Un Día para Celebrar

El extraño de turbante y chaquetón plagado de estrellitas llegó con el amanecer. Los del pueblo salieron a hacer sus cosas y se lo toparon en medio de la plaza, de pie en lo alto de su baúl. Los miraba como si los hubiera estado esperando. De hecho, los había estado esperando y cuando todos se acercaron, comenzó a vociferar:

—Soy el famoso Doctor Benjamín Visionario, un iluminado, un oráculo viviente —. Y como su presentación no causó ninguna reacción, agregó:— Recorro el planeta respondiendo las preguntas y consultas de todos. De todos los que tienen algo que preguntar y consultar.

Sólo entonces, los ojos del público que se había duplicado, triplicado, se abrieron como huevos fritos. Pero aún quedaba más por oír:

—Mis respuestas han acallado las dudas de reyes, gobernantes, astrónomos, sabios, hechiceros, religiosos, pastores y sirvientes. Así salvé vidas y curé males incurables, guié hasta tesoros y astros desconocidos, até corazones y arreglé amores, evité guerras e inspiré victorias, espanté fantasmas y exorcicé demonios… Todo y mucho, mucho más, por lo que el cliente considere pagarme.

No quedó nadie que, convencido hasta el tuétano por la oferta, revisara sus bolsillos o fueran hasta sus casas a conseguir las monedas para contratar el servicio. Como en todo el mundo, en ese pueblo rodeado por altas montañas hasta los niños de pecho tenían preguntas que hacer, dudas que consultar, respuestas que nadie les había dado.

Y ya el Doctor Benjamín Visionario tenía delante una larga fila de pueblerinos. Sentado sobre el baúl que antes había sido su estrado, escuchaba interrogantes. De todo calibre y tenor: ¿Cómo hago que ella me quiera? ¿Es redonda la Tierra? ¿Qué pasa si no le pongo levadura a las medialunas? ¿Planto papa o maíz esta temporada? ¿Cuál nombre elijo para mi séptimo hijo? ¿Cómo evito que me roben las flores del jardín en las noches? Todos hallaron contestación.

Así se pasó la jornada, tan llena de signos de interrogación, a los que el autoproclamado iluminado calmaba con sus respuestas. Y mientras se iban calmando los picores de las dudas, algunas históricas, su bolsillo se fue llenando de monedas. Cuando la noche se adueñó de esa parte del universo, aún seguía respondiendo, pero ahora lo que recibía a cambio se apilaba a sus pies en decenas de bolsas.

Ya quedaban pocos clientes cuando se produjo la tragedia que condenó a todos. Fue el turno de preguntar de una niña. Acababa de salir de misa y luego de oír una encendida prédica del párroco, con angustia le consultó al Doctor Benjamín Visionario:

—¿Cuándo será el fin del mundo?

El oráculo viviente la miró. No se esperaba semejante cuestionamiento. Pero para que no quedaran dudas de que ninguna consulta podía apabullarlo, le respondió:

—Será al final de una de fiesta.

Los que lo oyeron se horrorizaron. Muchos perdieron las ganas de hacer su pregunta y, en cambio, se fueron casa por casa a comunicar aquellas palabras. Y cuando el Doctor Benjamín Visionario partió con su baúl sonando por el entrechocar de las monedas recaudadas, el pueblo era presa de un miedo espantoso.

Esa noche hubo junta de vecinos. No faltó nadie. Si el mundo terminaría luego de una fiesta, entonces la solución era sencilla: prohibir festejar. Y luego de que todos votaron unánimemente por esa moción, el concejo de ancianos e ilustres la ratificó por ley. So pena de muerte para el que no la cumpliera.

Los efectos de la medida no se notaron en lo inmediato. Pero con el paso de los meses algo había cambiado y, con el de los años, aquella gente se volvió gris, silenciosa, parca, triste… porque el temor al fin del mundo fue reemplazado por un miedo ancestral a celebrar.

***

Pasaron siglos. El Doctor Benjamín Visionario y quienes aquel día fueron sus clientes en ese pueblo eran cenizas en sus tumbas.

María Nieves llegó siguiendo un mapa que no había trazado: era una trotamundos que, en su constante ir y venir, había oído de ese rincón hundido en un valle y de sus extraños habitantes. Quería confirmar con sus ojos si era un mito. Pero no.

Aquella gente, que ni la notó, hacía mucho que había dejado de cantar y bailar al final de cada cosecha. De brindar por la memoria de los muertos. De honrar a sus héroes. De esperar en familia el inicio de cada año. De saltar de alegría por la fortuna, la propia y la ajena.

Nacimientos y casamientos eran recibidos como algo que simplemente ocurría, sin que nadie osara siquiera exclamar un deseo de buena suerte, larga vida, felicidad. Nadie celebraba cumpleaños, por lo cual ninguno sabía qué edad tenía. Sin navidades, desconocían el sabor del pan dulce y el turrón. El carnaval se consideraba algo pecaminoso, sin sentido y encima, peligroso para la creación.

Nadie se saludaba por miedo a que un “buenos días” demasiado exclamado fuera tomado como un festejo. Nunca se contaba un chiste, por los efectos destructivos que podrían acarrear la risa o el buen humor. Silbar o tararear una canción podría tentar a la alegría y por eso, las casas, calles y campos eran silenciosos cementerios.

Eso le produjo pena y lástima. Sobre todo porque de su trotar mundo había conocido la risa, el baile, la música, el beso, la caricia, las lágrimas de felicidad, los abrazos de amistad y no de condolencias… Tantas manifestaciones comunes a los diferentes pueblos y que constituían la gran cosecha de su aventura.

Entonces, de pie en medio de la plaza, como alguna vez lo estuvo el Doctor Benjamín Visionario, comenzó a parar a los que pasaban para contarles que, fuera de ese valle, la gente se expresaba, celebraba y que el mundo no se les venía abajo.

Por supuesto que intentaron callarla y hasta amenazaron con encerrarla por incitar al incumplimiento de una ley. Hizo como que hacía caso y, cuando volvió a la casa donde se alojaba, se puso a organizar una fiesta para demostrarles en la práctica lo que les había dicho.

Pero antes, hizo correr el comentario de que algo importante sucedería esa noche en medio de la plaza. Entonces, se encerró en la cocina a preparar todo tipo de comidas. Llenó decenas de jarras con bebidas. Mientras, ensayaba las muchas melodías que se le habían pegado de escucharlas en los pueblos y ciudades en los que estuvo.

Cuando se hizo la hora, la parte del pueblo que se sintió picada por la curiosidad se acercó a la plaza. Ahí, para su horror hallaron una larguísima mesa servida: en los platos había decenas de manjares salados, dulces, agridulces; las copas, rebosaban de jugos y espirituosas. Les dio pavor ver que de los postes colgaban guirnaldas y lamparitas de todos colores. Cundió el pánico frente al letal montón que a un lado formaban caretas, antifaces, serpentinas, bolsitas con papel picado, cornetas y matracas.

María Nieves los esperaba sentadita a la mesa. Y para repulsión general, los recibió con una sonrisa y los invitó a probar la comida y lo que había para beber. Como nadie se animó a hacerlo y mientras ya daban aviso a la autoridad, ella comenzó a comer. Entonces, levantó una copa y dijo:

—¡Salud!

