El Cocodrilo de mi Tío

No. No es que mi tío sea un cocodrilo. Es que, a veces, las palabras suenan enredadas y hay que hacer un esfuerzo para decir lo que uno quiere decir. Y aunque siempre me divierta jugar con las palabras, esta vez se trata del genio y figura de mi tío Coco. Por eso aclaro: no. El pobre no es dientudo ni feroz, ni tiene la culpa de que se le haya instalado semejante inquilino en el bolsillo. Un cocodrilo. Verde furioso. Guardián de todas las monedas que el tío va poniendo en el bolsillo derecho de su pantalón.

Aunque no me lo diga, yo sé que anda en problemas con el asunto de su cocodrilo. Lo descubrí hace un tiempo, aquella vez que lo ayudé a lavar la bicicleta y el tío quiso recompensarme. Puso la mano en el bolsillo y tardó en sacar quince centavos. Vi que transpiraba. Mucho transpiraba. A lo mejor la bestia lo lastimó injustamente.

Pobre tío Coco. Lo doloroso que le debe resultar meter la mano en el bolsillo. Me temo que un día de éstos va a terminar enyesado. Seguro, si las cosas siguen así…

Debe ser duro luchar con un cocodrilo embolsillado.

Yo hago intentos por ayudarlo, le pido plata sólo para ver si se asoma el reptil. Espío, pero nada. El cocodrilo de mi tío no se deja ver. Por eso lo imagino. Africano, eso dicen que es. De fauces enormes y malhumorado. Es como una alcancía viviente.

¡Qué bronca que me da no ser Tarzán para agarrarlo de la cola y revolearlo! Sin embargo, no se crean que es tan sanito que digamos porque hace unos días, cuando el tío le trajo un regalo a la abuela, escuché que –entre risas– mi mamá decía que el cocodrilo se le había desmayado. Y la vez que lo cruzamos en el supermercado, decían que lo tenía en terapia intensiva.

Mi tío andaba con una cara de preocupado bárbaro, a él siempre le gustaron los animales, sería por eso que andaba tan desesperado.

“No hay derecho”, me dije. Mi tío es mío, así que esa misma tarde decidí ir a ver al veterinario del barrio para que me explique qué hacer.

—¿Un cocodrilo en estos pagos? —dijo casi enfurecido. Y habló del África, del tráfico de fauna y de restituir al cocodrilo a su lugar natal.

Me parece que se armó lío, porque ayer el veterinario fue a casa y salió con una cajita llena de agujeros. El tío quedó triste. Se quejó mucho. Le oí decir que iba camino a la ruina total. Esa misma tarde trajo regalos para todos. Sería la tristeza. ¿Tanto extrañaría a su mascota? Yo le recomendé comprarse un perro, pero no me hizo caso.

Anoche hubo una reunión familiar y el tío anunció su viaje a Corrientes. Me puse re-contento, seguro que Coco se iba a reponer con unos días de vacaciones. Pensé en las cosas que iría a traerme.

Hoy, antes de partir, el tío me acarició la cabeza y me dijo:

—Si tardo un poquito, no te preocupes, por ahí no vuelvo solo…

Me quedé pensando en la última frase que le alcancé a oír, mientras subía al micro:

—Querido sobrino, por suerte vivimos en el país de los yacarés.

Graciela Vega

El Problema de los Osos

Los osos se fueron acomodando en la cueva. Había asamblea general. Al frente, sobre una roca, el Oso Ambicioso presidía la reunión. A su derecha y a su izquierda, sobre rocas más chicas, estaban la Osa Rencorosa, Ministra de Conflictos, y el Oso Calamitoso, Ministro de Desastres.

El Oso Ambicioso gruñó para aclararse la garganta.

—Como todos saben —dijo—, los osos tenemos un problema.

En la primera fila, la Osa Lacrimosa ya estaba llorando. Escondido tras un biombo, el Oso Monstruoso hizo unos ruidos que querían decir que estaba de acuerdo.

—Nuestros sabios antepasados —siguió el presidente—, el Oso Goloso y la Osa Bondadosa, ganaron prestigio, fama y trabajo en los cuentos infantiles para todos los osos, gracias a la gran idea de usar nombres con rima. Sus descendientes, el Oso Hacendoso, la Osa Hermosa, el Oso Mimoso, tuvieron vidas felices, queridos por todos. También la Osa Graciosa, el Oso Generoso, la Osa Cariñosa

Un poco apartada, la Osa Olorosa le guiñó un ojo al Oso Apestoso. Encadenado fuera de la cueva, el Oso Peligroso rugió. El Oso Piojoso, rodeado por un espacio vacío, se rascaba la cabeza.

—Con el tiempo —dijo el Oso Ambicioso— las cosas empezaron a desmejorar. El Oso Bullicioso tuvo algunos contratiempos. La Osa Caprichosa ya no recibió tantas muestras de cariño. Y así llegamos hasta el día de hoy, en que nuestros nombres, por decirlo con suavidad, han dejado de beneficiarnos.

—Al mío lo quiero borrar de la existencia —rugió la Osa Furiosa.

