El Sombrero Volador

"¿Ustedes saben por qué los sombreros se escapan cuando hay viento?", preguntó Boris a las señoras Rosa y Margarita un martes de té.

–¡No! –, contestaron a coro las dos flores intrigadísimas

–Hace muchos, pero muchos años, había un gnomo llamado Kuluf que era sombrerero. Fabricaba sombreros de muchas formas y colores. Hacía sombreros de fiesta, sombreros para salir a pasear, sombreros para alegrar a los que están tristes y sombreros para los que tienen hambre (esos los hacía de sándwich de queso).

Kuluf estaba enamorado de la princesa Andrina, que tenía unos pelos color del sol, largos hasta la cintura. Kuluf no sabía cómo hacer para que la princesa Andrina se riera. Ella estaba enojada porque Kuluf se había comido su chupetín. Kuluf le contaba chistes, la invitaba a bailar, le regalaba chocolates, ¡hasta le regaló una caja entera de chupetines! Pero nada...

Entonces, Kuluf inventó un sombrero volador. El sombrero era blanco de seda y tenía dos alitas a los costados muy chiquititas con forma de triángulo. Estaba adornado con el polvo de estrellas que Kuluf había ido coleccionando desde muy chico.

Kuluf le dijo a Andrina:

– Yo te regalo este sombrero volador, pero tienes que tener cuidado, porque se pone a volar con la brisa más leve.

Entonces, en el momento justo en que la princesa Andrina se ponía su sombrero, un viento fuerte comenzó a soplar. Los pelos de la princesa ondulaban para todos lados, reflejando las luces del día.

Y entonces Andrina comenzó a volar. De a poquito fue subiendo y subiendo hasta que sólo era un puntito en el cielo. Voló durante tanto tiempo que todos pensaban que no iba a bajar más, pero bajó.

Cuando finalmente bajó, estaba tan feliz que se puso a reír con una risa tan contagiosa que Kuluf también empezó a reírse. Y también empezó a reírse un árbol que estaba mirándolos. Y también se reía una piedra de cuarzo que se había perdido en el bosque. Y así la risa se fue contagiando tanto que en pocos minutos todo el bosque se reía a carcajadas limpias.

Tanta fue la risa que, desde entonces, todos los sombreros quieren salir volando cuando sienten un poquitito de viento soplar.

El Mono Que Quería Leer

En un país donde la vegetación exuberante crecía a poca distancia de los rascacielos de la ciudad había una selva con árboles frondosos, ríos abundantes y pájaros de colores diversos. Ahí vivía una bulliciosa tribu de monos.

Antón era un mono grande y un poco gordo al que trataban como si fuera el jefe. Aunque le gustaba holgazanear, una vez que lograba vencer la pereza no le costaba tomar decisiones. Algunas veces, en un periquete, encontraba soluciones a los problemas de la comunidad monil. Bueno, en un periquete... cuando los problemas no eran muy difíciles.

A Antón le gustaba tenderse en la hierba y sentir sobre su cuerpo los rayos tibios del sol. Y estirarse, estirarse mucho. Se pasaba mucho tiempo mirando las copas de los árboles y haciendo guiños con los ojos porque el sol le impedía abrirlos de par en par.

El terror de Antón era el pequeño Federico, un mono delgadito e inquieto que siempre acababa saliéndose con la suya. Federico había aprendido a leer y tanto le gustaban los libros que releía una y otra vez los que tenía en su casa.

Antón estaba esperanzado porque pensaba que la afición de Federico sería su aliada. En otras palabras, que gracias a la pasión de Federico por la lectura, él se vería libre de los requerimientos del infatigable benjamín.

Antón cuando pensaba en Federico lo llamaba así: Benjamín, porque lo quería como a un hijo y contemplaba sus trastadas como las de un hijo pequeño. Esto nunca se lo había dicho a Federico: era su secreto. Pero... su gozo pronto estaría en un pozo.

Federico tenía una amiga un poco mayor que él. No mucho, aunque ella no dejaba de hacerle notar la diferencia de edad. Le gustaba exhibir sus conocimientos y experiencia. Como era alegre y generosa, podía perdonársele que fuese algo presumida. Se llamaba Sira.

A su edad conocía bastante bien la ciudad porque había estado allí acompañando a sus padres, que eran músicos y tocaban en una orquesta. Durante el curso escolar actuaban en el teatro de la selva, pero en el verano iban de gira por teatros de la ciudad.

El caso es que Sira, en su último viaje, cuando sus padres estaban ensayando, se dirigió a la biblioteca de la ciudad. Ricarda, la señorita que atendía, era muy amable. Enseguida ayudó a Sira a llevar los libros que había elegido a la mesa de lectura.

