecita, unas hermosas ideas que se transformaron en una bella poesía que se dispuso a musitar:

- ¡Doña Ortiga, Doña Ortiga!

cuando quiere curar,

machaca muchos "iuios"

en una olla de metal.

Dejando volar la imaginación, continuó aunque no fuera del todo verdad:

- Le agrega leche de yegua,

una pizquita de sal,

y tela de araña viuda:

¡muy difícil de encontrar!

- Doña Ortiga, Doña Ortiga,

diplomada de enfermera,

por mezclar esas cosas,

¿será, acaso, un hada buena?

Mas volviendo a la realidad, concluyó:

- Enfermera o hada buena,

nunca deja de estudiar.

Doña Ortiga, mi amiga,

se dedica a curar.

Doña Ortiga, al escucharlo, se puso muy contenta y, aplicando todo el ungüento sobre la venda que sostenía Don Gato, enyesó al conejo.

Le acercó luego a los labios una botellita y le dio de beber una poción rosada, y . . . ¡Zas! se levantó Piolín, fuerte como un lapacho!

Don Gato, agradecido, preguntó: "¿Cuánto le debo, Señora?"- mientras hurgaba en sus bolsillos. La enfermera, visiblemente molesta, dijo que no le debían absolutamente nada: ¡ella no le cobraba a sus amigos!

Conejito y el gato sorprendidos, quisieron retribuirle de alguna manera, y se les ocurrió regalarle los zancos, además de invitarla a sellar un pacto de amistad: poniendo sus patitas sobre la mano extendida de la anciana, exclamaron:

- ¡Amigos para siempre,

en las buenas y en las malas,

para disfrutar juntos

y aliviar penas del alma!

Y se abrazaron los tres, muy contentos.

Luego, Doña Ortiga, les propuso que le sostuvieran con seguridad los zancos, que ella quería usarlos para pasear. Piolín y Don Gato trataron de disuadirla por lo peligroso que podía llegar a ser la satisfacción de ese deseo, teniendo en cuenta su edad.

Mas ella, a pesar de lo vieja que era, logró subirse en el primer intento, y se alejó, aunque con pasos no muy seguros.

Los animalitos, al verla desplazarse de tal manera, se apuraron y comenzaron a caminar a su lado para brindarle ayuda, en caso de necesitarla.

En eso, Piolín, tomó distancia, y mirando a sus nuevos compañeros sintió que esa pena tan honda, comenzaba a esfumarse de su pecho, y, loco de alegría, se puso a saltar y a hacer cuantas morisquetas sabía, ante las carcajadas de sus amigos.

¡Y así, muy juntos los tres,

se marcharon por el sendero,

reafirmando, que en la vida,

la amistad es lo primero!.

Martha Inés Corsalini

El diamante que nunca se termina

Cerca de una población minera llamada Icabarú, se encontraban trabajando un joven llamado Abilio y sus compañeros; entre ellos Andrés, Pablo, Juan y el Brasileño. Todos habían dejado la escuela para buscar fortuna en las minas cavando huecos profundos en la tierra y lavando la arena a las orillas de los ríos.

Estos jovencitos se habían internado en las montañas siguiendo al río Icabarú; todos iban cargados de sueños y esperanzas. Andrés solía decir: -"Cuando encontremos el gran yacimiento recorreré el mundo entero". Pablo, de manera picaresca decía: "Yo construiré un gran castillo". Juan se ponía el sombrero para decir con ademán de señor: -"Cuando eso suceda todos me llamarán "Señor", y a mi paso pondrán alfombras para que mis zapatos no pierdan el brillo con el polvo del camino". El Brasileño: "Yo sin embargo, no quiero recorrer el mundo, ni tener un castillo; tampoco quiero que pongan alfombras a mis pies, ni que me llamen señor". De pronto todos le interrumpieron diciendo: "¿Y entonces, qué quieres?" Él continuaba diciendo con una expresión de añoranza: "Yo sólo quiero regresar al hogar de donde jamás me debieron apartar". Abilio, con una sonrisa a flor de labios dijo: "Yo quiero un diamante que nunca se termine". Andrés le replicó: "Tú de verdad, sí que estás loco",- riéndose a carcajadas.