Algunos se taparon los ojos, otros se cubrieron rostros y cabezas, muchos hasta gritaron muertos de susto. Y como entre ellos estaba el cura, a su orden terminaron rezando de rodillas, pidiendo clemencia mientras esperaban el fin.

Pero, nada, nada pasó.

Ya la autoridad estaba en el lugar, dispuesta a apresar a aquella rebelde. Pero María Nieves comenzó a canturrear una de sus melodías y los gendarmes se congelaron. Ellos también cayeron de rodillas cuando se puso a bailar.

Ya sin dudas se acercaba el acabose, cuando… nada, nada ocurrió.

Fueron los niños quienes se animaron. Comenzaron a moverse como lo hacía María Nieves y a copiar con sus voces aquel canto que les cosquilleaba las gargantas. Y mientras sus padres pasaban del reto a imitarlos, otros se sentaron a la mesa y antes de probar bocado se dieron el placer de entrechocar copas y brindar.

En un momento se quedaron quietos y en silencio, aguardando lo que en sus mentes creían sucedería al final de los tiempos. Y nada, nada malo sucedió.

María Nieves se lanzó a repartir caretas, antifaces, serpentinas, bolsitas con papel picado, cornetas y matracas. Contó uno, dos, tres y el ruiderío fue insoportablemente vivo, alegre, novedoso. Hasta el párroco se había sumado a la fiesta e invitaba a ser parte los que aún no se animaban.

Fue ahí cuando algo sucedió. Un viento sorpresivo y frío heló aquellas almas y, en lo alto, arrastró una nube negra y gorda hasta tapar la luna. La noche se tragó todo y se hizo el silencio. Si bien la miraron resignados, no le guardaban rencor: ellos también eran culpables de lo que estaba por ocurrir.

El silencio duró hasta que María Nieves lo rompió retomando su melodía. Y fue ahí que la nube siguió su camino y la Luna volvió a iluminar la plaza, el pueblo, aquella parte del planeta. Entonces, los demás se plegaron al canto, volvieron a comer, beber y bailar.. Con tanta pasión que ni notaron cuando ella dejaba el pueblo y retomaba su vagabundear.

Desde entonces, en aquel pueblo celebran sin temor. Nacimientos, casamientos, navidades, años cumplidos, cosechas, nuevos amores, viejos amigos, esperados triunfos, sorpresivos logros, la llegada del día, el término de la jornada… Festejan hasta cuando no hay excusa para hacerlo.

Y cuando alguien recuerda la amenaza del fin del mundo, siempre hay uno que retruca:

—Cuando llegue, si es que llega, nos encontrará aquí, felices y festejando.

Fabián Sevilla

El País de las Bolitas Perdidas

Hay una bolita perdida, verde, en el pasto.

Verde y pasto se confunden siempre, así que la bolita sabe que está perdida. Las bolitas se pierden, es algo que les pasa siempre. La bolita verde perdió a muchas de sus amigas. Ahora, lejos de todas, extraña sobre todo a la bolita violeta, su amiga del alma.

¡Cómo charlaban las dos en las noches, abrigadas dentro de la caja vieja de lata! Se contaban aventuras, juegos, grandes empujones porque las bolitas nacen para eso: para empujar a otras bolitas. Es su manera de saludarse.

Ahora, sola en el pasto, la bolita verde recuerda el día en que Darío, el chico que la tenía hasta hace apenas unas horas, jugó un partido de bolita contra otro chico, uno alto, rubio, de manos hábiles, en el polvo del verano. Cuando terminó el partido y Darío y el rubio levantaron del piso las nuevas y las viejas, las recién ganadas y las recién perdidas, y se las metieron en los bolsillos, la bolita violeta quedó enterrada bajo una capa fina y marrón. Así, invisible, la bolita abandonada llamó y chilló y pataleó. Un remolino de tierra se formó a su alrededor. Pero nada. Las otras bolitas la escucharon. Darío y el rubio, no. La bolita verde, que sabía cuánto iba a extrañarla, pataleó y golpeó a sus compañeras en la mano de su dueño y volvió a golpear y patalear cuando estuvo en el bolsillo. Y nada. “¡Qué difícil es entenderse con los seres humanos!”, pensó la bolita verde. En la lata, esa noche, la charla fue lenta, baja, triste.

Ahora, en el pasto de esta noche de febrero, bajo las luciérnagas, la bolita verde oye venir a la luna como un arroyo de leche entre las hojas y las flores cerradas. Pero antes que la luna de leche, llega otra luz: una luz chiquita que viene y va, sube y baja entre los troncos de los arbustos.

Una luciérnaga.

La bolita verde está sola. Y como está sola, canta como cantan las bolitas, como cantan los grillos, rozando el pasto y la tierra con el cuerpo suave, brillante. La luciérnaga está cansada de tanto volar buscando compañía y cuando oye el canto, se posa para ver quién está cantando.

—Es muy temprano para el baile de las piedras —dice a la bolita, confundiéndola con un canto rodado.

La bolita no sabía que las piedras bailaban de noche en el jardín. Jamás estuvo afuera de noche. Sonríe un poco, sorprendida. Está tan triste que necesita hablar y por eso, se pone a contarle su historia a la lucecita traviesa. Le cuenta la historia entera: la vida entre campeonatos, bolsillos y latas cómodas y tibias; las charlas con la bolita violeta; y sí, el día de la partida en el polvo, donde seguramente sigue escondida su amiga.

La luciérnaga la mira, sorprendida.

—No creo que tu amiga esté en el polvo —le dice—. Tiene que estar en el país de las bolitas perdidas.

La bolita verde no entiende. Nadie le habló nunca del país de las bolitas perdidas ni en el bolsillo del chico morocho ni en la lata de la noche.

—Me lo contó un grillo —dice la luciérnaga—. Pero no hacía falta, todo el mundo lo sabe: los sapos, las mariposas. Yo no sé dónde queda ese país pero sé que todas las bolitas de este jardín van ahí cuando se pierden. Qué raro que no lo sepas. Yo creía que todas las bolitas sabían dónde está.

La bolita verde no tiene ni la menor idea pero ahora sabe adónde quiere ir así que pregunta por el grillo. Tal vez el grillo sepa.

—No tengo idea de dónde puede estar el grillo —dice la luciérnaga—. Los grillos son como nosotras, cambian de lugar todo el tiempo. Pero supongo que está cerca del arroyo. El arroyo le encanta.

Así que la bolita verde se va rodando por el pasto hacia el arroyo. Porque ahí, detrás de la casa de Darío hay una especie de playita diminuta de arena y un arroyo ancho y fresco y más allá, el campo.

Pero la bolita verde no llega al agua. Antes, mucho antes, choca con una piedra grande y marrón, en la oscuridad. La piedra se despereza un poco, la mira y le dice:

—Ey, ¿para qué me despertaste? Es muy temprano para el baile de las piedras.

La bolita verde cuenta su historia por segunda vez y pregunta a la piedra marrón si vio pasar al grillo.

—Sí, pasó por acá esta noche. Se fue para el lado del agua —dice la piedra. Y como sabe dónde está el agua, hace un poco de ejercicio, levanta la gran panza dura, se alza sobre dos patas anchas, oscuras y deja pasar a la bolita verde por debajo. La bolita se aleja rodando hacia el agua.

Pero no está acostumbrada a rodar sin la ayuda de los dedos de Darío y no calcula bien el impulso. No es fácil frenar para una bolita. Atraviesa la arena angosta, mojada de luna, y entra en el agua del arroyo. El fondo está frío y transparente y la bolita choca con otra piedra, roja, llena de granos grises. Las piedras duermen mucho, piensa la bolita porque ésta también está dormida.