Sira, con intención de darle pelusa a Federico, se jactó de la cantidad de aventuras que vivió con aquellos libros. Y fue tan verosímil, es decir, creíble (bueno... lo que decía sonaba a verdad porque de verdad se lo había pasado requetebién) que logró provocar algo que no había imaginado. Algo que producía escalofríos a Antón... ¡Federico estaba ideando un plan!. En verdad no tardó mucho en redondear su idea: levantar una biblioteca en la selva. Y para eso necesitaba la ayuda de Antón.

Antón estaba disfrutando de la siesta cuando se le acercaron Sira y Federico. Lo llamaron primero muy bajito y luego a voces, pero no lograron despertarlo. Federico le tiró de la cola y en el sueño de Antón empezó a dibujarse un diablillo. Federico vio una pluma de un pájaro, la cogió y empezó a hacerle cosquillas en los pies. Lo único que consiguió es que Antón cambiara de postura y que en su sueño empezara a perfilarse un rostro conocido.

Entonces, después de pedirle a Sira que buscara la trompeta de su padre y unos platillos que tenía en casa, se puso a tocar con muchísima fuerza sobre la oreja izquierda de Antón y le pidió a Sira que hiciera lo mismo sobre la otra oreja de Antón... Sucedió lo que tenía que suceder: en el sueño la cara del diablo era... ¡la cara de Federico!. Y, a continuación, Antón se despertó dando un alarido.

Federico, como siempre, se salió con la suya. Antes contamos el secreto de Antón, pero nos callamos el de Federico. Ya es tiempo de darlo a conocer. Su éxito tenía que ver con la constancia: Federico no paraba hasta conseguir lo que se proponía. Esta conducta tenía su origen en una conversación que había oído a sus padres. Uno de ellos, no recordaba bien cual, había dicho que el agua horada la piedra. Cuando les preguntó por el significado de esa frase, ellos le explicaron que, por muy pequeña que sea una gota de agua, si cae sobre una piedra de forma continua, termina haciendo un agujero en la piedra.

—¿Aún la más dura, durísima piedra? —preguntó Federico.

—Sí —respondieron al unísono sus padres.

Federico imaginó una gota diminuta acercándose a una piedra que tenía cara de perdonavidas.

Aquella frase impresionó tan positivamente a Federico que la convirtió en su máxima. A Federico le iba muy bien siguiendo esa norma de conducta, pero al que no le iba tan bien era a Antón. El asunto de biblioteca le traía de cabeza. Tenía que reunir a la tribu y eso no era nada fácil.

Primero escribió una carta brevísima a modo de telegrama. En ella convocaba a los monos urgentemente para un viernes por la tarde. Había escrito que se trataba de «un asunto de vital importancia para la comunidad». Con eso quería decir que era algo muy, muy importante para todos, aunque la verdad es que en lo que primero pensó fue en que era importantísimo para él. Federico estaba agotando su paciencia con su cantilena y sobre todo, aunque no quería confesárselo, se había entusiasmado un montón con la idea. Así que había que poner a todos ¡manos a la obra!.

En las casas de los monos la disciplina y el orden brillaban por su ausencia. Los más pequeños acostumbraban hacer bolas de papel con las cartas que llegaban y se las arrojaban unos a otros. Y los mayores... Los había muy despistados, como don Eustaquio, al que le gustaba mucho cocinar. Cuando le trajeron la carta estaba siguiendo las indicaciones de una receta que aparecía en su libro de cocina predilecto, el titulado Las mejores comidas para su hogar, del archiconocido Luis Rivera de las Altas Palmeras.

Hay que decir que la última parte de su apellido, «de las Altas Palmeras» en verdad era un apodo que desde muy antiguo le habían puesto a don Luis por su afición a las palmeras más altas. Tanto le atraían que mandó construír su segunda vivienda en la más alta que encontró. Y tanto le gustaba vivir en lo alto de la palmera que acabó pasando la mayor parte del tiempo allí.

De tal modo que en el buzón de su primera vivienda la carta de Antón hacía compañía a otras muchas y a folletos publicitarios que rebasaban el buzón por los cuatro costados.

Volviendo a don Eustaquio, lo que le ocurrió fue que, mientras maravillado iba poniendo los ingredientes de lo que, según él, sería un manjar, echó la carta en la olla como si nada y revolvió todo con una gran cuchara de madera.

A doña Melania le sucedió algo parecido. A Melania le hubiera gustado ser soprano, pero tuvo que conformarse con cantar Carmen —una ópera de un tal Bizet— en su casa. Melania estaba poniendo la ropa en la lavadora, embelesada con su propio canto, cuando cogió la carta junto con unos calcetines, un delantal, unas toallas y lo puso todo a lavar.

Norma Sturniolo

El Pequeño Planeta Perdido

Cierta vez enviaron a un hombre al Espacio en dirección a un planeta perdido.

Era un planeta tan distante pero tan distante que el combustible se terminó cuando el cohete por fin llegó a su destino. Y era un planeta pequeño ubicado en medio del espacio no se sabe en qué galaxia ni en qué constelación.