Abilio a la edad de ocho años quedó huérfano de su padre. Era un joven con unas dotes especiales; era un empírico, tocaba la guitarra y componía sus propias canciones; le gustaba interpretar todo tipo de canciones de la época. Además de servicial, trabajaba y estudiaba para ayudar a su madre enferma, por la que siempre profesó el más grande amor, respeto y admiración. Él contaba, que mientras dormía, veía y escuchaba una voz que le advertía de algunas cosas, que luego sucedían en la realidad. Solía contar que en sus sueños lo visitaba un hombre pequeñito, vestido de militar, que lo invitaba a estudiar todas las noches y le decía: "¿Abilio, estás listo para la clase de hoy?" Y él le contestaba diciéndole: " ¡Sí maestro!". Pero sus compañeros no le creían, lo tomaban como un chiste más. Entre risas y chistes trabajaban duramente el día y durante la noche tejían sus sueños, algunos en silencio y otros en voz alta.

Después de varias semanas de ardua búsqueda sin encontrar nada empezaron a preocuparse, pues no sabían qué hacer. Ya no tenían bastimento, y una noche antes de acostarse, llegaron al acuerdo de sacar un último corte, y de no encontrar nada, se marcharían al día siguiente. Mientras dormían, al joven Abilio se le presentó el hombrecito vestido de militar y le dijo: "Despiértate Abilio, y sígueme de lejos sin acercárteme mucho. Llegó la hora de que me conozcas despierto. ¡ Yo soy tu maestro!" Abilio, levantándose, tomó el sombrero, su lanza y el machete siguiéndolo tal como el maestro le indicó, y en un lugar apartado donde ya no lo escucharían sus compañeros, el maestro le dijo: - ¿Porqué estás preocupado? - Ya no tenemos bastimentos y no sabemos qué hacer. - Allí donde tienes tu lanza enterrada haz que tus compañeros abran un hueco y encontrarán un bolsillo con once piedras de diamante. A partir de ahora ya no podrás contar a tus compañeros que me has visto en realidad, hasta que no estés del todo preparado, regresa a acostarte. - Gracias maestro.

A la mañana siguiente, Abilio realizó todo tal como estaba previsto, y en efecto, encontraron el bolsillo con los once diamantes. Describir la felicidad que reflejaba el rostro de estos jóvenes, los saltos y gritos, cuando estaban a un paso de ver convertidos sus sueños en realidad, mi pluma no alcanza a describírtelos, cierra los ojos e imagínatelos.

Después de tanta emoción se sentaron a pensar qué hacer, decidiendo que uno de los compañeros debía salir al pueblo a vender los diamantes y que en cuatro días debía estar de regreso con bastimentos para profundizar la búsqueda. Como todos eran como hermanos y se tenían una gran confianza, lo sometieron a la suerte; y le tocó al Brasileño, quien al día siguiente se puso en camino. Mientras el resto de los jóvenes continuaban ilusionados en busca del gran yacimiento de diamante, pasaban los días.