—Pues los nuestros, sin embargo, son de gran valor —dijeron a coro el Oso Presuntuoso y el Oso Vanidoso.

—A mí me hicieron una verdadera chanchada —gruñó el Oso Asqueroso.

La Osa Temerosa pensó en comentar algo, pero no se atrevió. El Oso Ambicioso pidió silencio, mientras a su derecha la Osa Rencorosa mostraba los colmillos y a su izquierda el Oso Calamitoso se caía de la roca.

—Debemos resolver el problema de los osos —dijo el Oso Ambicioso cuando pudo hacerse oír otra vez—. Y el motivo de esta asamblea es escuchar propuestas para lograrlo.

El Oso Fastidioso ya estaba levantando la mano.

—Fácil —dijo en cuanto le dieron la palabra—. Usemos nombres de personas. El Oso Ignacio. La Osa Alicia. El Oso…

Los rugidos de indignación no lo dejaron seguir.

—¡No caeremos tan bajo! —protestaba la Osa Orgullosa.

—¡Nadie se conformará con tan poco! —repetía el Oso Pretencioso.

A partir de entonces, nadie esperó que el Oso Ambicioso le diera la palabra.

—¡Ya lo tengo! —rugió la Osa Ruidosa—. ¡Nombres de lugares! El Oso Atlántico, La Osa Australia

—¡No, de objetos! —rugió todavía más fuerte el Oso Escandaloso—. El Oso Trampolín. La Osa Escopeta

—¡Ni hablar! —rugió por dos la Osa Tumultuosa—. ¡Nombres de plantas! El Oso Orégano. La Osa Bromeliácea

El ruido, dentro de la cueva, llegó a ser ensordecedor. De nada servían los intentos del Oso Ambicioso, la Osa Rencorosa y, menos, el Oso Calamitoso, para crear orden. Algunos empezaban a rasguñarse y morderse, como si no fueran osos civilizados. Hasta que en medio de la cueva, alta, imponente, se alzó la Osa Pomposa y miró a su alrededor, con la vista justo por encima de las cabezas de los demás.

Poco a poco la algarabía se fue calmando, los osos y osas se sentaron otra vez, y el silencio volvió a la cueva. El Oso Ambicioso pensó que era su deber darle la palabra a la Osa Pomposa, pero estaba completamente afónico y lo único que pudo hacer fue señas con la cabeza.

—Estimados osos, estimadas osas —dijo pausadamente la Osa Pomposa—. Considero esta discusión de singular importancia, y particularmente valiosas todas las propuestas que se han dirimido hasta el momento. Sin embargo, y si los aquí presentes me lo permiten, debo observar que las ideas expresadas carecen de visión de futuro. Cada clase de nombre que se ha sometido al debate tiene un número limitado de posibilidades. Cualquiera de ellas que eligiéramos nos llevaría, ineludiblemente, a situaciones como la que padecemos hoy.

Algunos osos y osas ya estaban bostezando, pero en general la concurrencia se daba cuenta de que la Osa Pomposa tenía razón. Eso sí, seguro que podía decirlo con menos palabras. El Oso Nervioso fue el primero en perder la paciencia.

—¿Y entonces qué? —rugió mientras se tiraba de los pelos.

—Existe un recurso infinito —dijo la Osa Pomposa, sin apurarse—. Un recurso, y subrayo que es uno, solo, único, sin parangón en el universo.

—¿Cuál? ¿Cuál? —pidieron varios osos y osas.

—¡Ese recurso es el de los números! —dijo la Osa Pomposa—. Numeremos a las futuras osas y a los futuros osos, y así resolveremos nuestro problema hasta la eternidad.

Al principio hubo un silencio profundo, mientras los osos pensaban. El Oso Perezoso aprovechó para dormir una siesta. La Osa Cargosa quería protestar por algo, pero no se le ocurría qué. El presidente y sus ministros se miraron entre sí, y sin hablar descubrieron que a ninguno de los tres le disgustaba la idea.

—Yo digo que sí —anunció desde el fondo la Osa Presurosa.

—¡Yo dije que sí primero! —rugió el Oso Jactancioso—. ¡Aunque nadie me haya escuchado!

—Yo lamento decir que sí —gruñó la Osa Quejumbrosa.

Y de esta forma, poco a poco, los osos y las osas fueron dando su aprobación a la idea de la Osa Pomposa. Al rato, y porque el Oso Ambicioso seguía afónico, le tocó a la Osa Rencorosa anunciar que la decisión era unánime.

—Hubiéramos empezado por acá —dijo por último, sin poder contenerse.

Todos aplaudieron, rugieron, gruñeron y golpearon el piso para mostrar su entusiasmo. Todos, claro, menos el Oso Silencioso, que sólo movió la cabeza de arriba para abajo.

Un rato después, relajados y alegres, los osos salieron de la cueva al sol radiante de la tarde. Tan contentos estaban que hasta le quitaron la cadena al Oso Peligroso, que por esta vez no mordió a nadie.