—Ey, es muy temprano para el baile de las piedras —dice—, ¿qué pasa hermanita redonda?

Así que la bolita cuenta su historia por tercera vez. Esta vez le cuesta un poco hacerse entender porque la piedra roja no sabe mucho de los animales que viven fuera del agua. Ni siquiera sabe lo que es un grillo o una luciérnaga. Bolitas conoce, eso sí.

—Vi a muchas de ustedes pasar por acá camino al país de las bolitas perdidas —dice.

—¿De qué color eran las bolitas que viste? —pregunta la verde, esperanzada.

Y la piedra roja con granos grises dice que vio bolitas blancas y bolitas rojas y bolitas verdes y bolitas azules; y vio bolitas transparentes y bolitas opacas, bolitas con dibujos y bolitas lisas. Y vio, sí, una bolita violeta.

—Se fue al país de las bolitas perdidas, por supuesto —dice.

A la bolita verde le queda solamente una pregunta:

—¿Dónde queda ese país? —pregunta.

—Yo creí que todas las bolitas lo sabían —dice la piedra con granos—. Pero yo también conozco parte del camino aunque no quiero salir del agua. Nunca salgo, ni siquiera para los bailes. Prefiero bailar abajo. No me gusta ese mundo seco. Pero te puedo decir una parte: tenés que subir hasta la piedra de la playa, después doblar a la izquierda hasta que llegues a una turquesa. Después de eso, no sé. Nunca llegué más allá.

Así que la bolita hace un esfuerzo y se sube a los brazos del agua (que son más fuertes y más fríos que los del aire), y trepa hasta la piedra de la playa, dobla hasta la turquesa y se arrastra hacia la izquierda.

El aire está tibio y la luna estira su arroyo de leche un rato más, hacia el final de la noche. La bolita explora la playa. Rueda un poco hacia el Sur y encuentra una gran planta con altas espigas plateadas. Pero la planta le dice que jamás vio una bolita.

Hacia el Este está el agua, el arroyo del que acaba de salir, así que el Este no sirve. La bolita va hacia el Norte, donde un gran cangrejo blanco le dice que jamás vio pasar bolitas junto a su puerta y eso que hace años que vive en el mismo agujero amarillo al borde de la arena. En el Oeste, hay un árbol y no conoce piedras redondas como ella.

—Estoy perdida— dice la bolita en voz alta. ¿Dónde puede quedar ese país si no es al Este ni al Oeste ni al Sur ni al Norte? ¿Ni hacia el arroyo, ni hacia el árbol, ni hacia el cangrejo, ni hacia las espigas?

En el medio de la playa de arena, verde como una esmeralda, la bolita espera. Y mientras espera, mira bailar a las piedras. Bailan en el jardín de Darío, bailan junto al arroyo; bailan bajo el agua rápida y alegre; bailan entre los troncos; bailan bajo las luces chiquitas de las luciérnagas. Bailan mientras Darío y la mamá de Darío duermen.

Cuando el baile termina, en el Este, junto al agua, empieza a salir el sol. La bolita verde no sabe dónde está el país que busca. Está inmóvil, pensando. En medio de la arena amarilla, parece una gran perla verde oscura.

De pronto, llegan los pájaros. Pájaros grises, pájaros de cresta roja, pájaros marrones, pájaros verdes. La bolita verde ve venir una sombra oscura, una cabeza amarilla. Dos garras la levantan de la arena como a una joya nueva.

La bolita cierra los ojos porque nunca jamás se separó tanto de la Tierra. Darío y el rubio la tiraban al aire a veces pero nunca tan arriba, nunca tan por encima de los techos de las granjas, de las copas de los álamos. Sin abrir los ojos, siente que la apoyan despacio en un lugar blando y cómodo.

De a poco, se anima y abre los ojos. Está en una enorme canasta de paja, un nido profundo y tibio. Y está rodeada de bolitas de todos colores. Bolitas rojas, bolitas azules, bolitas amarillas, bolitas blancas. Un tesoro de colores brillantes, que cuidan dos urracas que charlan y ríen todo el tiempo. Y las bolitas, muchas bolitas, todas las bolitas perdidas, se llaman unas a otras y se cuentan cosas de los tiempos en que jugaban partidos en el parque, se perdían o buscaban el país de las bolitas perdidas. De los tiempos en que se convirtieron en regalos de amor entre dos pájaros y dejaron de ser bolitas.

La bolita verde busca en el nido una bolita violeta. Hay muchas bolitas en el nido de las urracas. Le va a costar encontrarla. Pero yo, que conozco esta historia, sé que cuando la encuentre me lo va a decir: porque todas las noches, a la hora en que las piedras bailan, salgo a escuchar a las bolitas perdidas que charlan en el nido de las urracas, allá arriba, en el álamo, junto a mi casa. Le dije a Darío que yo sabía dónde estaban sus bolitas. Pero él tampoco quiere subir a buscarlas.

Márgara Averbach

Nito Busca a su Mamá

Nito se asomó al espejo del arroyo. Su lindo pico de pato se reflejó en el agua.

Por la orilla venía caminando Camila, seguida por sus cuatro patitos.

—Cuac, cuac —iban diciendo— Nos vamos a nadar, ¡cuác!

—¿Mami? —preguntó Nito.

A Camila se le erizaron las plumas y abrió las alas para que los pompones amarillos se escondieran debajo.

—¡Atrás, bicho feo! —graznó.

—¡Atrás, atrás! —corearon los patitos.

Nito los miró y después se miró las patas. Las de adelante y también las de atrás. No, no eran como las de ellos. Además, ninguna mamá iba a asustarse tanto al ver a su hijo. Y como Camila parecía estar a punto de repartir picotazos, Nito prefirió deslizarse en el arroyo y alejarse de ella.

El agua era fresca y le gustaba nadar, pero se sentía muy triste… ¿Es que él no tenía mamá? Y si tenía… ¿dónde estaba?

Un chapoteo cercano lo distrajo. La nutria Ramona estaba tratando de pescar su desayuno cuando se encontró, de pronto, frente a Nito.

—¡Quick! —chilló, sobresaltada, ante el raro visitante.

—¿Mami? —volvió a preguntar Nito, bastante dudoso.

—¿Mami? ¿Qué mami? —dijo Ramona con los bigotes de punta— Mis hijitos no tienen pico, ni patas como esas… El pelo… bueno, sí, se parece un poco. Pero estoy bien segura de que no soy tu mami. ¡Y ni pienso invitarte a desayunar conmigo! ¡Fuera, fuera!

Más triste que antes, Nito siguió la corriente, de vuelta al nido donde se había despertado, completamente solo, esa mañana.

Antón, el castor, trabajaba como siempre en su dique cuando lo vio pasar.

—¡Qué castor más raro! —pensó. Pero tenía trabajo de sobra, y no podía perder tiempo charlando con castores picudos y sin cola… Aunque le gustaría saber cómo haría para cortar troncos y ramitas sin unos dientes tan grandes y fuertes como los suyos…

Nito se metió en el nido, donde estaban aún los restos del huevo que le había servido de cuna.

