El hombrecito vestido de gris

Había una vez un hombre que siempre iba vestido de gris.
Tenía un traje gris, tenía un sombrero gris, tenía una corbata gris y un bigotito gris.
El hombrecito vestido de gris hacía cada día las mismas cosas.
Se levantaba al son del despertador.
Al son de la radio, hacía un poco de gimnasia.
Tomaba una ducha, que siempre estaba bastante fría; tomaba el desayuno, que siempre estaba bastante caliente; tomaba el autobús, que siempre estaba bastante lleno; y leía el periódico, que siempre decía las mismas cosas.
Y, todos los días, a la misma hora, se sentaba en su mesa de la oficina.
A la misma hora.
Ni un minuto más, ni un minuto menos.
Todos los días, igual.
El despertador tenía cada mañana el mismo zumbido.
Y esto le anunciaba que el día que amanecía era exactamente igual que el anterior.
Por eso, nuestro hombrecito del traje gris, tenía también la mirada de color gris.
Pero nuestro hombre era gris sólo por fuera.
Hacia adentro... ¡un verdadero arco iris!
El hombrecito soñaba con ser cantante de ópera.
Famoso.
Entonces, llevaría trajes de color rojo, azul, amarillo... trajes brillantes y luminosos.
Cuando pensaba aquellas cosas, el hombrecito se emocionaba.
Se le hinchaba el pecho de notas musicales, parecía que le iba a estallar.
Tenía que correr a la terraza y...
-¡Laaa-lala la la la laaa...!
El canto que llenaba sus pulmones volaba hasta las nubes.
Pero nadie comprendía a nuestro hombre.
Nadie apreciaba su arte.
Los vecinos que regaban las plantas, como sin darse cuenta, le echaban una rociada con la regadera.
Y el hombrecito vestido de gris entraba en su casa, calado hasta los huesos.
Algún tiempo después las cosas se complicaron más.
Fue una mañana de primavera.
Las flores se despertaban en los rosales.
Las golondrinas tejían en el aire maravillosas telas invisibles.
Por las ventanas abiertas se colaba un olor a jardín recién regado.
De pronto, el hombrecito vestido de gris comenzó a cantar:
-¡Granaaaadaa...!
En la oficina.
Se produjo un silencio terrible.
Las máquinas de escribir enmudecieron.
Y don Perfecto, el Jefe de Planta, le llamó a su despacho con gesto amenazador.
Y, después de gritarle de todo, terminó diciendo:
-¡Ya lo sabe! Si vuelve a repetirse, lo echaré a la calle.
Días más tarde, en una cafetería, sucedió otro tanto.
El dueño, con cara de malas pulgas, le señaló un letrero que decía:
Se prohíbe cantar y bailar
Y lo echó amenazándole con llamar a un guardia.
Nuestro hombre pensó y pensó.
¡No podía perder su empleo!
Tampoco quería andar por el mundo expuesto a que lo echaran de todas partes.
Y, al fin, se le ocurrió una brillante idea.
Al día siguiente, fingió tener un fuerte dolor de muelas.
Se sujetó la mandíbula con un pañuelo y fue a su trabajo.
Así no podría cantar.
¡Aunque quisiera!
Y día tras día, año tras año, estuvo nuestro hombrecito, con su pañuelo atado, fingiendo un eterno dolor de muelas.
La historia termina así.Así de mal. Así de triste.La vida pone, a veces, finalestristes a las historias.Pero a muchas personasno les gusta leer finalestristes; para ellos hemosinventado un final feliz...
Pero, nuestro pobre hombrecito, merecía que le dieran una oportunidad.
Así que...
Cierto día, conoció a un director de orquesta.
Y éste quiso oírle cantar.
El hombrecito, muy contento, pero con un poco de miedo, salió al campo con el director de orquesta.
Y allí, rodeados de flores y de pájaros, nuestro hombrecito se quitó el pañuelo y cantó mejor que nunca.
El director de orquesta estaba tan entusiasmado que lo contrató para inaugurar la temporada del Teatro de la Ópera.
Y la noche de su presentación, que se anunció en todos los periódicos, don Perfecto, el Jefe de Planta, los vecinos que le habían regado, el dueño de la cafetería y todos los que le habían perseguido con sus risas, hicieron cola y compraron entradas para oírle cantar.
Y asistieron al triunfo del hombrecito.
Y el hombrecito quemó todos sus trajes y corbatas de color gris.
Tiró por la ventana el despertador.
Se afeitó el bigotito de color gris y nunca, nunca más, volvió a tener la mirada de color gris.