Al poco tiempo nacieron dos hermanos. De acuerdo con la decisión tomada en la asamblea, los padres les pusieron por nombres la Osa Uno y el Oso Dos. Eran encantadores. Iniciaron una nueva época. Desde entonces, todos los osos vivieron felices por haber resuelto el problema.

Hasta que, mil quinientos años más tarde…

Los osos se fueron acomodando en la cueva. Había asamblea general. El Oso Once Millones Cuatrocientos Setenta Y Dos Mil Ciento Veinticinco, que presidía la reunión, gruñó para aclararse la garganta.

—Como todos saben —dijo—, los osos tenemos un problema.

Eduardo Abel Gimenez

La Primera Vaquita

Cuentan que no nació siendo vaquita, sino ternera.

Fue hace muchos años, cuando el pueblo de San Antonio de Areco era apenas una capilla rodeada de campo y río. Según narra la leyenda, la ternerita era igual a sus hermanas: tenía la piel blanca con algunas manchas negras, tomaba leche y hasta sabía decir “mu”.

Sin embargo, un día, la vaquita dejó de crecer.

¿Comía bien?

Y… arrimaba su cabeza al yuyo, sí. Se quedaba un rato buscando… y elegía siempre los pastos con pulgones. Raro. Después se metía todo en el buche y lo masticaba y lo masticaba por horas. Eso tan raro no, ya que comer así está bien visto entre rumiantes. Si lo tragara, claro.

Tiempo después, la vaquita empezó a achicarse.

Le recetaron de todo. Ponerse barro detrás de las orejas, saltar en dos patas aplastando moras verdes, refregarse el lomo con huevos de chingolo… pero nada. La vaca, cada día más comprimida. Y el ganado ya le estaba dedicando algunos versos:

Vaquita que no te veo.

Mu… ñequito de llavero.

Tenés todo el campo entero

pero entrás en un cantero.

“Chiquita sí, pero no tonta”, pensó ella, “Voy a encontrar a alguien que me quiera como soy”, y se echó a andar por el campo para el lado de los fresnos. Al rato vio seis liebres, tres cuises y un ratón.

—Hola —les dijo. Y fue un hola tan lindo que ahí nomás se consolidó la amistad.

Jugaron toda la tarde, desde “mancha sol” hasta “no pisar las sombras” sin que ninguno de ellos le preguntara qué clase de vaca era (¿vaca-pony, vaca-niche, mini-vaca, vaca-ciones…?), ni por qué, en vez de pasto, comía pulgones.

Desde entonces, la vaquita siempre cruzaba los fresnos para ir a jugar con ellos. Al principio tenía el tamaño de las liebres pero con el correr del tiempo y de los juegos, siguió encogiéndose. Primero fue como los cuises más grandes, después como los cuises medianos, como los cuises más chicos y al final como el ratón. Hasta que una mañana caminó un poco para un lado y vio verde; un poco para el otro y más verde. Todo era pasto verde. “Qué mala suerte, ahora estoy perdida”, lloró la vaquita. Lloró con chiflidos, estornuditos, lágrimas, moco y tos, hasta que su llanto fue grande como una gota.

O se inundaba en su llanto o buscaba una ramita: prefirió buscar una ramita. Se trepó a una inclinada, que terminaba por encima de los yuyos y, cuando llegó arriba vio, de un lado, a su familia; del otro, las liebres y los cuises. Y demasiado cerca la manada, que ya le tenía lista otra canción.

Vaquita que nada ocupa,

mu… gidito que no preocupa.

Aunque te lleven a upa,

no te encuentran ni con lupa.

Cuentan que la vaquita se puso toda colorada. (¿De vergüenza?)

Y que se hinchó como un globo. (¿De rabia?)

Las manchitas le quedaron. Pero le salieron alas, y eso sí que, en San Antonio de Areco, nadie sabe explicar por qué.

Cuentan que recorrió el campo entero y fue suyo el horizonte. Y ésa debió ser su suerte —su buena suerte—, porque, a partir de entonces, la primera vaquita de San Antonio pudo empezar a crecer.

María Laura Díaz Domínguez

Orden en la Casa

Era una casa muy, muy ordenada. Por la puerta entraban el sol y las sombras de la noche, la luz de las estrellas y los relámpagos y, casi siempre, por las ventanas entraban las personas. En el perchero de la sala se podía colgar el malhumor, cuando no había manera de dejarlo afuera. Y al entrar, de inmediato, se veían las sillas colocadas en fila, para poder caminar sobre ellas hasta los distintos cuartos. Nadie las usaba para sentarse porque, para eso, había una enorme mesa donde todos se acomodaban felizmente y si había invitados, se utilizaba el suelo.

En el centro de la sala, bastante grande por suerte, se había ubicado la bañadera y un pequeño trampolín, tan alto como el techo. Este era uno de los lugares favoritos de toda la familia.

Los dormitorios se reservaban para dormir, pero los colchones se ubicaban en el piso, de manera que si uno estaba muy cansado, se acomodaba fácilmente y podía estirarse con comodidad. Por eso era imposible caerse de las camas que servían para guardar la ropa. Las prendas se ordenaban según el estado de ánimo y así había pilas de camisas, pantalones, polleras y sacos para cuando se estaba alegre, tranquilo, triste, furioso y otras variantes.