—Mami… —suspiró al acostarse en el piso cubierto de hojas y pedruscos. Una lágrima gorda empezó a resbalar por su mejilla. Otra la siguió. Al rato, estaba rodeado de charquitos salados. Si no era pato, nutria ni castor… Camila tenía razón: era un bicho raro, feo, ¡horrible, horrible, horrible! ¡Y, además, sin mamá! Y cuanto más pensaba, más lloraba.

Unos ruidos afuera lo asustaron muchísimo. Eran voces que sonaban fuerte, pasos que hacían crujir los guijarros, quebraban ramitas y aplastaban la hierba.

Temblando, se fue al fondo de la cueva-nido.

—Allí, soltála allí —dijo un hombre, señalando un recodo del arroyo.

—Sí, por aquí la encontramos. El nido debe estar cerca —añadió la mujer, apoyando una jaula en el suelo.

—Ella lo hallará, no te preocupes.

—¡Menos mal que Fido no la llegó a tocar, pobrecita!

—Sí, hubiera sido una pena que la lastimara… El veterinario dijo que en esta época suelen tener crías…

—¡Ay, ojalá que sus bebés estén bien, todo el día solos!

—¡Esperemos que sí! Bueno, a ver…. afuera, señora, y disculpe…

Nito oía las voces sin entender nada, pero sabía que lo mejor era quedarse quietito y callado hasta que los ruidos se fueran.

Ya empezaban a alejarse, ¡qué suerte! Se sintió mejor. Pero justo cuando empezaba a sentirse a salvo, algo oscureció la entrada. El corazón le dio una vuelta carnero adentro del pecho y, por un ratito, hasta se olvidó de respirar. Un cuerpo largo y suave, parecido a una nutria, se deslizó por el túnel y un pico de pato asomó ante los ojos de Nito.

—¡Hijito! —murmuró Rina— ¡Qué suerte que estás bien! ¡Estuve tan preocupada por vos!

—¡MAMI! —gritó Nito, ya sin ninguna duda.

Porque Rina Ornitorrinca era igualita, igualita, a él.

Olga Appiani de Linares

Rulo de Preguntas

Melisa ata un extremo y después engancha el rulo abierto del signo de pregunta con otro que saca del bolsillo.

—¿Cómo se cerrará este rulo? —Y busca la pinza del abuelo. Hace fuerza porque el signo de pregunta se le mueve en las manos. Ya tiene una larga hilera, todos enganchados. Y otros cerca del limonero. Los deja así y regresa a la casa.

—Acá estoy, mamá —dice Melisa. Y corre hasta la cocina—. ¿Qué vamos a comer?

—¡Andá a lavarte las manos!

Y Melisa guarda la nueva pregunta en el bolsillo porque sabe que es inútil insistir cuando la mamá está cocinando. Después de comer, el papá está cansado y se sienta en el sillón un rato. Melisa aprovecha para acercarse y hablar con él.

—¿Por qué, papi, no va a venir la tía para mi cumple?

—Meli, andá a dormir temprano porque si no mañana no te levanta nadie. Beso. ¡Vamos!

Y ella guarda la pregunta en el bolsillo. Cuando llega al lado de su cama, saca una y otra y otra más… y las pone en la mesa de luz. Se acuesta con su pijama de soles y lunas bordadas.

Melisa sueña que está en el patio de su casa y ata una punta con otra, engancha rulos a otros rulos y levanta una pared de signos de pregunta y otra y otra más. Construye una torre alta. Después, el resto del castillo, una fortaleza de signos cuidadosamente enlazados.

Melisa también sueña con un puente de rulos panzones, palitos moldeables y puntos que se pegan como imanes. Y comienzan a llegar signos de pregunta que caminan. Y todo se puebla. Es un castillo ruidoso en donde las preguntas suenan vivarachas y libres. Se escuchan entre sí y se atan y desatan, juegan y resbalan por las curvas de los rulos. El sonido es casi una canción… y los signos de pregunta bailan…

“Por allí, por aquí, allá va, es ahora, te espera, no, no vienen, te escucho, más tarde, en la esquina…”

La letra va diciendo mientras todo se sacude. Y después se escucha otra canción más lenta…

“Esta tarde, está enojada, hay fideos, te extraño, voy a ir, no me gusta, besos, no quiero, a la noche te llamo, claro que voy, no me cuenten, a las tres…”

Y el baile se detiene y hay un ruido fuerte que sacude al castillo: “Riiiing”.

El despertador de Melisa desarma el sueño en el aire. ¡Plaf! La alfombra se cubre pero los signos de pregunta se esconden en los pelitos abrigados y se tapan.

—Melisa, apurate, dice la mamá —. Y Melisa remolonea resbalando por el puente que la baja del sueño a la cama.

—Ya voy…

Melisa abre la canilla de agua caliente y espera hasta que el espejo se vuelva un pizarrón de niebla. Dibuja.

¿?¿¿????¿¿¿¿?¿?

La mamá golpea la puerta.

—Dale, Meli. Te estamos esperando.

—Ya voy…

Melisa sube al auto y acercándose a los padres por el respaldo de los asientos les pregunta:

—¿Puedo ir a lo de la tía hoy?

Y el papá le dice:

—Sentate, Melisa, que no veo para atrás.

Mientras viajan, Melisa ata un extremo y después engancha el rulo abierto del signo de pregunta con otro que saca del bolsillo. ¿Cómo se cerrará este rulo? Mientras busca con qué, se distrae un momento. Respira muy cerca del vidrio. Y dibuja. Una tía y una nena de la mano, que caminan.

Graciela Vega

Tres Palabritas...Doce Letras

Esto comenzó hace muchos años. Cuando para ir a la escuela había que usar sí o sí guardapolvo o delantal. Los chicos, que a lo largo del año debían lucir como “blancas palomitas”, el diciembre en que terminaban el séptimo grado se desquitaban. Y lo hacían de un modo que a ellos les encantaba, pero que a sus mamás les causaba un ataque de caspa.

El último día de clases, unos a otros se escribían mensajitos de despedida sobre la blanquísima tela. Con fibra o lapicera, entre garabatos y dibujitos, se deseaban suerte en la vida, se agradecían los buenos momentos disfrutados en el aula y el recreo o se juraban amistad eterna, aunque también se colaba una que otra barbaridad.

Cuando le llegó el turno a Rubén Zapiola, él creyó que volvería a su casa con el guardapolvo sin un solo mensajito de sus compañeros. Era muy callado, tímido, vergonzoso; en clase casi ni respiraba y, en el patio, parecía una estatua.

Por eso, aquel último día, y para su sorpresa, sus cuarenta compañeros lo llenaron de mensajes, garabatos y dibujitos. Tal vez por lástima, compromiso o porque pese a todo, lo estimaban.

Así que contento como perro con dos colas, volvió a su casa y le mostró el guardapolvo todo colorincheado y rayoneado a su mamá. En vez de retarlo, ella se dedicó a leer cada uno de los mensajitos junto a él. Pero fue Rubén Zapiola quien descubrió aquellas tres palabritas, que en total sumaban doce letras, pero que le cambiaron la existencia.

Escrito con fibra morada en uno de los puños del guardapolvo, se leía: “Siempre te amé”.

Y estaba encerradito dentro de un corazón hecho con color rojo.

Aunque, tal vez por olvido o prudencia, no aparecía el nombre de la autora del mensajito.

Rubén Zapiola se puso colorado, el pulso le bailó un malambo y la sangre le bulló a punto de caramelo. Y cuando logró calmarse alguito, se dio cuenta de dos cosas. Una buena y otra, malísima.