Fernando Alonso

El regalo del mar

En medio del mar mediterráneo existe una pequeña isla llamada Agios Georgios,en donde cada tarde se pueden escuchar los cánticos de los viejos marineros y pescadores que regresan a sus casas. En una de ésas casitas de tejas rojas y paredes blancas marcadas por la brisa marina, vive un viejo pescador llamado Andraki, junto con su nietecita Lena; ambos salen muy temprano cada mañana a pescar y cuando logran hacerlo en abundancia venden su preciado cargamento en los mercados de las islas cercanas, y celebran tomando té y pastelitos en un café a la orilla del mar; mientras contemplan como el cielo lentamente se tiñe de Índigo y despiertan poco a poco las soñolientas estrellas que cada noche deben guiar a casa a marineros, pescadores y exploradores por igual.Ocurrió pues, que un día los peces comenzaron a escasear y una mañana unos golpes se dejaron escuchar en la puerta del viejo Andraki PUM, PUM, PUM, se escuchaba -Voy-decía el viejo-ya voy, calma que va a tirar la puerta.¡Abra en este mismo instante o tiro la casa señor Andraki!-era la voz del señor Malastrakus, el banquero del pueblo, bien conocido por su corpulenta figura, terrible carácter y que, de no ser por que siempre usaba traje y corbata cualquiera hubiera pensado que era un aguerrido toro de lidia-.-¡ah,buenos días señor Malastrakus!-dijo Andraki--¡buenos nada!-interrumpió el banquero-vine a exigirle que me dé mi dinero, ya se ha retrasado varias semanas en sus pagos.-lo sé señor Malastrakus-repuso el viejo-lo que sucede es que la pesca ha estado muy escasa, pero si me da un par de semanas más yo sé que podré darle un pago.-¡un pago!-gruñó el banquero-¡pero si ya me debe dos! ¡ya no puedo esperar más, o me dá mi dinero este fin de semana señor Andraki o mejor va sacando sus cachivaches porque le quitaré la casa y el bote!-pero…pero-titubeó el viejo--¡nada!-gritó Malastrakus- ¡o me paga o lo pongo de patitas en la calle! ¡tiene hasta éste fin de semana señor Andraki,hasta el fin de semana!Desde otra habitación,la pequeña Lena escuchaba todo lo que sucedía y se hechó a llorar,pero en aquel momento saltó a su cama un hermoso gatito atigrado que comenzó a ronronearle.-¡Lambis,que bueno que veniste a verme! Porque estoy muy triste.
Lambis visitaba constantemente la casa del viejo Andraki pues se había hecho amigo de Lena desde el día en que ella lo había salvado de ahogarse en la playa una noche de tormenta, a Lambis le encanta escuchar los cuentos de los pescadores y disfruta como nadie tomando el sol en el muelle mientras la brisa juega con sus desalineados bigotes; también adora el sonido que hace sobre el piso el brillante tazón de cerámica que Lena dispuso para servirle leche o sopa de champiñones que le encanta tomar especialmente en días nublados; Lambis es el mejor amigo de Lena,y por eso ella le contó lo sucedido aquella mañana.Después de que el gato escuchó la terrible historia de sus amigos deseaba ayudarlos,así que se fué al muelle y esperó a que los pescadores levantaran sus redes y anclaran sus botes, y, cuando todo quedó en calma,el pequeño Lambis subió a una de las lanchas y comenzó a cantar así :brisa marinera, brisa de niebla y sal escucha a las vanidosas nubes que quieren la belleza de la madre luna opacar, llévalas contigo a otros cielos a danzar y deja que mi luna tome en sus brazos al mar para que un tierno beso ella le pueda dar.En segundos,una docena de peces salió a la superficie diciendo ¿quien canta ésa hermosa canción? ¿quién sabe ésas palabras secretas que nos llaman a la superficie?-Fuí yo-dijo Lambis--¡Oh pero tú eres un gato! –exclamaron al unísono los peces- ¡tú lo que quieres es comernos!-¡No no!-replicó el gatito-yo lo que quiero es su ayuda.-¿Ayuda para qué?-preguntaron ansiosos los peces--Para mis amigos,necesito saber porqué es tan escasa la pesca-Lo que sucede gato-comenzó a explicar un pequeño tiburón- es que estas aguas ya no son tranquilas para tener nuestros bebés, ahora debemos buscar mares muy lejanos y no habrá más peces hasta el otoño.-¡Éso no puede ser!-gritó el gato y entonces comenzó a contarles la historia del viejo Andraki y cómo perderían su casa si no reunían el dinero de Malastrakus, cuando terminó de contar el triste relato ya se habían reunido en la superficie cientos de criaturas marinas, desde pequeños pececillos multicolores hasta enormes calamares y diminutos crustáceos que escuchaban atentos cada palabra que salía de la boca del gato;todas aquellas criaturas se habían conmovido mucho al escuchar la historia y se sorprendieron aún más al darse cuenta de que el gatito estaba llorando- .-Mira gato-dijo el tiburón- nos has conmovido profundamente, Así que vamos a proponerte un trato; si prometes venir cada anochecer a cantar como lo hiciste hoy te daremos a cambio unas cuantas de las más finas perlas nunca antes vistas,pero si vuelves pasado mañana antes del amanecer y entonas la canción favorita del mar tendrás un inmenso tesoro .-¿éso es todo?-dijo Lambis- ¡está bien,trato hecho!-muy bien-dijeron los peces-ahora vete y procura regresar antes del amanecer.Lambis regresó al muelle y se puso a recorrer las antiguas callejuelas del lugar, entrando en tabernas y escuchando cada relato,cada canción que cantaban los marineros y pescadores; pero nada,no había nada acerca de la canción favorita del mar.Ya entrada la mañana se dirigía a la casa del viejo Andraki; cuando de repente escuchó un estruendo en un callejón detrás del mercado.-Disculpa-decía el gatito-¿puedo ayudarle?-entre enormes botes metálicos de basura y cajas de cartón se encontraba un enorme gato blanco.-¿Eh?murmuraba el gran gato- ¿quién anda ahí?-Mi nombre es Lambis señor ¿necesita ayuda?-¡Oh bueno!-gritaba el viejo gato-debes hablar más fuerte soy un poco sordo mi nombre es Polonius…oh…no…espera, ése es el nombre de mi amo yo me llamo Cúmulo, ya que estás aquí ¿te importaría ayudarme a buscar comida? Mi amo es ciego y yo soy todo lo que tiene.-No te procupes Cúmulo, yo tengo un buen amigo en el mercado y estoy seguro de que nos dará un par de jugosos filetes, acompáñame y lo verás.
Los dos gatos entraron al mercado y se detuvieron frente al puesto más grande y vistoso, e instantáneamente el joven que atendía el lugar levantó a Lambis diciendo: ¡ah gatito aventurero! ¿dónde te habías metido? Yo pensaba que tal véz te habías embarcado en alguno de los buques y que estarías ya surcando los siete mares, me da gusto que vengas a visitarme ¡oh veo que tienes un nuevo amigo! Hmmm déjame adivinar,quieren algo rico de comer ¿no? pues han venido al lugar correcto anda, escoge lo que desees y no olvides venir a verme pronto minino.Lambis agradeció al joven lamiendo su mejilla con su rasposa lengua y saltó para escoger un par de enorme filetes de ternera,queso,pan y miel.-Si hay algo que mi amo y yo podamos hacer por tí Lambis-decía Cúmulo-no dudes en pedirlo.-De hecho-interrumpió Lambis-tal véz puedas ayudarme,necesito saber cual es la canción favorita del mar .-Entonces debes venir conmigo; mi amo,el gran Polonius fué un afamado marinero que recorrió por mar todo el mundo y sabe cientos de canciones y leyendas, si alguien conoce ésa canción es él, puedes creerme, además mi amo en uno de sus tantos viajes por tierras exóticas recibió un regalo de un antiguo jefe de una tribu, es un amuleto con el que puede entender a los animales así que no hay duda de que él te comprenderá.Ambos gatos recorrieron un par de calles hasta llegar a una casita muy humilde.-Aquí es-dijo Cúmulo-mientras comenzaba a maullar¡amo, amo! ¡ya llegué y traje muchas cosas!Cerca de la ventana se encontraba el gran Polonius escuchando las olas del mar .-¡Oh!-exclamaba el anciano-mi buen Cúmulo, que bueno que estés en casa, pero dime ¿cómo conseguiste toda la comida?-Verás amo-explicaba el gato-me la dió Lambis, es mi nuevo amigo.-¡Ah bendito seas gatito! ¡que los dioses te colmen de dicha! Te ruego nos acompañes.-Amo-interrumpió Cúmulo-debemos ayudar a Lambis, él necesita saber una canción.-¿Es éso cierto Lambis?-Así es señor-y el gato contó la larga historia a Polonius y él le habló de cientos de miles de canciones pero nunca había escuchado de la canción favorita del mar; así que pasaron toda la noche recordando y cantando canciones sin exito alguno,hasta que un par de horas antes del amanecer Lambis tuvo una idea; le pidió a Cúmulo y al gran Polonius que fueran a buscar al viejo Andraki y a Lena y que los llevaran al muelle. Los nuevos amigos aún sin comprender el plan obedecieron.Mientras tanto Lambis corrió a la playa subió al faro y comenzó a entonar esta canción “estrella del norte comienza a brillar, llama a los ángeles que detrás tuyo están, ángeles boreales por hoy, sólo por hoy regaladme el polvo que cae de sus alas, hagan que el agua sea el espejo de la noche y que de sus mil bendiciones mis amigos sean coronados”.
En aquel momento comenzó a caer una llovizna ligera y con ella miles de centellas cayeron suaves en el agua,entonces Lambis bajó al muelle donde ya lo esperaban sus amigos y todos subieron a un bote haciéndose a la mar, de repente, miles de peces se dejaron ver y el pequeño tiburón le preguntó a Lambis si ya tenía la canción,entonces los amigos se miraron entre sí y cada cual comenzó a cantar una frase de esta manera “sólo éramos cinco espíritus solitarios,cinco corazones incompletos,cinco vidas a la deriva, pero el cielo quiso que a través del mar nos uniéramos y completáramos un destino por las místicas estrellas ya escrito;ahora sabemos que juntos somos cinco almas gemelas,cinco amigos contra cualquier cosa que nos niegue lo que somos,ahora convertidos en una sólida roca en la cual se rompen las olas del mar;regalo más grande no puede haber que el sabernos juntos hasta el fin de los tiempos “.-Sé que no es la canción que nos pedían,explicó Lambis-pero se las hemos ofrecido desde lo más profundo de nuestros corazones.-No te preocupes gato-decía el tiburón-no sólo han interpretado una hermosa canción,sino que además nos has regalado todas estas centellas que yacen en el agua; las cuales guardaremos como nuestro más preciado tesoro; ahora, aquí tienen su recompensa.Entonces una gigantesca ostra emergió de entre las aguas y el tiburón dijo: súbanla a su bote les hemos prometido un gran tesoro y aquí está, ahora vayan a casa y no olviden venir a cantarnos algo de vez en cuando.
Los amigos llevaron su ostra a la playa y al abrirla descubrieron la más hermosa, gigante, perfecta y resplandeciente perla que hubieran visto, la sacaron y para su sorpresa, debajo de la inmensa perla había un viejo cofre dentro del cual hallaron otro inmenso tesoro con el que el viejo Andraki saldó su deuda con el señor Malastrakus y después compraron una enorme casa en la parte mas hermosa de la playa donde ahora vien juntos Lambis, Lena, el viejo Andraki, Cúmulo y el gran Polonius y cada atardecer se les puede observar adentrarse en las suaves olas para contarle cuentos y canciones a sus amigos del mar.