Los múltiples armarios se empleaban para jugar a las escondidas y a veces, para albergar murciélagos o palomas que habían perdido su hogar.

Cosas valiosas como piedritas recogidas en la calle, semillas voladoras, caracoles traídos de distintas playas, pedazos de juguetes rotos, carozos de fruta, plumas y otros tesoros se colocaban en las macetas del patio, con la esperanza de que alguna vez crecieran y dieran frutos. Y ya que hablamos del patio, allí se veía una sombrilla invertida, abierta hacia arriba, para juntar el agua cuando llovía. De esta forma, cualquiera podía pararse abajo y empaparse con el agua que desbordaba.

Junto a la pared, las hormigas negras habían trazado un recto camino, que estaba protegido con un largo tronco, para que nadie las pisara. Cada dos o tres metros había platitos donde se les dejaba restos de fruta, hojitas y migas de pan. Estas hormigas eran tan amables que estaban siempre presentes en las fiestas y cuando terminaba la reunión, limpiaban prolijamente los restos, dejando todo brillante.

Cocinar se cocinaba en la cocina porque allí estaban los artefactos necesarios, pero también había una buena biblioteca donde se encontraban los libros favoritos de cada habitante de la casa. Así, cada uno podía sacarlo acompañado de galletitas, sándwiches, frutas o jugo de naranja. Debemos reconocer que los libros no estaban impecables, pero eran muy visitados.

Revistas y diarios había por todos lados y especialmente en el baño, como en muchas otras casas.

Para llegar a la terraza había una escalera, pero, estaba ocupada por una hermosa enredadera con flores color violeta, que trepaba por la pared y la invadía bellamente. Por eso se ascendía por una escala de cuerdas, muy práctica, porque no ocupaba lugar y además todos habían aprendido a subir por ella con admirable agilidad.

La terraza, ¡oh!, la terraza. Ese sí que era un precioso lugar. Servía de refugio cuando algún miembro de la familia no quería que lo encontraran y permitía disfrutar del frío en invierno y del espantoso calor en el verano.

Para que la casa fuera más linda y acogedora, todos sus ocupantes habían participado en la pintura. Las paredes eran de distintos colores y mostraban dibujos a veces maravillosos, a veces horribles, que no duraban mucho tiempo porque los autores los borraban cada tanto y creaban otros nuevos.

Había lámparas en los rincones, debajo de algunos mosaicos de vidrio, y hasta colgando del techo. Pero, de vez en cuando se celebraba un día a oscuras para poder jugar a los fantasmas. Entonces, apenas se iluminaban los cuartos con algunas velas colocadas en antiguos candelabros. Se ponía una música horripilante y todos recorrían la casa cubiertos con sábanas y arrastrando cadenas. Ganaba el que no se cansaba de asustar a los demás y cuentan que, alguna vez, el ganador fue un fantasma verdadero.

La casa siguió por muchos años con ese riguroso orden, hasta que un día sus ocupantes decidieron mudarse a otra vivienda más grande. Cerraron las puertas y las ventanas, se despidieron de las hormigas pidiéndoles que se cuidaran mucho, cargaron sus cosas en un viejo camión y se marcharon.

En el exterior se puso un cartel de venta y meses más tarde la casa fue comprada por otra familia. Los que la adquirieron tardaron bastante en ocuparla porque, según su opinión, la casa estaba inhabitable.

Pronto la pintaron toda de blanco, la llenaron de insecticidas, devolvieron la bañadera al baño, quitaron el trampolín, ahuyentaron a las pocas palomas que se habían quedado, podaron la enredadera de la escalera, dieron vuelta la sombrilla del patio, sacaron la biblioteca de la cocina y tomaron otras medidas que impusieron un orden diferente. Claro, la casa, ya nunca volvió a ser la misma.

Ana Arias

El Genios y los Hermanos

Esa tarde, los tres hermanos fueron a la casa de la abuela.

—¡Vayan a jugar afuera, que está lindo! —sugirió ella apenas llegaron, porque tenía un patio inundado de malvones. Sin embargo, a los hermanos les pareció mejor ir a la última habitación y revolver, en secreto, los cajones del armario.

En cada cajón encontraron algo diferente: una cinta, un control remoto, una agenda usada y en el de abajo, atrás de todo, una linterna.

—¡Es mía! —gritó el hermano más grande.

—¡No, mía! —chilló la nena del medio.

—¡No, mía! —lloró el que todavía iba al jardín.

Linterna va, linterna viene, tocaron el botón. Se encendió.

Se iluminaron las molduras, la cama, unos cuadros con paisajes. La luz, al principio era suave como el sol que había en el patio; después fue espesa. A lo último le crecieron brazos y dos puntos como ojos, un pelo y una boca que les dijo:

—Soy el genio de la linterna —y tosió un poco—. Bueno, eso es obvio. En fin, ¿quién es mi amo?

—¡Yo! —gritó el hermano más grande.

—¡No, yo! —chilló la del medio.