El astronauta caminó por todo el planeta y dio la vuelta al mundo en menos de ochenta pasos (es que el planeta no tenía ni río, ni mar ni montañas). Y viéndose tan solo el astronauta gritó: "¡Socorro!"

Y nadie sabe por qué nebulosa razón su voz recorrió de vuelta el camino de la astronave. Y en toda la Tierra de punta a punta se lo oyó gritar: “¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí? ¿Quién soy?”

Fue un susto general sin ninguna explicación: aquí, tan lejos, en la Tierra todo el mundo escuchaba lo que él decía solito allá en el espacio como si hubiera un potente servicio de altoparlantes (de parque de diversiones) con el micrófono instalado en el planeta del astronauta. Si él se ponía a llorar toda la Tierra lo oía (un fenómeno de frecuencia o, tal vez, de sintonía).

Y los científicos de la Tierra también se sintieron perdidos, todos estaban reunidos para hallar una solución: "¿Qué podemos hacer?". Traer al astronauta de vuelta no se podía, pero dejarlo morir de hambre tampoco quedaba bien.

Como las computadoras sabían – de memoria – la ruta de la astronave perdida, los científicos le mandaron de regalo al astronauta un cohete con mucha comida para el hambre de cada día.

Y todos aquí en la Tierra pudieron dormir de nuevo con el silencio de la noche. Sólo muy rara vez se despertaban un ratito con los ruidos que, desde el espacio, llegaban de vez en cuando. Pero volvían a dormirse tranquilos y contentos cuando inmediatamente oían la voz del astronauta que decía en un tono muy delicado: "¡Disculpen!" (porque era muy educado).

"¡Mándenle música!” habló con voz salvadora el dueño de una grabadora. “Manden discos, video-clips, cintas, cassetttes, canciones, manden radios, tocadiscos, grabadores, televisores.”

“Pero envíenle también un par de auriculares”, agregó enseguida un previsor. “¡Por si no nos llega a gustar su programación!"

Y mandaron un cohete colosal cargado de canciones (todas las canciones del mundo) con auriculares exclusivos adaptables al oído del solitario astronauta. Y una vez más se hizo un silencio total. Y todos pudieron continuar sin correr grandes peligros (oyendo sólo lo que querían los fabricantes de discos).

Un largo tiempo pasó hasta que un día, otra vez toda la Tierra se despertó al oír, desde muy lejos, cantada con voz nostálgica y sin acompañamiento una canción muy linda, tan linda que parecía tener todas las canciones del mundo en sus suaves acordes. Y la canción decía así:

Tan solo, tan solo

sin nadie...

El que parte

lleva el recuerdo

de alguien.

Y el recuerdo es cruel

cuando existe amor.

Siento un dolor en mi pecho

y evitarlo es imposible.

No puedo más.

Nadie tiene pena

de mi dolor.

Llorar, como yo lloré

nadie debe llorar.

¡Rosa, oh Rosa!

¿Cómo estás, Morena Rosa?

Con esa rosa en el cabello

y ese andar orgulloso.

¡Ay, qué nostalgia siento!

Todo el mundo quedó muy conmovido sin saber ya qué hacer para salvar al astronauta que se estaba muriendo de soledad y nostalgia. Entonces los científicos de la Oficina Espacial recibieron la visita de Rosa: "iYo soy la novia del astronauta!". Los ojitos preocupados del jefe de los científicos comenzaron a brillar y enseguida preguntó: "¿Usted sabe volar?"

Rosa, entonces, fue lanzada en un cohete color de rosa, muy bonita y arreglada, una astronauta tan linda como en el Espacio entero no se había visto todavía. Y mientras el cohete subía el jefe de los científicos le dijo a su asistente: "¿Cómo es que nuestras mentes no habían pensado en esto?" Y todo el mundo en la Tierra se puso a mirar el Espacio viendo al cohete subir con Rosa y el amor de Rosa. Esperando la llegada para oír lo que diría el astronauta al ver a su Rosa llegar así, de sorpresa.

Y entonces, la noche prevista, la Tierra entera despertó agitada y ansiosa oyendo al astronauta gritar el nombre de Rosa. “¡ROSA!”.

Hasta ese momento (vamos a decir: para siempre) nunca más se oyó al astronauta llorar, o gritar, o implorar, o vociferar, reclamar o maldecir. En el espacio hay, ahora, sólo estrellas y silencio. Pues como informó el personal de la Oficina Espacial: ”La sintonía o frecuencia del planeta perdido no permite oír susurros”.

Ziraldo (Escritor Brasilero)

El Libro Mágico

Hoy descubrí el libro mágico, me lo enseñó un niño que llegó a mí cansado de correr y me dijo:

–¿No conoces el libro mágico?–

–¡ No! – respondí.