Winnie Pooh y el arbol de la miel

Paseando por el bosque, Winnie llegó a un claro donde crecía un gran roble, alrededor de cuya copa zumbaban las abejas. Tras mucho pensar (a Winnie le cuesta bastante trabajo) decidió que donde había abejas había miel, y la miel era lo que más le gustaba en este mundo. Así es que se puso a trepar y trepar, y cuando ya casi la tenía al alcance de la mano, la rama que le sostenía se rompió y cayó sobre un montón de zarzas.
Winnie se puso a pensar de nuevo y esta vez creyó haber encontrado una solución brillante, así es que se fue en busca de su amigo Cristóbal Robin para que le prestara su globo azul. Atado al globo llegaría hasta el panal de miel. Estaba seguro que las abejas confundirían el globo con el cielo, y a él mismo, bien manchado de barro, con una nube. La idea no hubiera sido mala si hubiera salido bien; pero las abejas pincharon el globo y el osito cayó a tierra nuevamente.Tras su fracaso, Winnie fue a visitar a su amigo Conejo. Sabía que en su casa siempre había dos o tres tarros de miel y estaba seguro de que le invitaría a tomar un poquito. Metió la cabeza por la entrada de la madriguera de Conejo y preguntó si estaba en casa; a pesar de las negativas de Conejo que decía que se había marchado, Winnie entró, y por cortesía Conejo no tuvo más remedio que invitarle a tomar un poco de miel.Pero como cuando de miel se trata el osito no se harta nunca, no pasó mucho tiempo antes de que acabara con todas las reservas que había en la madriguera.El problema estuvo a la hora de marcharse. Había engordado tanto que quedó atascado en la entrada de la madriguera, con la mitad del cuerpo dentro y la otra mitad fuera. Conejo corrió en busca de Cristóbal para que les ayudara a salir.Fue imposible desatascarlo, así es que Cristóbal Robin decidió que no había otro remedio que esperar a que adelgazara. Winnie permanecería allí hasta entonces, con la prohibición absoluta de tomar nada de alimento.Los amigos acudían a visitarle y le entretenían con sus historias, pese a que Winnie tan sólo pensaba en que alguien le diera algo de comer; pero Cristóbal lo había prohibido y nadie se atrevía a desobedecer. Para que no pasara frío por las noches, Lechoncito le ató un pañuelo a la cabeza y se despidió hasta el día siguiente.Los días pasaron. Conejo empujaba a Winnie de cuando en cuando para comprobar si había adelgazado lo suficiente y ya podia dejarle su entrada libre. Por fin llegó el momento de sacar al oso de su prisión. Llegó Cristóbal tocando el tambor al frente del cortejo de quienes intentarían la proeza: allí marchaban Cangu, Ro, Conejo, Topo, Búho y el burrito Igore.Cristóbal agarró las manos de Winnie y empezó a tirar; de Cristóbal tiraba Cangu; de Cangu, Igore; de Igore, Lechoncito… Al fin, con un ¡Plop! Espectacular, Winnie salió disparado por los aires mientras sus amigos rodaban por el suelo.Winnie fue a estrellarse contra la copa del roble… ¡Y se quedó atascado en el hueco del árbol! ¡Justo en la colmena repleta de miel! Mientras la comía a puñados pensaba que no le importaba engordar un poco más.