La buena: pese a ser callado, tímido, vergonzoso, casi ni respirar y parecer una estatua, a alguna chica de su curso le gustaba. ¿Pero a quién? ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Trató de recordar alguna sonrisa, una miradita, un par de pecas… pero a su mente no llegaba ninguna carita que pudiera ser la de su fan.

La malísima: jamás volvería a ver sus compañeras, ya que ahora seguía la secundaria. ¿Cómo sabría quién era su enamorada anónima? ¿De qué modo podría averiguarlo?

Por supuesto que, cuando su mamá le anunció que metería el guardapolvo al lavarropas para que al año siguiente lo usara su hermanito, Rubén Zapiola se negó a capa y espada.

—Quiero guardarlo como recuerdo— mintió, y se fue a su cuarto a repasar con la mente rostros, actitudes, palabras para ver cuál pudo haberle escrito aquel mensaje.

Picadísimo por la duda, esas vacaciones intentó rastrear a la posible admiradora. Fue casa por casa de sus ya ex compañeras con el guardapolvo y mostrándole el puño con las tres palabritas, que en total sumaban doce letras, preguntaba:

—¿Fuiste vos la que me lo escribió?

Todas las que pudo consultar le respondieron con un rotundo ¡no! Y cuando llegó marzo, apenas había consultado a la mitad de las potenciales autoras sin haber resuelto el misterio.

Comenzó la secundaria y, aunque ya no tenía tiempo para la búsqueda, no se separó jamás del guardapolvo. Y esas tres palabritas, que en total sumaban doce letras, le hormiguearon en la mente y el alma.

Cuando tenía algún examen difícil, se lo ponía y se sentaba a estudiar. Entonces, se sacaba diez. Si estaba triste, se lo colocaba como una bufanda y en segundos, volvía a sonreír. Algo parecido hacía cuando sus papás se peleaban, él se enfermaba o tenía miedo. A veces, cuando no se podía dormir, en susurros repetía:

—Siempre te amé… siempre te amé… siempre te amé —. Y pronto lo mecía el sueño.

Llegó el momento en que las chicas de su edad comenzaron a coquetearle. El les devolvía la atención, pero ahí nomás la arruinaba. En vez de conversar de tonteras o el tiempo, les preguntaba:

—¿No conocerás a una chica que una vez con fibra morada me escribió en un puño: “siempre te amé”, y lo encerró en un corazón color rojo?

Con eso, solamente las espantaba y pronto ninguna se le quiso acercar. Y en su timidez y soledad, volvía a su cuarto. Se ponía el guardapolvo y repetía aquellas tres palabritas, que en total sumaban doce letras.

Tanto llegó a apreciarlas, que un día se largó a escribir historias. Todas de amor, con él y su anónima enamorada como protagonistas. Además, de un modo u otro, contenían aquellas palabritas. Las escribía sentadito en el banco de una plaza, a la mesa de un café o a la orilla del lago, siempre con la vista clavada en el guardapolvo.

Un día debió elegir una carrera. Y tantas eran las historias románticas que había creado, que se decidió por ser escritor. No pasó mucho tiempo hasta que sacó un libro con sus cuentos, en los que al principio, al medio o al final aparecían esas tres palabritas, que en total sumaban doce letras.

Le fue bien. Siguieron otros libros, que los lectores adoraron y la crítica alabó. El, a nadie le confesó que los creaba vistiendo o mirando el guardapolvo y para inspirarse, repetía aquellas tres palabritas, que en total sumaban doce letras.

A veces, en su más cándida fantasía se imaginaba a una muchacha de su misma edad, que en algún lugar opuesto de la ciudad o del planeta, ocupaba su tiempo yendo casa por casa, preguntando:

—¿No conocerá a un muchacho a quien una vez con fibra morada le escribí en un puño: “siempre te amé”, y lo encerré en un corazón color rojo?

***

Graciela, se llamaba. La conoció una tarde en que Rubén Zapiola venía por la vereda pensando en su próxima novela. Casi se chocan de frente, pero cuando se vieron se gustaron, se sonrieron y algo sintieron. Por eso, se guardó su eterna pregunta. En cambio, la invitó a caminar juntos y tomar un helado.

Se hicieron amigos, luego novios. A los meses se casaron y con el tiempo, tuvieron tres hijos. Rubén Zapiola se fue haciendo un escritor cada vez más famoso. Pero ni siquiera a Graciela le confesó su secreto del guardapolvo y de pensar en esas tres palabritas, que en total sumaban doce letras.

Hasta el día en que ella se lo descubrió. Colgaba las camisas que recién le había planchado y, en un rincón del ropero, pendiendo de una percha vio un guardapolvo colorincheado y rayoneado. Y, a esa altura, bastante deshilachado.

Quiso tirarlo, pero él llegó para detenerla justito a tiempo. Asombrada, le pidió explicaciones. Y Rubén Zapiola debió confesarle por qué la vieja prenda escolar era tan importante para él. Se lo contó con punto y comas. Y contrariamente a lo esperado, en vez de agarrarse una rabieta o un atacote de celos, Graciela lo comprendió.

—Alguna vez quien te escribió esas palabras va a aparecer —le dijo acariciándole dulcemente la cabeza—. Quien escribe “siempre te amé”, te está diciendo: “siempre te voy a amar”.

Los días sumaron meses y los meses, años. Las novelas y cuentos de amor de Rubén Zapiola fueron cada vez más exitosos. Graciela siguió amándolo y jamás le recriminó que guardara ese guardapolvo con aquellas tres palabritas, que en total sumaban doce letras, escritas en el puño.

Juntos llegaron a viejitos. Los hijos se casaron y les dieron nietos. El mundo, esperaba cada vez con mayor hambre las novelas o cuentos de amor de Rubén Zapiola.

La vida quiso que Graciela enfermara gravemente. Y cuando estaba a punto de cerrar sus ojos para siempre, se dio un último respiro para decirle a su esposo:

—Nunca dejés de buscarla. Tarde o temprano la vez a encontrar. Recordá que quien escribe “siempre te amé”, te está diciendo: “siempre te voy a amar”.

Rubén Zapiola lloró mucho la despedida. Y luego de un tiempo, para recuperarse se dedicó a buscar a la autora de esas tres palabritas, que en total sumaban doce letras.

A esa altura, el guardapolvo parecía un trapo. El lo ponía en una bolsita de supermercado y se lo llevaba, mientras andaba o desandaba las calles. Volvió a su barrio de la niñez. Golpeó puertas, pero quienes atendían no comprendían la pregunta o qué andaba buscando.

Como era famoso, aprovechaba cada aparición televisiva, reportaje radial o entrevista para preguntar:

—¿No conocerá alguno a una chica que una vez con fibra morada me escribió en un puño: “siempre te amé”, y lo encerró en un corazón color rojo?

Y en su fantasía no perdida, seguía imaginando a una viejita como él que, en algún punto del planeta, golpeaba puertas para averiguar:

—¿No conocerá a un viejito a quien una vez con fibra morada le escribí en un puño: “siempre te amé”, y lo encerré en un corazón color rojo?

***

Los años no se quedaron quietos. Las polillas se fueron comiendo el guardapolvo y sólo quedó el puño con el mensaje escrito en fibra.