Me desplegó una sonrisa de 7 años y desabotonó su camisa untada con tierra de juegos y sudor de alegría. De allí extrajo un cartón arrugado y mojado en forma de carpeta, que contenía dos hojas llenas de líneas, formas, manchas de grasa, con muchos colores.

Lo colocó sobre mi mesa y esperó a que lo viera bien.

Yo, sorprendida, tenía miedo de preguntar por qué era mágico, lo tomé, lo volteé y miré al niño que se había recostado en mi mesa apoyándose sobre sus codos y cubriendo el costado de su cara con sus manitas, esperaba una respuesta. Le dije entonces.

–Está bonito–

–¿Lo hiciste tú?

Él levantó la mirada hacia mí y me respondió. – No ves la magia ¿Verdad?–

–Lo siento hoy estoy algo torpe y no la puedo ver–

El se incorporó un poco para decirme, –¡Es que no ves bien!

–Colócate los anteojos y vuelve a mirar–

Coloque mis lentes ante mis ojos y pensé, ¿Qué magia será que él quiere que vea?. Los niños tienen una imaginación fructífera y no saben que a veces los adultos perdemos esa capacidad.

Mi cara de incertidumbre le decía que nada, la magia no era descubierta.

Entonces el niño tomo mi mano y la guió por el contorno de una supuesta figura y me dijo.

–Coloca el dedo sobre ésta línea y síguela y dime que ves–

Seguí sus intrucciones y con mucha lentitud seguí con mi dedo el contorno de una línea que a veces se hacía curva otras veces se hacía recta y otras veces se perdía.... Y le dije, por decir cualquier cosa.

–Bueno veo una casita–

El muy emocionado me dijo

–¡Es la escuela está allí!!!!!!

Quitó mi dedo y lo condujo hacia otro contorno.

–¿Y aquí que ves?–

–Un árbol–

–¡¡Es un árbol!!!! Dijo saltando de la emoción– ¿Viste la magia?–

–En éste libro puedo ver lo que yo quiera–

Y así sus manitas fueron trazando figuras de la imaginación en las líneas y las manchas, y diciendo.

–¡Esto es un perro! –¡Esto un gato!

–¡AH, aquí está el trompo con que jugamos ayer!–

–¡Esta es la maestra!

–¡Aquí está mi mamá!.

Y así fuimos construyendo personajes y paisajes de un grupo de líneas, colores y manchas. Él sonreía, sus ojos se iluminaban a cada nuevo descubrimiento imaginativo, hasta que yo le dije en tono de súplica.

–¿Préstame tu libro mágico?–

Me miró, sonrió, dobló su cartoncito lo guardó dentro de su camisa y corrió hacia la puerta diciéndome,

–¡Noooooooo, haz el tuyo!!!!!!!–

Y lo vi alejarse, corriendo hacia el mismo lugar de donde había venido, desapareció en el pasillo dejando una estela de colores que se confundían con los rayos inclementes del sol.

Descubrí que la magia era él, su esperanza, su ilusión y sus sueños.

Arminda Goncalvez

Berni

A Berni no le gusta ir a la frutería. El frutero es viejo y gruñón. Sus manos son tan grandes que parecen unas palas.

Tiene una gran barba gris, y su espalda está encorvada: ya, casi, es una joroba. El frutero está así porque a lo largo de toda su vida ha tenido que cargar muchos sacos de patatas y cebollas, y muchas cajas de frutas y verduras.

Berni está delante de la frutería y no quiere entrar.

–Pero ¿qué te pasa? –le pregunta su madre.

Berni dice que tiene miedo.

–¿Del frutero? –pregunta la madre–.Pero ¿por qué?

–¡Porque es viejo y malo! –contesta Berni–.¡Todos los mayores son malos con los niños!

–¡Pero Berni!¡Eso no es verdad!

–Bueno... algunos –se corrige Berni–.Y el frutero es uno de ellos. A lo mejor me mete en un saco de cebollas, o en el tonel de las coles, o me hace cualquier cosa.

–¡Pero Berni, qué tontería! A lo mejor es totalmente distinto de como piensas. ¿Quién te ha dicho todo eso?

Berni se lo ha oído a los otros chicos. Todos tienen miedo del frutero y se lo han contagiado. Y eso que Berni preferiría no tener miedo: ni del cuarto oscuro, ni del agua fría, ni de los fruteros viejos...

–¿Hay personas que nunca, nunca, tienen miedo? –pregunta.

La madre piensa. Ella no cree que haya gente así. Más bien cree que todos han tenido miedo alguna vez.

–¡Menos los elefantes! –grita Berni–. Si yo fuera un elefante no le tendría miedo al frutero, ni a nadie.

–¿Tú crees?

La madre le mira y Berni comprende que ella no piensa lo mismo de los elefantes. Entonces le coge de la mano.