El perro color verde

Rufa era una perra blanca con el hocico castaño. Una noche calurosa y oscura parió tres perritos. La perra estaba muy contenta, comenzó a lamer a sus perritos con cariño. Pero de momento se dio cuenta de algo que la dejo asombrada. Uno de sus perritos era de color verde, muy, muy verde. Los otros eran negros y blancos, se parecían mucho a ella y a su papá. Pero aquel perrito, ¿de donde salio, a quien se parecía? A la perra no el gusto aquel perro tan feo, aquel animal no podía ser su hijo, era muy diferente. Su color era muy raro, no se parecía ni a ella ni a sus cachorritos. Aquel perro había nacido de ella, pero su color era algo inexplicable, y por esa razón no le gusto aquel cachorrito que no podía ser su hijo. Tomo a sus dos perritos y se fue a otro sitio, dejando a su perrito verde, muy verde, solito y abandonado. El pobre cachorrito lloraba, tenia mucha hambre. El perrito verde como pudo se arrastro, era demasiado pequeñito. Llego a la puerta de la casa y como pudo se escapo. Cayó en un monte, donde solo había hierba, gusanos, y tierra. Tenía mucha hambre y mucha sed. Había llovido aquella noche y la hierba estaba mojada. El perrito verde comenzó a comer de aquella hierba verde y húmeda. Mientras más hierba comía, mas verde se ponía. Ya el perrito verde se sentía mejor, aunque la hierba no tenía buen gusto, pero le había quitado el hambre y la sed. Siguió arrastrándose por el campo, tenía mucho frío. Necesitaba del calor de su mamá y de sus hermanitos. Pero su madre lo abandono, porque no se parecía a sus hermanitos. Vio una cueva pequeña y allí se metió a dormir, estaba cansado y tenia mucho, mucho sueño. Allí no sentía frío, y llorando por su soledad se quedo dormido.Al otro día cuando despertó vio a dos conejos que lo miraban con curiosidad, uno de ellos reía a carcajadas, mientras decía: “¿De donde salio esa cosa tan fea? Nunca en mi vida he visto un perro verde.” Al perrito le dio mucho miedo, se quiso esconder de nuevo en la cueva, pero el otro conejo le dijo: “Te vas de aquí ahora mismo, no se quien eres, esta es mi casa, eres el perro mas feo del mundo, pareces un sapo gigante.” El otro conejo volvió a reír con ganas y dijo: “Creo que vino de Marte, o quizás de la luna, parece una hoja de árbol grande. Vete de aquí, no pareces perrito, eres anormal. ¿Serás de verdad un perrito?” El pobre perrito salio de ahí muy triste, con su pequeña cola escondida entre sus patas cortas y pequeñitas. Tenía hambre y sed. Camino como pudo hasta cerca de un charco, allí bebió mucho agua y se sintió bien, pero tenia hambre, mucha hambre. Vio a unos gusanos corriendo por la hierba, se arrastro hacia ellos y se los comió, también comió de la hierba. Comenzó a ponerse más verde, mientras mas hierba comía, más verde se ponía. Pero estaba feliz, ya no tenía hambre. Pasaron los días y los meses, el perro verde crecía, estaba más verde, muy verde. Pero ya no solo comía hierba, buscaba en la basura y se comía lo que se encontraba. Todos le tenían miedo y le huían, su color tan verde asustaba a los demás animales y también a la gente. Pensaban que había venido de otro planeta. Nadie lo quería, y nadie se le acercaba. Dormía en el monte o dentro de los zafacones de basura. De su madre y sus hermanitos no sabía nada, pero siempre los recordaba. El perro verde era un perro cariñoso y bueno, no le hacia daño a nadie, y cuando la gente se asustaban al verlo, el también se asustaba y salía corriendo.Un día una gente de un circo pasaron por un camino donde se encontraba el perro verde. Estaba comiendo con muchas ganas un muslo de pollo que habían tirado a la basura. Al ver a aquel perro tan verde se asustaron un poco, pero después reaccionaron. Ese animal era muy extraño, algo nunca visto. Si se lo llevaban al circo seria una gran atracción, ganarían mucho dinero. Mucha gente iría al circo para ver aquel perro verde, bien verde. Pero temían acercársele. Uno de ellos dijo: “Vamos a ofrecerle comida, se ve que tiene mucha hambre, si viene, entonces lo atraparemos.” Así lo hicieron, lo llamaron y le ofrecieron carne roja, arroz, dulces y agua fresca. El perro verde que nuca había visto una comida tan buena, se acerco a ellos muy cariñoso, meneaba su rabo con alegría, pero no ladraba, nunca había aprendido a ladrar. Ellos lo dejaron comer, lo miraban con curiosidad desde el rabo hasta la cabeza. Uno de ellos dijo: “Realmente es un perro, pero es muy raro, nunca había visto un perro con un color tan verde. ¿De donde habrá salido este animal?” “No se –dijo el otro – pero parece inofensivo, no es un animal salvaje. Puede ser de Júpiter, parece familia de la iguana. No los llevaremos, esta noche debutara en nuestro circo. Esa noche el circo se lleno, era el debut del perro mas extraño del mundo. Habían muchos hombres, mujeres, pero habían mas niños. Todos querían ver a aquel perro tan raro. Un hombre con una capa negra y un sombrero blanco y negro, presento al perro mas extraño del mundo. Traían al perro verde en una jaula, todos quedaron asombrados al verlo. Lo sacaron de la jaula y cuando el perro verde comenzó a caminar por el escenario, todos soltaron un grito.Los niños pequeños lloraban, algunos salieron corriendo. Un niño como de cuatro años dijo: “¡Yo me quiero ir mamá, eso no es un perro, es un cocodrilo, me va a tragar mamá, yo tengo miedo, quiero irme mamá!” La mamá se fue con el niño, estaba histérico. Los que se quedaron se acercaban al perro verde, muy verde. Lo tocaban con asco, lo miraban sorprendidos, y le hacían preguntas a los del circo. “¿De donde salio ese animal tan diferente a los demás perros? ¿Por qué su piel es tan verde?” Ellos no sabían que decir y se inventaban historias. Llegaron hasta decir que había venido de otro planeta muy lejano. Una señora lo miraba y lo miraba curiosamente, pero no decía nada. Un niño grande lo pellizco bien fuerte, para ver si era de verdad. Al perro verde le dolió mucho aquel pellizco y salio corriendo, se escondió detrás de unas cortinas. De allí nadie lo sacaría, por primera vez sintió mucho miedo de los humanos. Tenía que irse de allí o le harían mucho daño. Él sabía muy bien que no era un perro normal, pues desde que nació lo despreciaron por su color. La señora que lo miraba mucho, trataba de hacer negocio con el dueño del circo. Quería comprarle al perro verde. Era una señora muy rica y les ofrecía mucho, pero mucho dinero. El dueño del circo le dijo que lo pensaría, mañana le daría la respuesta. A la señora le había gustado aquel perro verde, muy verde. El perro verde estaba bien asustado, por primera vez, nunca había visto tanta gente junta, tanto alboroto, y nunca nadie lo había lastimado, porque todos le huían. Tampoco nunca había visto niños llorando. Solo él se veía llorar cuando se recordaba de su mamá y sus hermanitos. El perro verde no tenía nombre. El dueño del circo lo buscaba desesperadamente, lo