Al cabo de siete días, al ver que el Brasileño no regresaba, empezaron a preocuparse, pensando que algo debió ocurrirle y que no debieron mandarlo solo. Tendrían que esperar hasta el día siguiente para salir a ver qué le pudo pasar. Esa noche, mientras dormían, nuevamente se le presentó al joven Abilio el maestro, quien le dijo: " Mañana a las diez de la mañana verán pasar una avioneta; en esa avioneta va el brasileño, quien regresa a casa con su familia; su madre esta muy enferma y él no lo sabe; se hizo a sí mismo la promesa, de un día regresarles el dinero que hoy ha tomado como un préstamo. En el rancho donde vivía les dejó una carta explicándoles y pidiendo que lo perdonen. Mientras Abilio escuchaba con gran atención, el maestro continuaba diciéndole: "Abilio, hijo, todos ustedes están muy jóvenes aún para dedicarse a la aventura de las minas. Aquí, en este lado de la montaña ya no hay nada. Invita a tus compañeros a regresar a sus estudios y trabajos que dejaron en el pueblo. Entonces irrumpió Avilio diciéndole: "¡Maestro, tendré que olvidarme del diamante que nunca se termina!" - ¡ No! Ese diamante que nunca se termina, es el que alimenta constantemente al espíritu y al alma, y al mismo tiempo te permitirá cubrir las necesidades de tu cuerpo y aún más, el de todos aquellos seres que te rodeen y que se acerquen a ti. Tal vez, hoy no lo comprendas del todo, pero con el paso de los años te irás dando cuenta de esta gran verdad. Con estas palabras me despido de ti, hijo, por ahora, poniendo en tus manos… ¡el diamante que nunca se termina! Y así el maestro se despidió y desapareció como siempre.

Mientras Abilio se dirigió al campamento pensativo, una idea le daba vueltas: cómo decir a sus compañeros que debían regresar a sus antiguos trabajos, y que de sus sueños, tal vez no comprenderían como él. ¿Qué hacer con esta interrogante que no le dejaría conciliar el sueño? Al llegar al campamento se acostó en su hamaca y en cuestión de segundos ya estaba profundamente dormido.

A la mañana siguiente fue el primero en despertar. Mientras el resto dormía, prendió la leña y puso a hacer el último poquito de café que les quedaba. Cuando los chicos despertaron ya Abilio había colado; mientras se tomaban el café les dijo: "Vamos a levantar el campamento para regresar al pueblo"- no había terminado de hablar cuando Andrés contestó: " Sí, no hay tiempo que perder".-Y sin oposición, como si todos se hubieran puesto de acuerdo, iniciaron el camino de regreso a casa.

Tardaron dos días y dos noches en regresar. Incorporándose luego a su vida cotidiana, entre trabajo y estudios. (Excepto el joven Abilio) Ninguno de ellos lograba explicarse cómo fue que decidieron regresar. El hecho era que ya estaban allí, donde empezaron a construir las bases sólidas para sus sueños; sueños que fueron cambiando con la visión que da la madurez, a través del estudio, el amor por lo que hacían, el trabajo cooperativo, las metas cortas, medianas y largo plazo, que se iban trazando. El joven Abilio se apasionó por el estudio de la medicina natural a la que dedicó su vida entera, poniéndose al servicio de la humanidad, curando a hombres, mujeres y niños. No sólo los curaba del cuerpo, sino también del alma.

Un mediodía, sentado en la mesa, dijo a su familia: "quiero dejar por herencia a mis hijos: ¡un diamante que nunca se termina! Este diamante es el que alimenta constantemente al espíritu y al alma, y al mismo tiempo les permitirá cubrir las necesidades del cuerpo y aún más, el de todos aquellos seres que les rodeen y que se acerquen a ustedes. Tal vez, hoy no lo comprendan del todo, pero con el paso de los años se irán dando cuenta de esta ¡Gran Verdad!

María Julieta Cedeño Méndez

La cajita de los sonidos

Juanito era un niño como hay muchos, le gustaba jugar al futbol, ir a la escuela, visitar los parques, y por supuesto, ver las caricaturas en la televisión y comer galletitas de chocolate.

Cuando Juanito cumplió 7 años sus papás le dijeron que le tenían una sorpresa muy especial, él pensaba que sería una nueva pelota, quizá el video de sus películas favoritas, o el nintendo que había pedido desde la navidad anterior, estaba muy emocionado por recibir el paquete para quitarle los moños, rasgar el papel, abrir la caja y disfrutar ese regalo tan esperado.

Después de la fiesta de cumpleaños con sus amigos de la escuela, donde jugaron hasta que se cansaron y comieron pastel, gelatina, ensalada y dulces de todos los colores y sabores, Juanito estuvo abriendo sus regalos, había recibido diversos juguetes, ropa, un libro de cuentos y buscaba aquel que sus papás le prometieron y no lo encontró, ellos le dijeron que en ese momento se lo darían.