—¡No, yo! —lloró el que todavía iba al jardín.

El genio se rascó la cabezota amarilla y le preguntó al más grande:

—Bueno, decime, a vos, ¿qué te gustaría tener?

El hermano más grande enseguida se decidió.

—Quiero tener un mono —dijo—. Que se trepe a las cortinas, sepa pelar bananas y que les cambie las cosas de lugar a mis hermanos.

—Y vos, ¿qué querés tener? —le preguntó después a la nena.

Ella pensó un poco y respondió:

—Un patín.

—¿Uno solo?

—Sí, porque el izquierdo me lo rompieron ellos jugando a los autitos —gimió apuntando a sus hermanos con el dedo.

—¡Pero vos le pusiste mi camiseta de Racing a tu bailarina! —gritó el más grande.

—¡Y a mí me usaste el tigre de perrito! —lloró el que todavía iba al jardín.

El genio quiso meterse otra vez en la linterna, pero tomó fuerzas. Moldeó un poco su esférico cuerpo, se chupó el dedo y con ese dedo se peinó el pelo. Entonces miró al hermano que iba al jardín:

—Y vos, ¿qué querés?

—Un gigante.

El genio se sentó en el cajón del armario que había quedado abierto y se enruló el pelo para pensar mejor.

—Ajá —masculló. Pero como era un genio, en seguida encontró la solución.

—Un mono, un patín y un gigante, hacen… ¡un monopatín gigante!

En ese momento, abrió la puerta la abuela:

—¡Chicos! ¿no quieren ir al patio, que está lin…?

No hacía falta insistir. Los tres hermanos, subidos al monopatín gigante, habían salido volando por la ventana.

María Laura Díaz Domínguez

Como la Mona

Como la mona estaba como la mona, llamó al perro. Con tan mala suerte, que el perro estaba en un día de perros.

—Si yo estoy como la mona y vos en un día de perros, mejor vamos a dar una vuelta manzana.

En la esquina se encontraron con un gato que les ofreció gato por liebre.

—Yo estaré como la mona y vos en un día de perros, pero no por eso vamos a aceptar gato por liebre —dijo la mona, y siguieron caminando.

Entonces, la mona que estaba como la mona y el perro que estaba en un día de perros se encontraron con un lobo que tenía la boca abierta.

—Yo estaré como la mona y vos en un día de perros, pero no por eso vamos a meternos en la boca del lobo —dijo la mona, y siguieron caminando.

Después de tanto caminar, la mona y el perro estaban bastante cansados.

—¿Y si dormimos un poco… como cocodrilo al sol? —propuso el perro que tenía un día de perros.

—No, dormir no. Cocodrilo que duerme lo transforman en cartera…

La mona que estaba como la mona y el perro que estaba en un día de perros andaban de mal en peor y no sabían qué hacer para matar el tiempo.

En ese momento escucharon un “miauuuu, miauuuu, miauuuu…”.

—Acá hay gato encerrado…—dijo la mona

—¿Cómo sabés? —preguntó el perro.

—Me lo contó un pajarito.

—Ahhh… —dijo el perro abriendo la boca.

—A vos, ¿te gusta comer moscas?

—¡No!

—¡Entonces mejor cerrala, que en boca cerrada no entran moscas!

La mona que estaba como la mona y el perro que estaba en un día de perros, fueron a ver de dónde venía el maullido. Caminaron hasta la otra esquina, donde encontraron una caja.

La mona abrió la caja y un gato salió de un salto.

—¡Suerte que tenés siete vidas! —dijo el perro

—¿Quieren venir a mi casa a jugar? —les preguntó el gato.

—¡Sí! —dijeron la mona que estaba como la mona y el perro que tenía un día de perros.

Desde ese día, cuando la mona está como la mona y el perro tiene un día de perros se van a jugar a la casa del gato.

Y que nunca falte un gato para lamer el plato, o divertirse un rato.

Florencia Esses

La Gatita y el Ruiseñor

En la casita más linda del barrio de los animales de Minilandia vivía muy feliz Migarabí, una gatita pequeña, hermosa, olorosa y bella que disfrutaba con la música y la poesía. Era una de las hijas de Micifuz, el gato que hacía cumplir la ley gatuna en la villa de Minilandia. Sus vecinos la adoraban porque siempre estaba contenta y risueña, se portaba muy bien con todo el mundo y cualquiera que se cruzara con ella recibía una sonrisa o una palabra amable.

Como era muy alegre e inteligente la mayoría de los animales de aquel pueblo quería casarse con ella. Pero Migarabí no encontraba nadie que la enamorara. Casi todos los días, llegaba algún pretendiente hasta la puerta de su casa para pedir su mano y ella a todos les hacía la misma pregunta:

- ¿Sabes cantar y recitar poesías?

Pero ninguno de sus enamorados podía responder que sí, porque la mayoría no sabía ni cantar, ni recitar ningún poema, algunos sabían cantar, pero no sabían recitar y los que sabían recitar, no sabían cantar.