llamaba, “perro verdoso” Tenia que encontrarlo, ese perro valía mucho dinero. Pero el perro verde, muy verde, estaba tan atemorizado, que se fugo del circo. El dueño del circo estaba furioso, el perro se le escapo, había perdido una peque pequeña fortuna. Mando a buscar al perro por todos los lugares.El perro verde se fue para el campo, allí volvió a comer hierba mojada, ya estaba acostumbrado y le gustaba. Pero también le había gustado mucho la carne roja, y el arroz que comía en el circo, y el agua fresca. Pero en el campo estaba mas tranquilo, aunque no tuviera amigos, ya se había acostumbrado a su soledad. Solo soñaba con volver a ver a su mamá y a sus hermanitos. Ya se sentía viejo y cansado, y solo tenía seis meses de nacido. El pobre perro verde había sufrido mucho. Nunca nadie le dio amor o cariño, había vivido sin nadie toda su corta vida, se había criado solito. Estaba vivo gracias a aquella hierba húmeda que había comido cuando tenía hambre y cuando tenía sed. El campo era su casa, allí fue donde fue la primera vez, cuando era un cachorrito. La señora rica estaba enojada, el dueño del circo no sabía donde estaba aquel extraño perro verde. Ella lo quería, le gusto mucho aquel animal y su color, verde era su color favorito. Amaba a los animales, ella también estaba sola, solo tenia una cotorra y un gato negro. Ahora quería un perro, y tenia que ser aquel perro verde. Ella también mando a buscar al perro por todos sitios, envió cinco hombres para que lo buscaran por mar y tierra. El del circo envió tres personas, tenia que encontrarlo para vendérselo a la señora rica. Ellos se cansaron de buscarlo, el perro no aparecía. Para la señora era como un martirio. Ella decidió unirse a la búsqueda y también lo busco por cada rincón de la tierra, pero no había rastros de aquel perro verde, muy verde. Un día cansada de buscarlo, decidió irse a su casa de campo a descansar. Allí pasaba los veranos calientes y húmedos.Era de noche, dormía tranquilamente en su casa de campo. Con ella dormía su gatito negro. De momento sintió como unos quejidos de dolor. Se asusto un poco. Pensó que era su gato, pero él dormía tranquilamente a su lado. Trato de seguir durmiendo, los quejidos eran más fuertes, eran como unos gritos de desesperación. Se levanto preocupada, su cotorra dormía en su jaula, en la sala. Destapo la jaula de la cotorra, la cotorra dormía tan profundamente que roncaba. Entonces, ¿de donde venían esos lamentos? Ya no podía dormir, fue a la cocina a buscar un vaso de leche de vaca. Entonces se dio cuenta que aquellos quejidos venían de afuera, del balcón de la cocina. ¿Será un oso? Eso pensó. ¿Será un lobo? Le dio un poco de temor. Abrió poco a poco la puerta, pero con un palo de madera bien gordo en su mano. Tenia que cuidarse, podía ser un animal salvaje. Solo la luna alumbraba aquel balcón, pero se podía ver bien. Pudo notar que había como un bulto en una esquina del balcón. Se acerco con miedo, dentro de aquel bulto alguien se quejaba, no se movía, solo se veía su cabeza. La señora pudo ver unos ojos brillosos y llenos de lágrimas. El miedo se le espanto. Se acerco a aquel bulto. El animal tristemente la miraba y se quejaba. Ella lo tomo entre sus brazos y se lo llevo para dentro de la casa. Allí prendió la luz de la cocina. ¡Cual seria su sorpresa! ¡Aquel bulto, aquel animalito era el perro verde! Ese perro que tanto busco. Parecía que estaba bien enfermo. Busco unas mantas y lo cubrió con ellas, lo acaricio, lo beso, calentó leche de vaca y en un plato hondo le dio aquella leche tibia. Después lo reviso por todos lados, quizás estaba herido, y por eso gemía de dolor. Pero no, no estaba herido, parecía más bien que estaba enfermo. Temblaba como una hoja. Ella se lo llevo a su cuarto, lo cubrió bien y comenzó a acariciarlo, hasta que el pobre animal dejo de quejarse. Después con una voz muy suave y cariñosa le dijo: “Trata de descansar, aquí no te pasara nada. Parece que estas enfermo, algo te debe doler. Mañana a primera hora te llevare donde el veterinario. Duerme, no te voy a dejar solito.El gato despertó cuando vio que su dueña mecía en el sillón a un extraño, no se podía ver porque estaba todo cubierto. Sintió celos y se acerco a su ama. Ella le sonrió y destapo a al pobre perrito que cargaba en sus brazos. El gato se puso blanco del susto, se le pararon todos sus pelos y salio corriendo de la habitación. La señora seguía dándole cariño a aquel pobre perro verde, mientras le decía: “que casualidad, mira donde te vine a encontrar, en mi propia casa. Me gustaste mucho desde que te vi en el circo. Ya no te iras de mi lado, te cuidare mucho y nuca nada te faltara. Eres el perro mas lindo que he conocido. Será un orgullo para mi llevarte a pasear para que todos te vean.” El veterinario curo al perro verde, muy verde. La señora le daba unas comidas sabrosas, lo bañaba, lo peinaba, y lo llevaba a pasear todos los días. La gente lo miraba con curiosidad, le hacían preguntas: “¿De donde saco ese animal? Parece perro, pero es muy verde, ¿acaso usted lo pinto de ese color? Es un animal muy raro.” Otros decían: “No hay perros verdes, ¿acaso vino de algún planeta? ¿Sus padres son verdes como él?” La señora solo decía: “Es mi perro y lo adoro. No me importa su color, no me importa de donde haya venido. Es un perro como cualquier otro, aunque su color sea diferente. Yo le doy cariño y él a mí también. En casa todos somos felices porque lo tenemos a él.” El gato se acostumbro a su nuevo hermanito, ya no lo asustaba, no le importaba el color, jugaba mucho con él, nunca peleaban, se querían mucho. La cotorra que también era de color verde, hablaba mucho y le decía: “Tu no eres perro, eres perico. Tenemos el mismo color. Te voy a enseñar a volar y a hablar como yo. Aunque creo que será muy difícil enseñarte. Mejor quédate perro, así te ves mucho mejor.”Ya el perro verde sabía ladrar. Iba a una escuela donde le enseñaban muchas cosas, sabía caminar con elegancia, sabia muy buenos modales. Vestía a la moda, lo llevaban a un salón de perros donde lo bañaban, le cortaban las uñas y lo peinaban, cada día se ponía mas bonito. Ya nadie le tenía miedo y lo miraban con admiración. Aquel perro que nunca tuvo nada, ahora lo tenía todo, especialmente mucho amor. La señora era como su mamá, él y el gato dormían con ella. El perro verde, que ahora tenía nombre, y se llamaba “Bonito”, cuidaba la casa cuando su dueña se iba de compras o a pasear con sus amigas. Por fin era feliz, aunque nunca pudo olvidar a su verdadera mamá y a sus hermanitos. Aquellos que jamás volvió a ver. “Me gusto mucho el cuento papá – dijo la niña - ¡pobre perrito, cuanto sufrió! Papá, dime algo, ¿me hubieras querido tú a mi si hubiera nacido de otro color?” “Claro que si hija mía – dijo papá – aunque hubieras nacido con todos los colores del arco iris. El color no tiene importancia, los sentimientos son los que valen mucho.”