Se sentaron todos a la mesa y el papá empezó a platicarle si notaba algo diferente en la mamá, hasta ese momento Juanito se dio cuenta que la mamá estaba algo gordita, sobre todo del abdomen, se sorprendió de no haberlo notado antes, pero debido a que el tiempo libre lo pasaba frente a la televisión o jugando futbol con sus amigos, Juanito sólo platicaba con sus papás en los horarios de las comidas y la mamá estaba sentada, no alcanzaba a notar todos sus cambios.

Los papás se rieron de la cara de asombro de Juanito y le compartieron que la sorpresa era que la familia iba a aumentar, Juanito recordó a su abuelita que vivía en otra ciudad y les preguntó que si se trataba de que ella viviría en su casa, pero le dijeron que el nuevo miembro sería un hermanito que nacería muy pronto, tendría con quien jugar y compartir las diversiones de todos los días.

Juanito con mucha curiosidad preguntó si el hermanito lo acompañaría para ver las caricaturas, le explicaron que cuando los bebés están pequeños pasan la mayor parte del tiempo dormidos, pero que otra noticia agradable era que la abuelita María, los visitaría para acompañarlos en las fechas que naciera el bebé.

Entre los días de clases, los juegos, los programas de caricaturas que son uno después de otro y apenas dejan tiempo para comer y cenar, la abuelita María llegó a la casa, todos la recibieron con alegría, en especial Juanito. Muy pronto la mamá se trasladó al hospital para que naciera el bebé y las costumbres de la familia cambiaron.

En los días que la mamá estuvo ausente de la casa a Juanito lo atendía la abuelita María, la cual mientras hacía la comida escuchaba una cajita que producía muchos sonidos, voces de personas que hablaban como si estuvieran en un programa de televisión, se escuchaban canciones que la abuelita repetía y la hacían sonreír mucho, en ocasiones Juanito se quedaba escuchando aquellas voces que salían de la cajita, y se preguntaba cómo le hacían para que pudiera suceder, dónde estaban las personas, de qué manera en una cajita tan chiquita había espacio para músicos, cantantes y todos aquellos que hablaban de diferentes temas.

Juanito le preguntó a la abuelita qué tipo de cajita era esa que producía tantos sonidos, ella le contestó que la famosa cajita era un radio, un aparato para tener comunicación, desde un lugar que le llamaban "la estación" y por medio de la electricidad y una antena podía recibir la información y le señaló en la cajita muchos números que le permitían identificar el canal o "la estación" que ella prefería, sintonizando igual que cuando se escoge el canal favorito de la televisión.

La abuelita le explicó que el radio le había acompañado desde su infancia, en aquellos tiempos no había televisión y parte de la diversión familiar era escuchar el radio, ahí se presentaban muchos artistas, también las noticias fueron primero en el radio, había radionovelas, parecidass a las telenovelas de ahora, incluso había un programa para niños de un señor que cantaba canciones y contaba cuentos para niños.

Ella se había acostumbrado a ese tipo de comunicación y durante el día lo tenía prendido en su casa, como alguien que estuviera cerca y le platicara de todo lo que ella quería saber, aunque estuviera ocupada en diferentes labores el radio seguía hablando, incluso le seguía contando cuentos.

Juanito se sorprendió que alguien contara cuentos en la cajita, muchas noches cuando él se iba a dormir, la mamá escogía un libro y leía cuentos, algunas veces no alcanzaba a escuchar todo el relato, se dormía y soñaba con todo aquello que la mamá le había estado leyendo; cuando despertaba Juanito pensaba que terminaría de leer el cuento que no había alcanzado a escuchar la noche anterior, pero la tarea, el futbol y las caricaturas de la televisión no le dejaban tiempo suficiente para hacerlo y pasaban los días y no tenía oportunidad de leer y conocer los libros que tenía en su recámara.