Pasaron cientos de animales por su casa: Curro, el burro, que lanzó tal rebuzno que asustó a todo el mundo; Pérez, el oso perezoso, tan grande y torpe que le rompió dos macetas de geranios; Teodoro, el toro, que aseguraba haber cantado en un coro, pero que cuando abría la boca sólo emitía horribles mugidos; un caballo bayo que cuando relinchaba desafinaba; el cuervo Lorenzo que lanzó tal graznido que asustó a una hormiga amiga que estaba de visita; Paco, un macaco flaco que lo único que sabía era hacer monerías; el cerdo Guillermo, que olía tan mal que lo echaron del pueblo y hasta un gato de trapo llamado Garabato, que no pudo decir nada porque se le habían agotado las pilas alcalinas.

II

Hasta que un día llegó al pueblo el Señor Ruiz, un guapo ruiseñor de larga cola y pardo plumaje que embelesó a todos con sus armoniosos trinos y gorjeos. El ruiseñor Ruiz había viajado por todo el mundo y había aprendido canciones de diferentes países y culturas. Conocía las melodías más bonitas y románticas, las baladas más hermosas y las canciones de amor más apasionadas. También recitaba de carrerilla muchísimos poemas, modernos y antiguos, alegres y tristes, largos y cortos, de olores, de colores y hasta de sabores.

En cuanto se conocieron Migarabí y el Señor Ruiz se sintieron atraídos el uno por el otro y todos los días, sin faltar uno, el ruiseñor iba a casa de la gatita para cantarle y contarle sus aventuras y sus largos viajes por todo el mundo. Cantaba tan bien que los vecinos abrían las ventanas de sus casas de par en par y las farolas y los árboles de la calle se inclinaban para escucharle mejor. El Señor Ruiz se enamoró locamente de Migarabí, por eso cuando ella le pidió que le enseñara a cantar, aceptó encantado:

- A cantar, a una linda gatita, yo enseñaba y un beso en cada nota ella me daba. Y aprendió tanto que de todo sabía, ¡menos de canto!

Migarabí aprendió mucho de todo y, poco a poco, se fue enamorando de aquel ruiseñor que le susurraba hermosas palabras de amor:

- Migarabí, flor de alhelí, hazme feliz, ¡quiéreme a mí!

Y siempre estaban juntos porque ya no podían separarse el uno del otro, y las bellas palabras manaban sin cesar del pico del ruiseñor:

- Migarabí, la más bella flor de mi jardín, linda rosa de pitiminí.

Migarabí nunca se cansaba de escucharle porque todo lo que oía le sonaba a poesía. Por eso no permitía que el Señor Ruiz se callara ni un momento y, continuamente, le hacía preguntas sobre los lejanos lugares que había visitado y las hermosas cosas que había visto y cuando llegaba la noche le preguntaba por las estrellas.

- El nombre de las estrellas saber quería y un beso con cada nombre yo le pedía. ¡Qué noche aquella en que inventamos los nombres de mil estrellas!

Y ocurrió lo que ocurre siempre que un ruiseñor y una gatita se enamoran, que se casaron y vivieron felices y comieron perdices y a mi no me dieron porque no quisieron. Pero sigue atento que aquí no se acaba este cuento, porque está escrito a fuego lento, con sal y pimiento.

III

Todas las mañanas Migarabí salía a pasear con sus amigas y, mientras tanto, el Señor ruiseñor subía al tejado para contemplar las lejanas montañas nevadas y ver pasar las nubes. Le gustaba recordar sus largos viajes e imaginar que, subido en una de aquellas nubes, viajaba otra vez por todo el mundo.

Pero una triste mañana apareció un águila malvada que atrapó al ruiseñor en sus garras y se lo llevó volando. Lo único que pudo hacer el valiente Señor Ruiz fue arrancarle una pluma al águila y dejarla caer en el tejado.

Cuando Migarabí regresó, su esposo el ruiseñor no salió a recibirla como todos los días y aunque llamaba y llamaba, nadie le contestaba. Buscó por toda la casa, corrió por el pasillo pintado de amarillo, entró en el cuarto de baño y en la cocina, subió al desván, salió al tejado y allí encontró la pluma del águila. Entonces comprendió lo que había ocurrido y se le partió de pena el corazón, ¡el águila malvada de la Montaña del Cuervo se había llevado a su Señor Ruiz, con el que era tan feliz!

Migarabí sabía que ya no podría vivir sin su amor, el ruiseñor, así que, sin decir nada a sus amigos ni a su familia, se colgó su mochila amarilla a la espalda y, sin volver la vista atrás, se dirigió con paso firme hacia la montaña dispuesta a rescatarlo.

IV

Mientras caminaba hacia la gran Montaña del Cuervo iba pensando en el Señor Ruiz y en las cosas que tendría que hacer para salvarlo, aunque ni siquiera sabía si todavía estaría vivo:

- ¿Se lo habrá comido el águila malvada?. ¿Por qué se lo habrá llevado?. Mi ruiseñor está muy delgado y es poca comida para un águila tan grande.

De repente unas voces que provenían de un pozo cercano la despertaron de sus pensamientos. Al asomarse descubrió a un conejito blanco, flotando en el fondo del pozo, pidiendo socorro:

- Por favor, gatita guapa, ¡ayúdame a salir de aquí!