Un Reno Mareado

Varios son los renos que tiran del trineo de Papá Noel. El más famoso sin dudas, es Rodolfo, el que tiene la nariz colorada. Hoy contaremos la historia de otro de los renos quien -sin llegar a tener roja su nariz- se hizo muy conocido una Navidad. Horacio, así se llamaba, era un reno muy curioso y movedizo que jamás se podía quedar quieto. Era famoso en el Polo Norte por ir de aquí para allá mirando todo y poniendo sus patas donde podía y donde no también. Era la época de Navidad y todos en el taller trabajaban sin parar para llegar a tiempo con todos los regalos. No sólo trabajan los duendes, sino que también lo hacían todos los renos entrenando todo el día para estar en forma y poder volar por el mundo entero sin problemas. Horacio era el fiel compañero de Rodolfo, juntos eran los dos primeros renos del trineo y quienes dirigían a los que iban detrás, siguiendo las indicaciones de Papá Noel. Jamás había habido problema alguno durante el viaje más maravilloso y mágico del año. Sin embargo, esa Navidad, las cosas no serían igual. En el Polo Norte, crecían unas flores de un aroma muy rico, pero que si uno se acercaba mucho para olerlas, terminaba muy mareado. Su perfume era realmente embriagador, por eso Papá Noel, si bien las cuidaba como a todas las flores, les había puesto un cerquito con un cartel que decía “No Oler”. Si pensamos que Horacio en todo metía su hocico y encima no sabía leer, podemos imaginar qué pasó. Justo el día antes de Navidad, se detuvo frente a las flores y olió cuanto pudo y pudo mucho pues su narizota era realmente grande. Al principio, el efecto del perfume no se sintió, pero a las pocas horas, justo cuando el trineo debía levantar vuelo, Horacio empezó a sentir cosas extrañas en su cuerpo. No habían ni siquiera repartido los primeros regalos cuando Horacio empezó a sentirse tan, pero tan mareado que el mundo entero le daba vueltas a su alrededor. Ya no sabía para dónde iba, no importa para qué lado Papá Noel tirara de las riendas, parecía que el reno había enloquecido y se movía de un lado para el otro. Rodolfo y los demás renos trataron de sujetarlo, pero el pobre Horacio, víctima del perfume de las flores, era un trompo sin fin. Tanto se movía que, intentando subir una montaña, el trineo no pudo hacer la maniobra acostumbrada y volcó. Todos los regalos quedaron desparramados por el suelo. Papá Noel fue a parar a la ladera de otra montaña, los demás renos quedaron patas para arriba y Rodolfo ya no tenía roja su nariz, sino blanca del susto. Tan rápido como pudieron, juntaron todos los regalos y siguieron camino.– ¿Estás bien? Preguntó Rodolfo a Horacio– La verdad que no, me siento algo borrachín para ser sincero. Contestó Horacio tratando de fijar la vista que se le iba de un lado para el otro.– ¿Tomaste alcohol? Sabés que no debemos.– ¡Qué alcohol ni alcohol amigo! Estuve oliendo las flores del cerquito.– ¡Qué reno desobediente habías resultado! ¡Sabías que no se puede! Ahora mirá lo que pasa, estás mareado.– No te preocupes Rodolfo, trataré de recomponerme.
No terminó de decir esta frase que, producto de la desorientación que tenía, no vio que el trineo venía en bajada. Nada importaron los gritos de Papá Noel que ya se veía dentro del lago y todo empapado, el trineo fue a parar casi casi en el medio del agua. Afortunadamente y gracias a los excelentes reflejos de Rodolfo, los regalos no se mojaron. Dio un giro tan rápido que logró volver a poner el trineo en su lugar y excepto por la barba de Papá Noel que chorreaba mucho, el episodio no pasó a mayores. Antes de que el efecto mareador del perfume de las flores se esfumara, se atascaron en unas rocas. Si bien, gracias a que todos colaboraron, pudieron salir sin problemas, la entrega de los regalos estaba realmente atrasada. La noche pasaba y los niños debían recibir sus regalos ¿llegarían a tiempo? Una vez recompuesto del mareo, Horacio, sintiéndose muy culpable por el atraso, tomó una decisión. Dividirían el trabajo de entrega con Papá Noel. Rodolfo se sumó a la idea, unos irían a unas casas y otros a otras. Los renos jamás habían salido del trineo y menos para repartir regalos, pero era el momento justo para hacer algo que jamás habían hecho. Los niños no podían quedarse sin obsequios. Cuando el trabajo se hace en equipo y con un objetivo en común, todo sale bien. No fue fácil realmente ni para Rodolfo, ni para Horacio, entrar en las casas sin romper algún adorno o cortina, pero si bien algún que otro destrozo hicieron, lograron su cometido. Horacio quería reparar la demora que habían tenido por su culpa, Rodolfo quería ayudar a su amigo, Papá Noel quería hacer su trabajo y por sobre todas las cosas, los tres deseaban cumplir el sueño de todos los niños. El objetivo se cumplió, todos y cada unos de los regalos fueron entregados, ningún niño quedó sin el suyo. Lo cierto es que algunos niños que habían espiado esperando conocer a Papá Noel, se encontraron que en vez de barba tenía cuernos, que tenía cuatro patas y no dos piernas, que no usaba gorro, en fin. Hay que decir que terminaron un poco confundidos, pero no mucho pues pensaron que el desconcierto se debía al sueño que tenían por lo tarde que era y no a otra cosa. Eso sí, en el Polo Norte ya no hay un cartel en las flores que diga “NO OLER”, lo reemplazaron por otro que dice: “SE RECOMIENDA A HORACIO NO ACERCARSE A MENOS DE DIEZ METROS”. Horacio aprendió a ser más prudente. No obstante ello, las siguientes navidades ayudó igual a Papá Noel a repartir los regalos, pues aprendió el valor del trabajo en equipo y vivió en carne propia la inmensa alegría de hacer felices a los niños.