La cajita de sonidos, como él le llamaba, lo tenía intrigado, igual que los cuentos que no sabía los finales por quedarse dormido; mientras regresaba la mamá Juanito platicaba mucho con la abuelita y se sentaban en la cocina para que la señora le ayudara a hacer la tarea, acompañados siempre por los mensajes que salían del radio, ella le comentaba de sucesos de los que se había enterado a través de los noticieros que escuchaba, algunos postres que Juanito saboreaba, la abuelita los había escuchado en la radio y llegó el momento que Juanito lo prefería a ver la televisión.

Llegó el domingo y mientras estaban desayunando la abuelita sintonizó el radio, en el preciso momento que anunciaban un programa para niños, Juanito se puso muy atento, pues la persona que hablaba decía que también estarían algunos niños platicando con los que escuchaban, y empezaron con música que hablaba de jugar, estudiar, con un ritmo que hacía que Juanito moviera los cubiertos de la mesa.

Juanito se levantó y dio unos pasitos de baile, siguió desayunando y escuchando lo que decían, cuando llegó el momento de las adivinanzas, Juanito y la abuelita hacían competencias para identificarlas rápidamente, recordó que en la escuela también jugaban y estudiaban con ese tema y trató de memorizarlas para decirlas a sus amigos.

La cajita de sonidos todavía tenía más sorpresas para Juanito, anunciaron el cuento del día, él recordó aquello que siempre se quedaba dormido antes de escuchar el final y se propuso escucharlo completo, le gustaban todas aquellas historias que se relatan, aventuras, problemas que tienen los personajes y que cuando estaban por resolverlos le llegaba el sueño, ahora tenía tiempo para conocer el cuento completo, terminó el vaso de leche con chocolate y muy atento empezó a escuchar música que daba la intención de algo emocionante, la lectura se inició y la imaginación de Juanito empezó a volar.

Los niños leían y Juanito seguía el curso de la lectura, hablaban de un niño que en un día de campo se había ido caminando y encontró un túnel, como era muy curioso se asomó y al fondo alcanzó vió unas luces muy llamativas, tratando de divertirse se introdujo en ese lugar y aunque caminaba no llegaba al lugar de las luces, pero a cada paso se abría una puerta tras la cual estaban personajes que le invitaban a realizar alguna actividad como jugar futbol o trepar a un árbol.

En cada palabra leída los narradores hacían sentir toda la emoción de lo desconocido para el niño: "Luis sigue caminando, por momentos parece que el túnel se va haciendo más angosto, le es difícil ver las luces, está cansado, asustado, tiene sed y miedo de no alcanza a regresar donde están sus papás, por voltear a los lados buscando la salida, no se fija que en el sendero están unas piedras que al pisarlas hacen que se resbale y caiga hasta el fondo de un barranco...."

La música acompañaba estas situaciones y Juanito y su abuelita estaban muy serios esperando lo que se leyera y conocer la manera en que el niño del cuento saldría del túnel y regresaría con su familia, que ya lo buscaban por entre los árboles del bosque.

Juanito recordaba que en algunas ocasiones él también había jugado a que caminaba por un pasillo secreto, donde le salían al paso los personajes de las caricaturas que él veía en la televisión, ahora disfrutaba lo que escuchaba que leían, imaginaba el final, que el niño corría y sin abrir ninguna puerta alcanzaba la salida; que las luces que se veían al final pertenecían a un duende encantado o algún brujo que lo dejaría convertido en estatua por ser tan curioso.

Los narradores siguieron leyendo: "...los papás de Luis gritaron muy fuerte el nombre del niño para que él les escuchara y regresara, por un espacio entre los árboles vieron la camiseta amarilla que llevaba el niño, corrieron hacía él y lo abrazaron muy fuerte, el niño se dio cuenta que no había túnel, su imaginación lo hizo ver por la forma que tenían los árboles donde andaba paseando y la luz era el sol que se veía por entre los arbustos, la enseñanza que había recibido fue que no debía alejarse de sus papás pues podía perderse..."