Migarabí le arrojó una cuerda y cuando el conejito salió del pozo le explicó lo que le había ocurrido:

- Esta mañana cuando intentaba beber agua me he caído en el pozo y ninguno de los animales que ha pasado ha querido entretenerse a ayudarme porque tenían mucha prisa. Tú has sido la única que me ha socorrido. Como premio te voy a regalar estas sandalias mágicas.

Migarabí metió las sandalias en la mochila y siguió caminando hacia la montaña. Al poco rato se encontró con un burrito que cojeaba porque se había clavado un trozo de madera en la pezuña.

- Gatita linda, ¿puedes ayudarme?

Migarabí le arrancó la astilla que le hacía daño y el burrito se puso tan contento que le regaló una capa mágica que, también, metió en la mochila.

V

Cuando llegó al pie de la montaña no se paró ni un segundo a descansar, comenzó inmediatamente a subir porque tenía muchas ganas de encontrar al Señor Ruiz, pero como era una gatita pequeñita y los gatos no saben escalar montañas llegó un momento en que no pudo avanzar más. Miró hacia arriba y se dio cuenta que todavía le faltaba muchísimo para llegar a la cima, donde ella suponía que viviría el águila malvada. Lo único que podía hacer era retroceder. Entonces se acordó de los regalos y sacó de la mochila las sandalias y la capa. Aunque le habían dicho que eran objetos mágicos le parecieron unas sandalias y una capa normales, sin nada especial. Se probó las sandalias y como por arte de birlibirloque aparecieron unas pequeñas alitas en las suelas que la levantaron del suelo y le permitieron volar, era como si estuviese flotando por el aire. Entonces se puso rápidamente la capa para averiguar si también tenía poderes mágicos y lo que ocurrió fue ¡qué se hizo invisible!

Con las sandalias mágicas subió volando hasta la cima y desde lo más alto miró en todas direcciones pero no pudo ver ningún nido de águila, ni nada que se le pareciera. En aquel momento oyó, a lo lejos, una triste melodía:

- El nido del águila está lleno de sol, en el nido del águila canta un ruiseñor, ¡ay mi amor!, bajo el olivo en flor.

¡Era la voz del Señor Ruiz!. Su querido ruiseñor estaba vivo y era como si le estuviera enviando un mensaje de socorro, giró la cabeza hacia donde venía la música y, debajo de un olivo, vio un gran nido. Se puso la capa mágica para que el águila malvada no pudiera descubrirla y, mientras seguía escuchando las canciones del Señor Ruiz, se fue acercando muy lentamente.

- Las abejas sacan miel de las flores y melodías, del amor, los ruiseñores. Este ruiseñor de triste llanto, cantando al amor y a las estrellas, espera a una gatita bella para regalarle su hermoso canto.

Se acercó lo suficiente y pudo ver al Señor Ruiz atado al nido con una cadena, cumpliendo condena, pidiendo la cena, con cara de pena. Ahora lo comprendió todo, el águila malvada había raptado al ruiseñor porque quería aprender a cantar hermosas melodías.

Migarabí no perdió la paciencia y esperó durante mucho rato a que se durmiera el águila. Cuando se hizo de noche el cielo se sembró de bellas estrellas y ella se sintió mejor después de saludar a sus brillantes amigas. A todas las conocía por su nombre porque se lo había enseñado el Señor Ruiz. Les pidió fuerzas y suerte para salvar a su amor, el ruiseñor.

Entonces muy despacito, sin hacer ruido y sin quitarse la capa mágica, se fue acercando al nido. Cuando llegó, después de comprobar que el águila estaba completamente dormida, cortó la cadena que sujetaba al Señor Ruiz, lo abrazó y lo tapó con la capa para hacerlo también invisible. Lenta y silenciosamente se alejaron del nido y hasta que no estuvieron bien lejos no se atrevieron a hablar para no despertar al águila malvada.

VI

El Señor Ruiz le contó que el águila lo había raptado porque quería aprender las bonitas canciones y melodías que él conocía, por eso le obligaba a cantar, sin descanso, durante todo el día, desde el amanecer hasta la puesta de sol. Pero el águila malvada fue incapaz de aprender nada porque para poder cantar cosas hermosas se necesita un alma grande y generosa como la del Señor Ruiz.

Desde entonces el Señor Ruiz sólo canta a Migarabí y a nadie más y ya nunca sube al tejado, mira pasar las nubes a través de los cristales, con las ventanas bien cerradas. La gatita y el ruiseñor vivieron un tierno amor eterno, porque duró para siempre y cuando alguien dice para siempre, quiere decir para toda la vida.

Y después de muchos años de vivir juntos, felices y contentos, una romántica noche de luna llena, abrazados en el balcón de su casa, contemplando una estrella con perfil de margarita, sintieron la llamada de las estrellas:

- Las abejas sacan miel de las flores y melodías del amor los ruiseñores. Cantando al amor y a las flores bellas, con tu voz ¡llegarás a las estrellas!