Ya Rubén Zapiola era el típico escritor con canas, encorvado y arrugado. Pero sus novelas y cuentos de amor eran cada vez más bellos, frescos y joviales. Y en todos seguían apareciendo esas tres palabritas, que en total sumaban doce letras. Tampoco dejó de buscar y a donde fuera llevaba el puño en un bolsillo del saco.

Ganó un importantísimo certamen literario gracias a su obra cumbre, titulada “Tres palabritas… doce letras”. Cuando subió al estrado a recibir el premio, luego de agradecer a su finada esposa, hijos, nietos, bisnietos y tataranietos así como a sus fieles lectores, aprovechó el micrófono para preguntar:

—¿No conocerá alguno a una chica que una vez con fibra morada me escribió en un puño: “siempre te amé”, y lo encerró en un corazón color rojo?

Algo frustrado y un poco vencido, bajó del estrado y se sentó tras una mesa para firmar los ejemplares de su libro a cientos de admiradores que aguardaban en fila, sosteniendo un ejemplar en sus manos.

Rubén Zapiola firmaba y preguntaba:

——¿No conocerá a una chica que una vez con fibra morada me escribió en un puño: “siempre te amé”, y lo encerró en un corazón color rojo?

Muchos le decían simplemente que no, otros no entendían la pregunta o qué andaba buscando; algunos en cambio pensaban que con los años aquel genial escritor había enloquecido.

Se hacía de noche. Tenía la mano cansada de tanto firmar y la voz cascada, agotada de tanto preguntar. Ya quería irse, cuando un lector le pasó el ejemplar número dos mil cien de su novela.

El escritor, con la cabeza gacha, abrió la tapa y automáticamente iba a firmarlo. Pero en la portadilla leyó:

“Siempre te amé.”

Estaba escrito con fibra morada algo reseca, y encerradito dentro de un corazón hecho con color rojo bastante reseco.

Levantó la mirada y se topó con una viejita. Canosa, encorvada y arrugada como él. Le sonreía y sus ojos estaban bañados de emoción.

Primero, pensó que tal vez era una broma pesada, un chiste cruel o alguna admiradora que se aprovechaba. Pero luego, Rubén Zapiola la observó tratando de recordar alguna sonrisa, una miradita, un par de pecas…

—¡Ah, era vos! —dijo cuando finalmente en la mente se le dibujó una carita del pasado y pudo reconocer a una de sus antiguas compañeras de escuela.

Automáticamente, del bolsillo sacó el puño y lo puso sobre la mesa. A su vez la viejita sacó de su bolso dos fibras, de aquellas que se usaban hacía años. Una era morada y la otra, color rojo.

Rubén Zapiola pensó en las últimas palabras de Graciela. ¡Tenía razón!: tarde o temprano la iba a encontrar. No supo qué decir. Qué hacer. No quiso saber quién era. Y si en verdad era ella.

Se convenció de que su búsqueda había terminado. Y de que tal vez, pese a todos los años vividos y los pocos que le quedaban, podría recuperar el tiempo perdido.

No le quedaron dudas cuando la viejita tan canosa, encorvada y arrugada como él, le dijo:

—Quien escribe “siempre te amé”, te está diciendo: “siempre te voy a amar”.

Fabián Sevilla

Yo y mi Yeti

Mi Yeti es peludo y suave, tan blando por fuera que parece de peluche; pero tan duro por dentro como si todavía no hubiera terminado de descongelarse. Cuando abrió los ojos, mi mamá dijo:

—Son como espejos de azabache, como escarabajos de cristal negro…

Yo no sé lo que es “azabache”, pero a mí me parecen más bien como dos cucarachas recién salidas de una sartén.

A mi Yeti le gustan, como a mi mamá, los gatos; pero a él para comérselos.

Nosotros no tenemos gato porque a mi papá lo hacen estornudar, así que mi Yeti sólo puede comerse los que andan por nuestra terraza cazando gorriones.

Lo encontramos de cachorrito en Patagonia, flotando en un lago, dentro de un pedazo de hielo de glaciar. Mientras se iba descongelando al lado de la parrilla del asado de trucha, Yo le dije a mi papá si podíamos quedárnoslo, que él me había prometido que si encontrábamos un dinosaurio patagónico vivo me lo podía llevar a casa.

Fue ahí que él me dijo que le parecía que era un Yeti o Abominable Hombre de las Nieves, que dinosaurio seguro que no era.

Aunque no sé si dijo así o “abdominable”, porque creo que “abdomen” es lo mismo que panza, y mi Yeti es panzón.

Mientras mi mamá acunaba y secaba a esa cosita recién descongelada, mi papá me dijo:

—Bué, podés quedártelo,… por lo menos no tengo que comprarlo.

De eso hace como un año; ahora ya nació mi hermanita y mi Yeti creció bastante; ayer lo medimos y ya es como dos centímetros más alto que mi papá.

La verdad es que mi Yeti no tiene buen carácter, y es bastante cascarrabias.

En nuestra cuadra había un señor al que también le gustaban los gatos para comérselos; pero hace una semana que no lo vemos más; justo mi Yeti empezó a estar de mejor humor, pero no creo que haya sido él; yo había visto a ese señor discutir con las dos viejitas que les dan de comer a los gatos del barrio, capaz que fueron ellas.

Hoy mamá me dijo que ella iba a salir a hacer unos trámites, y por lo tanto yo tendría que quedarme a cuidar a la bebé toda la tarde; pero yo ya arreglé con mis amigos para jugar al fútbol en la plaza, y no les puedo fallar.

Ya decidí quién se va a quedar a cuidar a mi hermanita; así que le expliqué a mi Yeti que ella no es un gato: le mostré que no tiene cola larga, orejas puntiagudas ni bigotes, y además le hice oler que lo hay bajo esos pañales no es comestible.

Andrés Sobico

Pikin kiwi

Mi padre dice que si esto del pikin de los kiwis sigue así, en menos de un año podremos comprar una casa e irnos a vivir en ella. Dice que en la isla del sur es más barato, así que seguro iremos para allí. Por ahora seguimos alojados en la huerta, en el galpón grande, donde guardan el tractor. Tenemos una pieza y un baño. El capataz, Sam, nos dejó instalarnos cuando llegamos. Y ahí estamos.

No te lo dije todavía, pero yo vine a Nueva Zelanda desde las Islas del Delta. Vine con mi padre y con mi madre. Vine cuando ellos se quedaron sin trabajo y en casa estábamos pasándolo mal.

Un amigo de papá le dijo que aquí había trabajo para el que quisiera. Que si se trabaja en algo, y se trabaja en serio, se vive bien. También le contó que el clima es parecido al de nuestras islas, así que no nos costaría mucho acostumbrarnos. Por el idioma, dijo que no nos preocupáramos, que de última, sabiendo un poco de inglés, alcanza. Así que mi padre y mi madre resolvieron vender todo lo que teníamos en Puerto Bidondo –que no era mucho– y con la plata que sacaron de la venta compraron tres pasajes de avión y algunos dólares para los gastos de los primeros días. Y así nos largamos para acá. A probar suerte, como dice mi madre. Y aquí estamos, recogiendo los kiwis de esta huerta, cobrando por cada pack que llenamos con frutas.

Al principio yo no quería venir, pero al final vine. ¿Qué iba a hacer si me quedaba en Puerto Bidondo? ¿Irme a vivir con mis abuelos? ¿Vivir con mi tía y mis primos chiquitos? No tenía mucha opción: o me venía o me venía. Y me vine.