Los acordes de la música y el mensaje de "colorín, colorado, este cuento ha terminado", hicieron a Juanito regresar a la realidad de que estaba en la cocina, acompañado de la abuelita, se dio cuenta que al fin había escuchado un cuento completo y le había gustado todo lo que dijeron en el programa.

Juanito también escuchó que estaban gritando su nombre, sus papás con el bebé en brazos, entraban en la cocina, habían estado tocando la puerta y llamándoles para que abrieran, pero de lo emocionados que estaban ni Juanito ni la abuelita habían escuchado, ahora Juanito no sabía qué hacer, si platicarles a sus papás del descubrimiento de la cajita de sonidos o preguntarles cómo estaba su hermanito, habría mucho tiempo para comentar todo eso, ahora quería un abrazo de ellos, igual a como se imagino que se lo dieron al niño del cuento que había escuchado en la cajita de los sonidos.

María Guadalupe Cárdenas Madero

Tilín, Tilán, Tilón, Tilén y su amiga Tilún

Había una vez un lugar mágico donde vivían unos seres realmente asombrosos.

En el aspecto físico se parecía mucho a tí y a mí: tenía pelo encima de la cabeza; ojos , nariz , boca y orejas; dos brazos y dos piernas. . . en fin, que a simple vista podían ser cualquiera de las personas con las que nos encontramos por la calle, en el colegio o en nuestra casa.

Sin embargo tenían algo que les hacía especiales, diferentes, únicos. Y es que: Tilín guiñaba un ojo y salía el sol; Tilán castañeteaba sus dientes y las nubes cubrían el cielo; Tilón al mover sus orejas llovía ; y cuando Tilén aleteaba su nariz soplaba el viento.

La pena era que no se conocía entre ellos. Cada uno iba a lo suyo y si se cruzaban alguna vez en el camino se hacían los despistados y pasaban de largo.

Hacía ya un tiempo que andaban todos preocupados por un mismo problema.

Resulta que en el centro de aquel lugar había un Árbol muy Generoso que les daba jugosos frutos para saciar su hambre y les proporcionaba una estupenda sombra donde cobijarse los días de calor.

Pero un día se empezó a secar, se le cayeron las hojas y ya no daba esos ricos frutos. Lo intentaron arreglar, cada uno por su lado, claro está:

-Tilín se acercó, guiñó un ojo y salió el sol que, al principio, hizo elevar sus ramas pero al cabo del rato las quemó.

-Tilán castañeteó sus dientes y las nubes cubríeron el cielo dejándolo todo oscuro y el árbol se asustó.

-Tilón movió sus orejas y empezó a llover, el árbol se puso contentísimo pero cuando pasaron unas horas se ahogaba de tanta agua que caía y volvió a entristecer.

-Tilén también quería probar suerte, aleteó su nariz y sopló un viento que mecía las hojas pero finalmente las hizo caer al suelo.

No conseguían nada y el pobre árbol empeoraba sin remedio.

Un buen día acertó a pasar por allí Tilún, una vecina de un lugar cercano, haciendo turismo por la zona. Vio, miró y se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo. ¡Ah! Tilún también era especial porque cuando frotaba sus manos producía unas hondas magnéticas que atraían hacia ella a todo aquel que se encontrase en su radio de acción. Enseguida se puso manos a la obra. Esperó, escondida tras una de las pocas ramas sanas que le quedaban al Árbol, a que pasaran por allá Tilín, Tilán, Tilén y Tilón y en el justo momento en que todos ellos andaban cerca frotó fuertemente sus manos y los cuatro se vieron arrastrados a su lado. Cuando los tuvo lo suficientemente cerca los miró fijamente y les pidió que cuando ella dijese sus nombres hiciesen eso que sólo ellos sabían hacer. Tilún empezó a cantar:

"Tilín, Tilín mira quien está ahí (y Tilín hizo que saliese el sol)

es Tilán, Tilán que te va a ayudar ( las nubes taparon al sol por un esquinita)

acércate Tilón y caerá un chaparrón (y llovió)

nos faltas tú Tilén mueve sus hojas y harás bien (el viento sopló suavemente)"

Tilún les dijo que cada día viniesen juntos y cantasen esta canción. Así lo hicieron y ¿ qué creéis que pasó? pues claro, al Árbol Generoso le volvieron a salir las hojas y los frutos y los cuatro amigos Tilín, Tilán , Tilón y Tilén descubrieron cuántas cosas podían hacer juntos.