–Vamos, Berni. Las verduras pueden esperar. Vamos a darnos un paseo, y, mientras, te contaré un cuento. A Berni le encantan los cuentos.

–Érase una vez un elefantito que se llamaba..., que se llamaba...

–¡Berni! –grita Berni–.¡Se llamaba Berni, como yo!

–Eso, sí, señor; se llamaba Berni. Y ese Berni estaba con los demás elefantitos debajo del árbol de los monos. ¡Sé una nueva canción! –gritó el primer elefantito:

«Al malvado elefante viejo lo temen en todos los pueblos.

¡Qué susto, madre, qué miedo! Vete corriendo a tu casa, a ver si el susto se te pasa».

El elefante Berni estaba fuera del corro, y el primer elefantito volvió a empezar su canción:

«Al malvado elefante viejo lo temen en todos los pueblos. ¡Qué susto, madre, qué...!»

–Pero ¿cuántos años tenía? –preguntó el elefante Berni.

–¡Era superviejo! Trescientos... Quinientos años o así.

–Y ¿cómo era?

–¡Espantosamente grande!

Y el primer elefantito levantó la trompa para indicar cómo era de grande.

–¡Muuucho más grande! –gritó el segundo elefantito.

Y se levantó sobre las patas de atrás para que su trompa llegara aún más alto.

–¿Lo habéis visto alguna vez? –preguntó el elefante Berni.

Pues no, no lo habían visto nunca. Pero ellos lo sabían por sus tías elefantas. Y las tías elefantas lo sabían por sus amigos elefantes. Y sus amigos elefantes lo sabían todo acerca de él: que era muy grande y que llevaba un trozo de cadena en una pata. Porque, hacía mucho tiempo, lo habían atrapado los cazadores de elefantes y lo habían atado con una cadena de hierro. Pero él se había soltado y desde entonces llevaba ese trozo de cadena.

– Porque no sólo es el más grande –dijo el primer elefantito–, sino también el más fuerte. Es tan fuerte que rompe las cadenas y lanza los árboles como si nada.

– Sí, señor, unos árboles así de gordos –gritó el segundo elefantito. Y corrió haciendo un círculo, para indicar lo gordos que eran los árboles.

– ¡Muuucho más gordos! –chilló el tercero, y recorrió un círculo mayor.

– ¿De verdad? –preguntó el elefante Berni–.¿Habéis visto esos árboles?

No, no los habían visto.

Pero lo sabían por sus tías elefantas. Y las tías elefantas lo sabían por sus amigos elefantes. Y sus amigos elefantes lo sabían todo acerca de él: que era muy fuerte, y que siempre estaba escondido en el bosque porque no soportaba a los demás elefantes. ¡Sobre todo a los elefantitos! ¡Es que no los podía ni ver!

–Cuando encuentra uno en el camino –dijo el primer elefantito–, lo pasa tranquilamente por encima pateándolo.

–¡O lo agarra con la trompa –dijo el segundo– y lo lanza sobre la copa de los árboles, y ya nunca pueden bajar de allí!

–¡Qué divertido! –exclamó Berni– ¡ Todos los árboles llenos de elefantes!

–¡Nada de divertido! –dijeron los otros. ¡O te engancha con sus colmillos y te tira al pantano, donde viven los cocodrilos!

–O te come, así por las buenas.

Berni corrió donde las tías elefantas.

–¿Es verdad que el viejo elefante come elefantitos?

Las elefantas sacudieron sus grandes orejas:

Los elefantes sólo comen hierbas. Pero, de todas maneras, debes tener cuidado. Porque él es muy grande, muy fuerte y muy malo. Después se fueron todos a beber al manantial.

Mira Lobe

La Estrella Verde

Un forastero desaliñado llegó a aquel lejano pueblo. Como venía cansado, se sentó al lado de la fuente, en medio de la plaza.

Después de refrescarse el rostro y las manos, se dispuso a reponer fuerzas sacando de su mochila un pedazo de pan y algo de queso. Mientras comía pausadamente, no dejaba de mirar a un lado y a otro como si estuviera asombrado. Había conocido muchos pueblos semejantes a aquél, por eso no se explicaba la rara sensación que lo embargaba:

"«¡Hummmm, aquí pasa algo! ¡Algo raro tiene este pueblo!», murmuró para sus adentros.


En aquel momento, de una casa cercana a la plaza salió un niño. Con paso cansino se dirigió a la casa de al lado y llamó a la puerta. Al poco rato se le acercó otro niño y ambos se sentaron en el umbral después de un breve saludo.

Pasaba el tiempo. Los niños no hablaban entre ellos y en sus caras se reflejaban el desgano y el aburrimiento. Uno de ellos tomaba piedrecitas del suelo que luego arrojaba enfrente sin prestar atención, el otro parecía ensimismado en la contemplación de sus uñas...