Lentamente, sin que se dieran cuenta, les fue envolviendo un polvo cósmico que les hizo sentirse brillantes y ligeros y, mientras sus cuerpos cambiaban, ellos se miraban y se hablaban sin palabras, porque comprendían lo que les estaba ocurriendo y, de repente, se encendió la luz de sus almas y se transformaron en estrellas. Desde entonces viven felices en el cielo y nos saludan todas las noches. Y aquí se acaba este cuento, como me lo contaron te lo cuento.

Francisco José Briz Hidalgo

El Picapedrero

Había una vez, hace muchos, muchos años un reino muy bonito donde la gente era muy feliz.

Los Reyes vivían en un castillo de piedra muy grande que estaba junto a un bosque de olmos y a un lago de tranquilas aguas azules dónde se podía pescar y pasear en barca. Al oeste había una gran montaña.

La hija de los Reyes se llamaba Teresa y era la Princesa de este cuento.

La Princesa Teresa salía todos los días a dar un paseo por los alrededores del castillo. Un día conoció a un picapedrero llamado Pedro que trabajaba en la cantera que estaba en la falda de la montaña.

Teresa y Pedro se enamoraron, se prometieron amor eterno y decidieron casarse.

Pero cuando el Rey se enteró que su hija quería con Pedro se enfadó muchísimo y le dijo a la Princesa:

- ¡Mi hija no puede casarse con un simple picapedrero! Una princesa como tú debería casarse con alguien muy poderoso, ¡con la persona más poderosa de la Tierra!.

Entonces el rey mandó llamar a todos los sabios de su reino y les pidió que estudiaran quién era el más poderoso del Mundo. Los sabios se encerraron en una habitación del castillo durante siete días y siete noches y pensaron y pensaron hasta que descubrieron quién era la persona más poderosa del Universo.

- Majestad, le dijo el sabio más anciano al Rey, el Consejo de sabios se ha reunido durante siete días y siete noches y ha llegado a la conclusión que el más poderoso del Universo es el Sol, porque con sus rayos nos da luz y calienta toda la tierra para que podamos vivir.

Dijo el rey:

- Tenéis razón parece que el Sol es el ser más poderoso.

Y ordenó con voz potente:

- ¡Que venga el Sol!

Mandaron llamar al Sol y el rey le dijo:

- Sol, te he mandado llamar porque me han dicho que tú eres la persona más poderosa de la Tierra y quiero que te cases con mi hija la Princesa Teresa.

Entonces el Sol contestó:

- Majestad muchas gracias por tu ofrecimiento, sería para mí un honor casarme con tu hija, pero hay alguien que es más poderoso que yo.

Y dijo el Rey:

- ¿Quién es más poderoso que el Sol?

- La Nube, contestó el Sol, porque cuando se pone delante no deja pasar mis rayos.

Entonces dijo el Rey:

- ¡Que venga la Nube!

Cuando llegó la Nube el Rey le dijo:

- Nube, te he mandado llamar porque me han dicho que tú eres la persona más poderosa de la Tierra y quiero que te cases con mi hija la Princesa Teresa.

Y la Nube le contestó:

- Majestad muchas gracias por tu ofrecimiento, sería para mí un honor casarme con la Princesa, pero hay alguien que es más poderoso que yo.

Y dijo el Rey:

- ¿Quién es más poderoso que la Nube?

- El Viento, contestó la Nube, porque cuando se pone a soplar me mueve con facilidad de un sitio para otro.

Entonces dijo el Rey:

- ¡Que venga el Viento!

Cuando llegó el Viento el Rey le dijo:

- Viento, te he mandado llamar porque me han dicho que tú eres la persona más poderosa de la Tierra y quiero que te cases con mi hija la Princesa Teresa.

Y el Viento le contestó:

- Majestad muchas gracias por tu ofrecimiento, sería para mí un honor casarme con tu hija, pero hay alguien que es más poderoso que yo.

Y dijo el Rey:

- ¿Quién es más poderoso que el Viento?

- La Montaña, contestó el Viento, porque aunque sople con todas mis fuerzas no puedo mover ni un centímetro a la poderosa Montaña.

Entonces dijo el Rey:

- ¡Que venga la Montaña!

Pero la Montaña no podía moverse, así que el Rey tuvo que ir a la Montaña. Y le dijo el Rey:

- Montaña, he venido hasta aquí porque me han dicho que tú eres la persona más poderosa de la Tierra y quiero que te cases con mi hija la Princesa Teresa.

Y la Montaña le contestó:

- Majestad muchas gracias por tu ofrecimiento, sería para mí un honor casarme con tu hija pero hay alguien que es más poderoso que yo.

Y dijo el Rey:

- ¿Quién puede ser más poderoso que la Montaña?

- ¡El picapedrero!, contestó la Montaña, porque todos los días me arranca un trocito de mi cuerpo para hacer piedras.

Entonces el Rey comprendió que todas las personas, aunque parezcan seres insignificantes, son importantes y permitió a su hija que se casara con el picapedrero Pedro. Y fueron felices y comieron perdices. Y colorín colorado este cuento se ha acabado.