El cuento del Ratoncito Perez

Erase una vez Pepito Pérez , que era un pequeño ratoncito de ciudad , vivía con su familia en un agujerito de la pared de un edificio.

El agujero no era muy grande pero era muy cómodo, y allí no les faltaba la comida. Vivían junto a una panadería, por las noches él y su padre iban a coger harina y todo lo que encontraban para comer. Un día Pepito escuchó un gran alboroto en el piso de arriba. Y como ratón curioso que era trepó y trepó por las cañerías hasta llegar a la primera planta. Allí vió un montón de aparatos, sillones, flores, cuadros..., parecía que alguien se iba a instalar allí.

Al día siguiente Pepito volvió a subir a ver qué era todo aquello, y descubrió algo que le gustó muchísimo. En el piso de arriba habían puesto una clínica dental. A partir de entonces todos los días subía a mirar todo lo que hacía el doctor José Mª. Miraba y aprendía, volvía a mirar y apuntaba todo lo que podía en una pequeña libreta de cartón. Después practicaba con su familia lo que sabía. A su madre le limpió muy bien los dientes, a su hermanita le curó un dolor de muelas con un poquito de medicina.

Y así fue como el ratoncito Pérez se fue haciendo famoso. Venían ratones de todas partes para que los curara. Ratones de campo con una bolsita llena de comida para él, ratones de ciudad con sombrero y bastón, ratones pequeños, grandes, gordos, flacos... Todos querían que el ratoncito Pérez les arreglara la boca.

Pero entonces empezaron a venir ratones ancianos con un problema más grande. No tenían dientes y querían comer turrón, nueces, almendras, y todo lo que no podían comer desde que eran jóvenes. El ratoncito Pérez pensó y pensó cómo podía ayudar a estos ratones que confiaban en él. Y, como casi siempre que tenía una duda, subió a la clínica dental a mirar. Allí vió cómo el doctor José Mª le ponía unos dientes estupendos a un anciano. Esos dientes no eran de personas, los hacían en una gran fábrica para los dentistas. Pero esos dientes, eran enormes y no le servían a él para nada.

Entonces, cuando ya se iba a ir a su casa sin encontrar la solución, apareció en la clínica un niño con su mamá. El niño quería que el doctor le quitara un diente de leche para que le saliera rápido el diente fuerte y grande. El doctor se lo quitó y se lo dió de recuerdo. El ratoncito Pérez encontró la solución: "Iré a la casa de ese niño y le compraré el diente", pensó. Lo siguió por toda la ciudad y cuando por fin llegó a la casa, se encontró con un enorme gato y no pudo entrar. El ratoncito Pérez se esperó a que todos se durmieran y entonces entró a la habitación del niño. El niño se había dormido mirando y mirando su diente, y lo había puesto debajo de su almohada. Al pobre ratoncito Pérez le costó mucho encontrar el diente, pero al fin lo encontró y le dejó al niño un bonito regalo.

A la mañana siguiente el niño vió el regalo y se puso contentísimo y se lo contó a todos sus amigos del colegio. Y a partir de ese día, todos los niños dejan sus dientes de leche debajo de la almohada. Y el ratoncito Pérez los recoge y les deja a cambio un bonito regalo.

El arco iris y el camaleón

Comienza así nuestra historia:

Un camaleón orgulloso, que se burlaba de los demás por no cambiar de color como él. Pasaba el día diciendo: ¡Que bello soy!.

¡No hay ningún animal que vista tan señorial!.

Todos admiraban sus colores, pero no su mal humor y su vanidad.

Un día, paseaba por el campo, cuando de repente, comenzó a llover.

La lluvia, dio paso al sol y éste a su vez al arco iris.

El camaleón alzó la vista y se quedó sorprendido al verlo, pero envidioso dijo: ¡No es tan bello como yo!.

¿No sabes admirar la belleza del arco iris?: Dijo un pequeño pajarillo que estaba en la rama de un árbol cercano.

Si no sabes valorarlo, continuó, es difícil que conozcas las verdades que te enseña la naturaleza.

¡Si quieres, yo puedo ayudarte a conocer algunas!.

¡Está bien!: dijo el camaleón.

Los colores del arco iris te enseñan a vivir, te muestran los sentimientos.

El camaleón le contestó: ¡Mis colores sirven para camuflarme del peligro, no necesito sentimientos para sobrevivir!.

El pajarillo le dijo: ¡Si no tratas de descubrirlos, nunca sabrás lo que puedes sentir a través de ellos!.

Además puedes compartirlos con los demás como hace el arco iris con su belleza.

El pajarillo y el camaleón se tumbaron en el prado.

Los colores del arco iris se posaron sobre los dos, haciéndoles cosquillas en sus cuerpecitos.

El primero en acercarse fue el color rojo, subió por sus pies y de repente estaban rodeados de manzanos, de rosas rojas y anocheceres.

El color rojo desapareció y en su lugar llegó el amarillo revoloteando por encima de sus cabezas.