El forastero los miraba sorprendido, ya que estaba acostumbrado, al llegar a un nuevo pueblo, a verse rodeado de niños que le preguntaban de dónde venía y hacia dónde iba. Aquellos dos, en cambio, parecían ignorarlo, aunque de vez en cuando lo mirasen de reojo.

El asombro del forastero fue aumentando cuando vio que otros niños iban reuniéndose alrededor de los dos primeros. Se sentaban en el suelo y permanecían allí sin decirse nada... ¡Qué niños tan raros!

Precisamente aquella hora, la de la siesta, era la mejor para jugar libremente, lo había sido siempre, ¿por qué no jugaban aquellos niños?, ¿por qué teñían el aburrimiento marcado en sus miradas?

Pensando en ello, tomó su cantimplora y después de beber decidió resolver aquel misterio...

–¡Hola, chicos! ¿Qué tal? ¿No saben a qué jugar?

Los niños se miraron entre ellos.

–¡Se nota que no es de aquí! –le respondió uno melancólicamente.

–Así es, y estoy asombrado de ver unos niños como ustedes, con esas caras, sin saber qué hacer, yo que en tantos puebl...

–¡Éste no es un pueblo como los demás! –lo interrumpió una chiquilla malhumorada.

–¿Estás enojada conmigo? –el forastero se rascaba la cabeza confuso.

–Bueno, usted es forastero y no sabe nada de nuestra desgracia... –añadió un tercero con aire desganado.

–¿Una desgracia? ¡Ya lo creo que lo sé! Tener que ir todos los días a la escuela. Es eso, ¿verdad?

Por lo visto el forastero quería hacerse el gracioso, pero no tuvo mucho éxito ya que los niños siguieron callados con un gesto de enojo en sus rostros. Quizá por eso el forastero cambió de tono:

–Por favor, ¿quieren decirme qué les pasa? ¿Qué pasa en este pueblo?...

Esta vez los niños parecieron comprender su interés. Dudaron un momento, pero luego le hicieron un lugar a su lado.

–Mire, lo que ocurre es lo siguiente –empezó a decir el que parecía mayor de todos–: los niños de este pueblo estamos muertos de aburrimiento. No tenemos ganas de jugar... Una noche una estrella verde apareció en el cielo y desde entonces no hemos vuelto a tener ganas de jugar... No sabemos qué hacer, no se nos ocurre nada, hemos probado casi todo y todo ha sido inútil. ¡Nos aburrimos como hongos! Nuestros padres también están muy preocupados, nos han llevado a muchos médicos...

–¿Y qué? –el forastero estaba cada vez más interesado.

–¡Y nada! Seguimos más aburridos que antes.

–Antes nos bañábamos en el río...

–Y atrapábamos renacuajos...

–Jugábamos al escondite, andábamos en bicicleta, patinábamos...

El forastero no los dejó seguir con sus añoranzas, los niños se quedaron boquiabiertos al oírle decir:

–¡Pero si está bien claro! ¡La estrella verde! ¡Cómo no me he dado cuenta antes! Ya me parecía a mí que en este pueblo había gato encerrado –se daba golpes en la frente como si estuviera enojado con ella–. No se preocupen. Yo sé cómo arreglar esto. Les diré lo que tienen que hacer...


Izar Berdea

En La Luna (de "Oliverio Junta Preguntas")

Si se la ve solamente de noche... ¿cómo se hace para viajar a la Luna de día? - Oliverio tomó asiento. Sacó lo imprescindible de la mochila y la colocó a su costado.

Oprimió el botón de despegue y sintió que todo su cuerpo comenzaba a elevarse. Lentamente. Lentamente, al principio.

En pocos minutos, los ruidos y las voces conocidas empezaron a bajar el volumen hasta perderse por completo.

Las cosas y las personas fueron disminuyendo su tamaño hasta convertirse en hormigas y, en seguida, desaparecer.

Oliverio abrió la carpeta y anotó: "Despegue sin problemas", "Primer tiempo de vuelo silencioso".

Un rayo de luz calentito y amarillo se coló por la ventana.

Oliverio giró apenas la cabeza y, ante sus ojos, el espacio infinito llenó completamente su atención.

Después de comprobar que no era oscuro, el universo luminoso le permitió divisar los paisajes con lujo de detalles: estrellas apagadas por la luz del día, planetoides blancos alineados sobre un gran espejo verde.

Oliverio anotó en la carpeta: "Las luces del espacio se meten por la ventana", "Algo verde se ve en el frente".

De pronto, el chirrido de una puerta rompió el silencio bruscamente. Antes de reaccionar, Oliverio creyó escuchar un sonido distorsionado diciendo: AQUIESTAELBORRADOR. Una voz lejana metiéndose por alguna ranura de la nave en cámara lenta.

Preocupado, estiró la mano para comprobar que su cápsula estuviera herméticamente cerrada. Y cuando volvió su mirada hacia el frente, una nube de polvo cubría los planetoides blancos. Al cabo de unos segundos, reaparecería la brillante superficie verde del frente.