A veces extraño a mis amigos, sí, pero mi padre me dijo que en un año, después de que compremos la casa, iremos a pasar unas vacaciones al Delta, para ver a la familia y a los amigos. Así que es cuestión de esperar: hacer mucho pikin, mucho pack, ahorrar dinero, y esperar.

Mientras espero, además de ayudar en la huerta a mis padres, salgo de paseo por la isla. Casi todas las tardes, tomo la bicicleta y me voy a recorrer la costa.

Hay una zona alta donde la playa se corta como una rosca de chicharrones y se forma un gran acantilado. Me gusta ir ahí para sentarme a mirar el mar. Me gusta mirar cómo se forman esas nubes largas, blancas, que parecen dormir sobre la línea del horizonte, disputándole el color al cielo, que por aquí casi siempre está bien azul.

Días atrás, mientras estaba allí sentado, conocí a una niña maorí. Ella iba caminando por el borde rocoso del acantilado y llevaba a rastras, atado con una piola, a un animal que, primero, me pareció un pavo chiquito, pero después pude ver que no era, que era otro bicho distinto.

Cuando la niña se me acercó le pregunté qué animal era ese.

—¿Qué tienes ahí? —le dije, con un inglés bastante rudimentario.

—Un kiwi —contestó la niña, con otro inglés que, a mi oído, sonó tanto o más rudimentario que el que yo había traído del Delta.

Al principio pensé que la niña no había entendido la pregunta. Me quedó claro que ella había dicho “kiwi”. Pero para mí, un kiwi era una fruta; y yo le preguntaba por el animal. Luego iba a saber que los kiwis también son aves, pero en ese momento no lo sabía, y no entendí. Y como no entendí, quedé medio aturdido. Y así no supe cómo seguir charlando con ella.

La niña estuvo un rato dando vueltas con su kiwi, y se fue. En ese momento me quedé intrigado por saber qué animal era aquél, y por qué la niña lo llevaba atado.

Cuando volví a la huerta, les comenté a mis padres el encuentro. Sam escuchó la historia y me contó que los kiwis también eran aves. Dijo que en Nueva Zelanda primero existían las aves y después vinieron las plantas y las frutas. Hace unos cien años —contó Sam— los ingleses trajeron las primeras plantas de kiwi desde la China, y dieron a las frutas el mismo nombre que los maoríes daban a las aves, porque tienen algo parecido, ¿verdad?

Reparé en la forma oval de las frutas, y en su piel con pelos que parecen plumitas.

—¡Es cierto! —exclamé—. ¡Los kiwis se parecen a los kiwis!

Arriba de la mesa, sobre una servilleta de tela, había un kiwi de los del pikin de la tarde. Entonces tomé tres escarbadientes y los clavé en el fruto. Dos hacían las veces de patas, y uno quedaba como un pico. Lo paré sobre la mesa y le dije a Sam:

—Un kiwi haciendo de kiwi —. Y Sam se rió, y mis padres también festejaron la ocurrencia.

Esa noche, antes de dormirme, pensé en la niña maorí y en su kiwi. ¿Por qué lo llevaría atado como si fuera un perro? ¿Sería peligroso?

Días después, paseando por el acantilado, volví a encontrarme con la niña maorí. Tal como la vez anterior, la niña iba paseando su kiwi atado con una correa. La correa era una vistosa trenza tejida con hilos de muchos colores. Cuando se me acercó la saludé y ella me devolvió el saludo. Era la oportunidad para preguntarle por qué llevaba atado su kiwi.

—¿Cómo se llama tu kiwi? —le pregunté primero, porque pensé que era más cortés iniciar así la conversación.

Como si hubiera entendido que hablaban de él, el kiwi estiró la cabeza desde la bola de plumillas que formaba su cuerpo. Con un gesto tímido pero orgulloso, me enseñó su pico largo y curvado.

—Se llama Apterix —respondió la niña.

—¡Como el galo de las historietas! —repuse.

—¿Como quién?

—Asterix, el galo que lucha contra los romanos. Es el héroe de una historieta.

—No lo conozco —dijo ella—. No importa. Pero déjame aclararte que mi kiwi tiene una pe en lugar de una ese… Ap-te-rix —repitió, chasqueando los labios para adentro, haciendo sonar la pe, y recortando la palabra, como para que no hubiera dudas.

—Ap-te-rix —repetí yo, para que ella se diera cuenta de que había entendido y había aprendido el nombre de su mascota.

Todo esto lo hablábamos en inglés. Quizás no fuimos tan claros como ahora te lo cuento, pero palabras más, palabras menos, eso nos dijimos. Después nos quedamos un rato callados.

Yo observaba al kiwi tratando de descubrir por debajo de su cáscara de plumitas las formas de las alas. Pero no pude casi adivinarlas, y es que las alas —luego lo descubrí, cuando ella me las enseñó de cerca—, parecían dos pequeños muñones.

—¿Qué le ha sucedido en sus alas? —la había interrogado.

—Son así —respondió la niña. Tomó al kiwi en brazos y, mostrándomelo de cerca, dijo—. Los kiwi tienen unas alas tan chiquitas que ni se notan. Por eso no pueden volar.

—¿Y corre muy rápido? —le pregunté.

—Ni tanto.

—Y entonces, si no corre ni vuela, ¿por qué lo llevas atado?

La pregunta hizo que la niña me contara una larga historia. Así me enteré de que ella vive desde hace poco en esta zona de la isla. Sus padres abandonaron la aldea donde habitaban buscando un futuro mejor para ellos y para la pequeña. Así dijo: un futuro mejor. Ella no entendía eso de mejorar el futuro alejándose de su tierra y sus amigos, y por eso no quería salir de su aldea. Para convencerla, su padre le prometió que podría llevar un kiwi como mascota. La niña siempre había querido tener un kiwi, pues era su animal preferido. Así que, tras pensárselo un poco, aceptó la propuesta. El día de la partida, su abuelo le trajo a la niña el kiwi prometido.

Cuando el abuelo le entregó el kiwi a la niña, le advirtió que lo cuidara mucho. Que tuviera presente que los kiwis intentan volar aunque no puedan hacerlo, y que muy a menudo eso les cuesta la vida, pues suelen saltar desde las alturas y se estrellan contra el piso. También le dijo que su kiwi era un macho, y le explicó que son ellos los que empollan los huevos que ponen las hembras, así que, si en algún momento lo juntaba con una hembra, tenía que prepararle un nido para empollar. Entonces la niña le preguntó a su abuelo si en el lugar al que iba con sus padres había hembras de kiwi. El abuelo no supo qué responder, y la niña no preguntó más.

Desde que vive en esta zona de la isla, no encontró ninguna hembra de kiwi, así que nunca tuvo que construir un nido para Apterix. Pero como ahí está el acantilado, me dijo, y señaló hacia abajo, hacia el mar, ella tiene que cuidar que el kiwi no intente volar. Por eso —terminó de explicarme— cuando sale de su casa le pone al kiwi la correa de trenza, pues le da miedo que vaya a tirarse para abajo, intentando un vuelo para el que no está preparado.