En cuanto a Tilún, siguió su camino viajando por el mundo. Si algún día la veis dadle recuerdos de mi parte.

Lourdes Becerril

Tantaspulgas y Petite se conocen

La ciudad enciende todas sus luces. La luna sonríe tímida en el cielo y alumbra el escondrijo de Tantaspulgas. Tantaspulgas, un perrito chusco de buen corazón, se levanta y se sacude una que otra pulga, luego bosteza. En el piso, varias pulgas le gritan y le insultan @±#*®¥&√, por el violento desalojo.

Cruza la pista por las líneas blancas como un perro que aprobó educación vial. Se dirige a las latas de basura, aunque algunos perros ya se comieron las sobras más ricas. Huele, rebusca, jala, ladra, muerde, ¡crack! Una pepa de melocotón. -¡Diablos! Un colmillo menos, me malogra la sonrisa -dice Tantaspulgas. Debo apurarme o el camión de la basura me dejará sin cenar otra noche -piensa Tantaspulgas.

Tilin, tilin, tilin… el triángulo del basurero se escucha a dos cuadras de donde está Tantaspulgas.

- ¡Guau! ¡Guau!, esa lataza es mía -ladrihabla, avalanzándose sobre la lata que con su peso cae de la vereda.

En sus ojos se refleja un enorme hueso. De inmediato, lo coge con las patas y el hocico para jalarlo, pero algo lo retiene. Vuelve a la carga. Jala con más fuerza, vuelve a tirar y el hueso sale a la luz con una perrita algo asustada que lo tiene entre sus colmillos en el otro extremo. Tantaspulgas ladra, y suelta del todo el hueso, gruñe; enseña los colmillos, GGRRRRR… se eriza, sin embargo, la perrita permanece con el hueso en su hocico, sin ganas de soltarlo. El Tantas, como también se le conoce en el mundo perruno, se le acerca, la huele abriendo lo más posible los huequillos de la nariz y ladrihabla:

-¡Guau! ¡Guau!, tú no eres de aquí. Hueles a comida para perros comprada en supermercado de ricos. ¿De dónde eres? ¿Cómo te llamas?…Puedes soltar el hueso, no te haré daño -dice, mientras retrocede para darle confianza a la perrita.

Ella suelta el hueso y le contesta:

-Soy de Miramar y me llamo Petite. Tú, tú, ¿cómo te llamas?

-Tantaspulgas, pero puedes decirme Tantas con confianza…y, discúlpame por haberme comportado como un perro, perdón, quiero decir, como un canalla; y por haberte asustado…-dijo el Tantas con el rabo entre las piernas y las orejas caídas.

-No te preocupes, -contesta Petite, toda sucia y con el pelambre desordenado, pero sin perder el brillo de mejores tiempos. -tú no me asustas. Me da risa tu sonrisa…Jijijijijijijijiji…

Sonríen, aúllan, brincan, se relamen entre ellos y posan sus miradas en el hueso.

-Te propongo algo que nos conviene -dice el Tantaspulgas.

-Qué- responde Petite, al mismo tiempo que pisa el hueso con su patita derecha por si se la quieran quitar.

-Darle una chupadita al hueso -contesta el Tantas, casi colorado -un ratito tú y un ratito yo…

-Petite sonríe y le dice que sí.

A lo lejos se ven dos perros que caminan felices, dan brincos, hacen piruetas y mueven la colita, porque intercambian un hueso cada dos cuadras.

Hernán Becerra Salazar