Estaban sonrientes, alegres, bailaban y olían el aroma de los claveles y las orquideas.

El amarillo dio paso al verde que se metió dentro de sus pensamientos.

El camaleón empezó a pensar en su futuro, sus ilusiones, sus sueños y recordaba los amigos perdidos.

Al verde siguió el azul oscuro, el camaleón sintió dentro la profundidad del mar, peces, delfines y corales le rodeaban.

Daban vueltas y vueltas y los pececillos jugaban con ellos.

Salieron a la superficie y contemplaron las estrellas. Había un baile en el cielo y las estrellas se habían puesto sus mejores galas.

El camaleón estaba entusiasmado.

La fiesta terminó y apareció el color azul claro. Comenzaron a sentir una agradable sensación de paz y bienestar.

Flotaban entre nubes y miraban el cielo.

Una nube dejó caer sus gotas de lluvia y se mojaron, pero estaban contentos de sentir el frescor del agua.

Se miraron a los ojos y sonrieron.

El color naranja se había colocado justo delante de ellos.

Por primera vez, el camaleón sentía que compartía algo y comprendió la amistad que le ofrecía el pajarillo.

Todo se iluminó de color naranja.

Aparecieron árboles frutales y una gran alfombra de flores.

Cuando estaban más relajados, apareció el color añil, y de los ojos del camaleón cayeron unas lagrimitas. Estaba arrepentido de haber sido tan orgulloso y de no valorar aquello que era realmente hermoso.

Pidió perdón al pajarillo y a los demás animales y desde aquel día se volvió más humilde.

El cuento de las mentiras

Todos los días el hombre bajaba al río a pescar y luego vendía los pescados en el bazar; la ganancia alcanzaba para las comidas diarias. Pero una mañana el pescador se sintió mal y no quería levantarse.

–¿No irás a pescar hoy? –le preguntó entonces su mujer– ¿Y de qué viviremos? ¿Qué comeremos? ¡Levántate! Yo llevaré el canasto y la red.

De modo que ese día fueron los dos al río y pescaron un buen rato en los acantilados cercanos al palacio real. Casualmente el rey miró por una de las ventanas que daban al mar y vio a la mujer. Quedó asombrado y se enamoró perdidamente de ella. Llamó al visir y le dijo:

–¡Oh, visir! Vi a la mujer del pescador y me enamoré de ella. Es tan hermosa como la luna en su noche de plenitud. ¡Por Alá!, en todo mi palacio no hay ninguna que pueda competir con su belleza. ¡Debe ser mía!

–¿Y qué piensas hacer, oh rey? –preguntó el visir.

–Debemos hacer venir al pescador al palacio y matarlo –contestó el rey –. Así podré casarme con su mujer.

– ¡Por tu honor, oh rey! No puedes matar al pescador sin que haya cometido ningún crimen –objetó el visir–. Todos tus súbditos verían ese proceder con malos ojos. Te hago otra propuesta: mi padre posee un salón que es más o menos tres veces más grande que tu parque. Haremos venir al pescador y le diremos que el rey quiere una alfombra de una sola pieza para cubrir su piso. Le daremos tres días de plazo; si no cumple, morirá. De este modo tendrás un motivo para matarlo y tus súbditos no podrán decir nada.

Al día siguiente el visir llamó al pescador, lo condujo al salón y le ordenó lo que había tramado el rey. El pobre hombre protestó:

–¿Por qué me piden eso a mí? ¿Acaso yo negocio con alfombras? En lugar de la alfombra puedo traer peces de todo tamaño y color. Haré todo lo posible; trataré de conseguír los más extraños.

–No le sirve de nada discutir –lo interrumpió el visir–. El rey así lo ha ordenado.

Desesperado, el pescador fue corriendo a su casa.

–¿Qué es lo que te abruma? –le preguntó su mujer.

–Cállate y junta nuestras pocas cosas. Tenemos que irnos de aquí cuanto antes.

–¿Por qué? –preguntó ella sin comprender.

–El rey quiere matarme si en el término de tres días no le llevo una alfombra de cuatro mil metros cuadrados... ¡Y de una sola pieza!

–¿Es eso todo? Entonces no te hagas problemas; mañana tendrás la alfombra –dijo aliviada la mujer.

– ¡¿También tú estás tan loca como el visir?! –gritó el hombre–. ¡Somos pescadores, no comerciantes de alfombras!

Pero ella le dijo tranquila:

– Si ya la quieres tener hoy, tendrás que ir a buscarla tú mismo.

– Sí, sí, mejor me aseguro ahora. Pero dime, dime cómo debo hacer.

– Ve hasta la mezquita, sigue siempre derecho y en el tercer cruce encontrarás un aljibe debajo de un olivo. Asómate y di: "Badwia, tu hermana te pide el huso que dejó olvidado ayer porque debemos tejer una alfombra".

El pescador fue hasta el aljibe. Hizo lo que su mujer le había dicho y una voz le contestó desde la profundidad: "Toma el huso y haz la alfombra". Una mano salió del pozo y le alcanzó lo que pedía. El pescador tomó el huso y regresó a su casa. Cuando llegó le preguntó a su mujer:

–¿Y cómo voy a hacer semejante alfombra en tan poco tiempo y con tan poco hilo?

–Vé a ver al visir y pídele un martillo y un clavo. Clávalo en un rincón del salón, sujeta el hilo del huso al clavo y luego coloca la alfombra como tú quieras.

– ¡¿Acaso hay una alfombra dentro del huso?! ¿Quieres que me tomen por loco y que el rey me mate? –preguntó el pescador fuera de sí.

–Haz lo que te dije –le contestó con firmeza su mujer.

El hombre fue a casa del visir. Por el camino pensaba: "Hoy es mi último día en este mundo''. Cuando llegó, el rey y el visir le preguntaron burlones:

–¿Trajiste la alfombra, oh pescador?

Y como él asintiera, prosiguieron curiosos:

–¿Dónde la traes, oh pescador?

–Dentro de mi bolsillo, oh dueño del poder –respondió él.

Ahí rieron los otros de buena gana y burlándose más le preguntaron:

–¿Es acaso un ovillo?

–¿Qué importa? Dame un clavo y un martillo, oh visir, y colocaré la alfombra en tu salón.

El visir mandó llamar secretamente al verdugo y le dijo:

–No te muevas de esta puerta. Si el pescador no logra cubrir el piso con una alfombra desenvaina tu espada y córtale la cabeza.


Cuento popular egipcio