Oliverio escribió en su carpeta: "Los planetoides desaparecieron tras una nube de polvo".

El tiempo se fue volviendo más lento. Más gelatinoso.

Oliverio apretó el botón para acelerar la velocidad de su viaje y una sucesión de imágenes desfiló ante su vista como los cuadros de una película.

Al principio, una suelta de colores desbordó de sus pantallas de control.

Planetas con forma de manzanas y alfajores fueron quedando atrás a su paso.

Oliverio creyó ver entre el desorden de imágenes otros claros planetoides desparramados sobre el espejo verde del frente.

Atravesando una larga extensión cósmica, reconoció a Esteban y a otros cinco compañeros saludándolo desde el espacio infinito. Caminando por la inmensidad del universo. Perdidos y sonrientes como él.

Hasta que una voz se internó como una aguja en sus oídos.

—¡Oliverio! —sonó metálicamente.

Asustado por el extraño zumbido, Oliverio aumentó la velocidad y por fin pudo divisar la superficie de la luna. Blanca como la leche.

Tan nítidamente la vio ir tomando forma, que, por un momento, tuvo la sensación de que no era él quien se acercaba a la Luna, sino que la luna se arrimaba a él.

—¡Oliverio! ¡Oliverio! —volvió a sonar en la nave como si alguien lo llamara desde adentro.

Decidido a no interrumpir su travesía a pesar del miedo (porque tenía miedo), Oliverio oprimió el botón de llegada urgentemente.

Con cierta emoción comprobó que las rueditas se asomaban por la base de la nave.

—¡Oliverio! —sonó estruendosamente.

Y procedió al alunizaje. Tranquilo, con la suavidad de un bostezo nocturno, para no cometer errores.

Se colocó el casco. Esperó que el motor detuviera su marcha por completo y entonces se puso de pie.

—¡La Luna! —pensó Oliverio-. ¡La Luna!

Y la vio toda de blanco con sus cráteres inconfundible, los banderines, los selenitas y las selenitas haciéndole señas de bienvenida.

—¡Oliverio! —sonó casi al borde de su nariz.

Y Oliverio, maravillado, abrió la puerta y, apenas apoyó un pie sobre la superficie, recibió sorprendido el encuentro.

—¿Me puede decir dónde estaba, señor? —preguntó la maestra.

—-En la Luna —respondió Oliverio con toda sinceridad. Y la boca se le quedó un poco abierta. Seguramente por los recuerdos.

—Repita lo que yo estaba explicando —dijo la maestra.

—¿Cómo? —preguntó Oliverio.

—¿Me puede decir dónde estaba "el señor" mientras yo explicaba?

—En la Luna —aseguró Oliverio.

Y entonces la maestra agarró la carpeta y se puso a escribir una nota a los padres.

Cuando Oliverio llegó a su casa, se sentó a comer y...

-¿Qué tal, Oli? ¿Cómo te fue en el colegio? -le preguntó su mamá.

—Me pusieron una mala nota por no prestar atención — respondió.

—¡Pero qué chico! —dijo la mamá—. ¡Siempre en la Luna! —agregó enojada. Pero se quedó dura cuando sin saber ella por qué, Oliverio le dio un beso, un abrazo y le dijo: —No importa mamucha. Por suerte vos me creés.


Silvia Schujer

La Comadreja y la Familia Armadillo

El papá armadillo era campesino y muy tímido; jamás había bajado al pueblo; pero, ¿para qué quería él recorrer mundo cuando tenía una cueva tan bonita debajo de las raíces de una ceiba, tapizada con musgo y tan espaciosa que a no ser por la falta de luz, se hubiera creído un palacio? La familia vivía holgada y doña Armadilla, en compañía de sus hijas Armadilla–Melada y Armadillita–Gris, había hermoseado la cueva con flores, festones y plumas recogidos en el monte. Todo era paz en aquella casita hasta el día en que al otro lado del árbol vino a vivir la Comadreja.

A poco llegó de visita a casa de la familia y con muchas zalemas empezó a alabar el orden, el aseo y el buen gusto de la señora; a los armadillitos les dijo que eran primorosos, que la concha que tenían en el lomo debía ser de carey cuando menos, según era de fina, que eran, además, los niños más bien educados que ella conocía. La mamá halagada, la invitó a almorzar, y por la tarde a dar un paseo. Desde entonces, la entremetida Comadreja no dejó a la familia ni a sol ni a sombra.

– Que haga el favor de prestarme un poco de sal; que su cedazo para cernir la guayaba; que un asiento para una visita que me llega; que Armadillita–Gris para que me traiga un poco de agua. A estas molestias continuas se agregaron los chismes.

– Estoy furiosa –decía la hipócrita– porque la Coneja dijo que ustedes son unos orgullosos. La Zorra dice que le dijeron que don Armadillo es un vago y así, todos los días.