¿Por qué será que si los kiwis no pueden volar, igual lo intentan? Eso me quedé pensando luego que la niña me contó toda aquella historia. Pero no le pregunté nada, porque me pareció que hablar de su kiwi, su abuelo y su aldea, la había puesto un poco triste, así que cambié de tema y me puse a contarle de la huerta y del pikin. También le conté algo del Delta, y de unos animales parecidos al kiwi pero mucho más grandes, que se llaman ñandúes. Después le hablé de mi ciudad, Puerto Bidondo, que tiene un muelle viejo y un muelle nuevo sobre el río, que en realidad no es un río sino muchos ríos juntos que se desparraman entre un racimo de islas antes de llegar al mar. Quise decirle que eso se llama delta, pero no sabía la palabra en inglés, así que no lo dije, y creo que al final ella quedó confundida sobre qué demonios era El Delta donde yo vivía.

Cuando volví a la huerta les conté a mis padres la historia de la niña. Como Sam andaba por ahí, le pregunté si él sabía por qué los kiwis intentan volar cuando no pueden hacerlo.

Sam me explicó que eso, seguramente, es una cuestión de instintos. Los kiwi tienen unas alas que no les sirven para volar, dijo, pero que no dejan de ser alas… ¿verdad? Entonces, teniendo alas, deben tener el mismo instinto que todos los pájaros, y eso los lleva a querer volar. Cuando lo intentan, no pueden hacerlo. Pero igual no dejan de intentarlo, pues el instinto es como una necesidad… ¿verdad?… “Es como un sentimiento muy fuerte”, terminó diciendo Sam.

Aunque no podía contestarle si eso era verdad o no, creo que entendí algo de lo que Sam me explicó. Y creo que entendí por qué la niña maorí ataba a su kiwi como lo ataba. Seguro que si Apterix no encontraba una hembra con la que empollar, iba a querer volver a su aldea. Y para eso iba a intentar volar. Y si se tiraba por el acantilado terminaría aplastado contra las rocas de la playa, o ahogado en el mar. ¿Puede ser tan fuerte su deseo de volar como para que termine matándose? El deseo de mantenerse vivo, que, supongo, también es un instinto: ¿no debería evitar que el kiwi se mate intentando cumplir su otro anhelo, el de volar? Te lo pregunto para saber qué dices de esto, pues a mí me trae un poco confundido.

Y hablando de confusión, fíjate cómo termina esta historia.

Ayer de tarde volví a encontrarme con la niña maorí y su Apterix. Iba paseando con mi bici por el acantilado cuando la vi. Allí estaba ella, igual que las veces anteriores, llevando su kiwi a rastro, atado con la correa de trenza.

Como yo me había quedado pensando en eso de los instintos, y los deseos, y los anhelos de volar, le repetí a ella las preguntas que acabo de hacerte. La niña maorí se quedó callada un rato largo. Estaba como pensando, o recordando, o quizás soñando con los ojos abiertos… no sé.

Pero después hubo un momento, fue como un flash, fue como si la hubiera tocado un rayo: se levantó y me dijo que soltaría al kiwi. Que de última, a él le correspondía decidir si era mejor seguir vivo sin volar, o volar sin seguir vivo. Así dijo, tajante, definitiva.

Terminó de decir eso y desató la correa del cuello del animal.

El kiwi salió caminando, despacio, picoteando en el suelo aquí y allá. La niña se dio vuelta y se fue. Yo dudé qué hacer, si quedarme a vigilar que el kiwi no fuera para el lado del acantilado, o seguirla a ella, acompañarla adonde fuera que fuese.

Al final hice esto último. Me subí a la bicicleta y me le acerqué. Ella iba caminando con la cabeza agachada. Yo daba pedal despacito. Anduvimos un tramo así, en silencio, hasta que ella se echó a correr por un camino que arrancaba desde la carretera hacia arriba, para el otro lado del mar.

No quise seguirla. Tampoco quise mirar hacia atrás, hacia donde habíamos dejado al kiwi.

Hoy he vuelto a ir a esa zona del acantilado pero no encontré a la niña maorí. Lo que sí encontré, tirado al costado de la carretera, fue la trenza de colores. La recogí y la enrollé en el manubrio de la bicicleta, atándola con una moña que, cuando voy andando rápido, parece aletear como un pájaro.


Germán Machado Lens

Ganas de Volar

Tengo una abuela astronauta. Muchos años trabajó en la NASA y se acaba de jubilar. Dice que quiere estudiar para chef porque antes, con todo lo que viajaba, nunca tenía tiempo para hacerse ni un huevo frito.

Ahora que yo estoy más grande, le entiendo mejor cuando cuenta sus historias planetarias. La verdad es que en casa no la escuchan, creo que piensan que miente un poco. Además, a nadie en mi familia le importa si sale el arco iris en Saturno, o si nace o muere una estrella.

A mí me encanta escucharla y yo también quiero ser astronauta. Por eso estoy contento de que esté más tiempo cerca y le insisto para que venga a visitarme. A veces viene pero se va enseguida. Casi siempre se enoja con mi mamá y le dice que se va a ir a Marte en cualquier momento. Siempre le escucho decir que tiene ganas de volar.

Creo que se está fabricando un cohete espacial en el fondo de su casa. Eso me lo contó cuando le pregunté cómo era que se iba a ir Marte si ya no trabaja más para la NASA. Que guarde el secreto, dijo mi abuela y a lo mejor, ahora que estoy crecido –como dicen– la puedo ayudar así de paso aprendo algo de astronáutica.

Esta tarde cuando salga de la escuela me pego una corrida y le digo que no perdamos más tiempo. Quiero saber si ese cohete va a funcionar.

Son como las dos de la tarde y allá viene mi abuela de su curso de cocina y con una torta en la mano. Aprende rápido, mi abuela. Yo la apuro con el asunto del cohete y le pido verlo. Ella me contesta:

—Por ahora tiene forma de otra cosa.

—Abu, no me estarás mintiendo, ¿no? —. Y la miro a los ojos.

—Vení a verla —me dice.

—¡Eso es una hamaca!

—Por ahora sí, te lo dije —aclara la abuela.

—No entiendo, abu, ¿qué tiene que ver esta hamaca?

Tengo que ser paciente si quiero ser astronauta. Y me pide que suba a la hamaca y yo no quiero porque me estoy poniendo grande.

—Hamacarse es cosa de nenitos —le digo y ella insiste. Me niego varias veces. Hasta que se sube ella y me explica cómo sentarme: tirando el peso del cuerpo hacia atrás y levantado las piernas para el cielo. Ahora me dice que suba y bueno… le hago caso esta vez.

—¡Que nave ni ocho cuartos, abu! —. Y mi abuela me empuja. La hamaca se balancea. Que cierre los ojos, me pide. Y yo voy y vengo en el aire. Y después voy más arriba y el vaivén de la hamaca me da viento en la panza.

¡Uauh! No abro los ojos y comienzo a volar. Todo mi cuerpo se cubre de sensaciones nuevas, detrás de los ojos cerrados, bien adentro, se forma un arco iris. Se me había olvidado cómo era. ¡Estoy volando! Cuando bajo le doy un abrazo a mi abuela. Y vamos a comer la torta.

—Pero abu —le digo—, mirá que vas a tener que contratar a un ingeniero si querés darle forma de nave.

—Y sí —dice—, es cierto. Ya tenemos una buena parte. Con las ganas de volar se empieza.

La hamaca se balancea a nuestras espaldas, el sol le pega en las cadenas y, lentamente, se cubre de una luz de metal. Como una nave gira sobre sí misma. ¡Está por despegar!


Graciela Vega