La casa se volvió un infierno y ya el papá no iba sino a horas de comida; los niños se salían a corretear mientras mamá recibía la visita de la vecina y Armadilla-Melada aprovechaba para ir a la huerta a conversar con Armadillo-Negro, su novio. La señora Armadilla estaba desesperada y no encontraba medio de salir de su importuna amiga.

La familia tuvo una junta para idear el medio de salir de la chismosa. Después de muchas cavilaciones, el Armadillo más pequeño, como quien dice el nene de la casa y a quien la Comadreja molestaba más con sus recados, dijo:

– Como al único animal que teme la Comadreja es al perro cazador, propongo que consigamos alguno que venga a vivir unos días con nosotros.

– ¡Magnífica idea! –repuso papá–; pero ¿dónde conseguirlo?

– Eso es cosa mía –contestó el avispado Armadillito y salió corriendo hasta la cueva de un conejo amigo y le dijo:

– Necesito que me pongas en relaciones con un perro cazador.

– Tú sabes –replicó el otro– que no cultivo relaciones con gentes de esa clase. Desde hace muchos siglos la familia de los conejos y la de los perros son enemigas; pero como quiero prestarte ayuda, le hablaré a una lora amiga para que ella te consiga lo que desees.

La Lora y Armadillo se dirigieron a una hacienda de caña; cerca al trapiche estaba echada una perra amarilla; la Lora trepó a un árbol y empezó a decir:

– Amita doña Perra: si usted fuera tan amable y se acercara un momento, pues tengo grandes deseos de saludarla y de paso tratarle un negocio.

La Lora era muy fina para hablar porque era sabia y vieja. La Perra dio un salto y Armadillito, que no las tenía todas consigo, se escondió entre su concha; la Perra se acercó ladrando:

– ¡Hola! amiga Lorita; ¿cómo estás? ¿En qué puedo ser-virte?

Esta, como buena charlatana que era, le echó de una vez todo el cuento de la Comadreja y el favor que le pedían los Armadillos. La Perra pidió tiempo para reflexionar y a fin de estar más cómoda se sentó en un banquito que halló cerca y que no era otra cosa que la concha del Armadillo; éste más muerto que vivo, no se atrevió a hacer ni un movimiento. Después de breves instantes la Perra expuso las condiciones en que aceptaba la propuesta:

– Yo voy a la casa de la familia Armadillo durante ocho días y me comprometo a sacar de en medio a la Comadreja pero que papá Armadillo me garantice un hueso al día y buena cama.

La Lora empezó a llamar a voces al Armadillito pero éste no podía contestar porque la Perra estaba sentada encima de él y se moría de miedo. Al fin se atrevió y desde el fondo de su concha gritó: "¡Acepto!" La Perra dio un brinco tremendo cuando oyó que su asiento hablaba. Rió la Lora sin parar y explicó lo que pasaba; salió el Armadillo y convinieron el trato. Volvió entonces a la casa y anunció para el día siguiente la llegada del huésped. Papá salió temprano y volvió con un apetitoso hueso; al pasar por la ventana de doña Comadreja, ésta lo atajó diciéndole:

– ¡Ay!, don Armadillo; qué hueso más delicioso; hoy como que hay banquete en su casa, ¿no convida?

– Por supuesto, señorita –contestó el malicioso viejo–, queda invitada.

– Muchas gracias. No faltaré.

Llegó muy peripuesta con cinta en la cabeza y gafas de oro. Estaban tomando la sopa cuando golpearon a la puerta. Armadillito fue presuroso a abrir y abrazando a la Perra que llegaba, exclamó:

– ¡Mi querida maestra! Cuánto tiempo sin verla; qué gusto nos da viniendo a casa; ¿se quedará algunos días con nosotros, verdad?

– Ya lo creo, queridito, estuve mala y el médico me aconsejó los aires de la montaña y pensé que con nadie mejor que con ustedes podría estar, y aquí me tienen.

La Comadreja paraba las orejas para no perder palabra del diálogo; cuando apareció la Perra, por poco se desmaya: se le cayeron las gafas y le temblaba el lazo de cinta.

La Perra fue acogida con grandes muestras de afecto e invitada a almorzar. Ella que se sienta y la Comadreja que se levanta.

– Ustedes van a perdonar que me retire, pero recuerdo en este momento que me llega un pariente. Pero sigan, tengan la bondad. Nadie se levante, no faltaba más, que pasen feliz día –y salió disparada.

Después de almorzar fueron todos a dar un paseo menos mamá que tenía que lavar la vajilla. Vino entonces la Comadreja llorando a lágrima viva y manifestó que tenía que irse al pueblo vecino porque había recibido noticia de que su abuela estaba gravemente enferma, y se marchó corriendo.

M a r í a E a s t m a n